Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

domingo, 15 de enero de 2017

Fall in Autumn - 19th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 19  English Breakfast

               La primera vez que comí un Flapjack fue guiado por el hambre más que por la curiosidad o alguna que otra recomendación. Con más apetito que dinero había llegado hasta uno de los tantos mini supermercados dispuestos por doquier y había decidido comprar lo primero que me despertara buena espina. Por una libra, unos mil pesos chilenos, había descubierto mi mejor reemplazo para la noble marraqueta nacional la cual no disfrutaría en los siguientes seis meses. 180 días antes del viaje, había decidido dedicarme a comer todas aquellas cosas que difícilmente podría saborear en los siguientes. Charquicán, empanada de pino, lentejas con zapallo, mote con huesillo, pastel de choclo, humitas, aceitunas, paltas, melón tuna, betarragas, y arroz con leche serían sólo algunas de las cosas que devota, y también secretamente, haría parte de mi dieta. A diferencia de en Chile, donde la comida tradicional abunda, en las ciudades al sur de Inglaterra pareciera que este tipo de platos ha sido relegado a lugares muy específicos. En efecto, en cualquier calle de Londres, Bristol, Winchester, Bath o Southampton uno puede disfrutar con total facilidad y a bajísimo precio, de una amplia gama de platos internacionales que van desde la comida italiana y  española, hasta platos de origen indio, coreano, chino y malasio. Sin dejar de lado con ello las regiones interiores del este de Europa, Croacia, Polonia, Hungría, Bulgaria y los Balcanes; Chipre, Turquía, Paquistán, Bangladesh, Myanmar, y Singapur; y si el afán no es comer en un “take away” que es básicamente comida rápida para llevar, bien puede uno abastecerse en las decenas de mini supermercados que venden alimentos procedentes de todas partes del mundo, especialmente Europa del este, Medio Oriente, y el Sudeste asiático. Uno puede hacerse un menú internacional entero en un solo día por unas cuantas libras, o preparar el más diverso recetario culinario con el mismo dinero. Y si la opción no está en los mencionados emporios de comida, bien están los expendios de sándwiches, supermercados y tiendas del rubro, las cuales ofrecen en sus refrigeradas despensas emparedados del más diverso tipo, incluyendo tocino, diversidad de quesos, vegetales, choclo (maíz) con pollo, salmón ahumado con salsa tártara, barbecue, de ajo, cebolla, mayonesa, mostaza, especias y similares. Bien si uno no gusta de los take away ni tampoco uno pretende cocinarse a sí mismo, bien uno puede ir a estos lugares y abastecerse hasta los dientes de cuanta variedad de sándwich existe. Con la lógica de estar siempre en movimiento, raros son los locales de comida tradicional como podrían esperarse en Chile o en otros lugares de Sudamérica, imperando en la dieta del inglés común la idea de una comida completa constreñida entre dos panes de molde. Amplia es así la gama de panes de este tipo posibles de hallar. Desde el más común y deslavado pan de molde blanco hasta el más graneado y multi-semilla posible. Abundantes también son las “Pasties”, básicamente una empanada con una masa un tanto más hojaldre y rellena de cuanta cosa se le pueda a uno ocurrir, desde huevo hasta espinaca, pasando por variedad de jamones, tocinos y quesos. Punto aparte para los famosos “Fish and Chips”, un conjunto de papas fritas sin sal servidas junto a una presa de pescado sin espinas y adobado en un batido frito, dentro de un cambucho de papel semi absorbente color gris.  La gracia, dicen los locales, está en los aderezos. Mostaza, salsa tártara, de ajo, vinagre y otros completan la lista de agregados permitidos para tan noble preparación. De ahí que, en el afamado “English Breakfast”, comprendido éste de huevos, legumbres horneadas, tocino, jamón, salchicha, tomate cherry y champiñones, sea común agregarle alguna de las salsas mencionadas arriba.   La guinda de la torta, como decimos en Chile, está en su tradición panadera y pastelera. Budines, tartas, trufas, pasteles, galletas, scones y flapjacks, que en definitiva son barras de avena, muesli, azúcar rubia, mantequilla y sirope; dan cuenta de una rica tradición en base al uso de masas, frutas y sus derivados para mermeladas y rellenos. Habiendo descubierto ya el dulce mundo de la repostería británica, y en el afán de no perder la costumbre, un buen día decidí prepararme lentejas, sólo para descubrir que el querido zapallo nacional con el que hacemos las nobles sopaipillas, en Inglaterra es inexistente. Lo más parecido es un zapallo algo alargado cuyo sabor se asemeja al buscado y por ello decidí utilizarlo para mi forzada receta. Sin especias, porque a diferencia de en Chile, en suelo británico hasta el orégano cuesta una libra, el plato bien podría bautizarse lentejas solas; sin arroz, sin zapallo, sin papas, sin especias, pero con mucho amor.






English Breakfast – West End

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 11 de enero de 2017

Fall in Autumn - 18th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season




entry 18 – London Calling


               Londres había estado llamando desde el primer día. Pero como en mi llegada no había necesitado pasar por ahí, la cuasi obligada visita a la capital inglesa había sido postergada desde las primeras planificaciones. Ya me había deslumbrado muy temprano en la mañana, el iluminado Chelsea Bridge la primera vez que pasara por la capital británica con mi bus camino a Chester. Así como me había desayunado un taco de horas en mi regreso desde el Norte de Gales un par de días después, en una odisea que casi implicó perder el bus de conexión de vuelta a Southampton. También, y luego de un largo viaje desde Liverpool,  me había tocado hacer la hora en los jardines de St. James, ahí donde el Palacio de Buckingham se impone mientras silenciosa la ruta en honor a la desaparecida Lady D te invita a internarte entre las arboledas y lagunas. Y las calles del barrio que circunda la Victoria Coach Station me habían visto caminar dubitativo haciendo la hora en dirección a Birmingham, o en el paso hacia París y vuelta, o tras correr varias cuadras en plena noche en pos de alcanzar el bus de vuelta al flat tras un retrasado viaje desde Oxford. Evidentemente, todas estas fugaces pasadas serían incomparables con aquel 31 de Diciembre, una jornada que empezaría con un Londres cubierto en niebla a eso de las 8am, y terminaría a eso de las 4 de la madrugada del 1 tras pasar el Año Nuevo bajo las luces, fuegos artificiales y gentíos en torno al London Eye. Londres me había estado llamando desde el primer día y sin embargo había guardado silencio de sus tesoros porque sus deleites no están en la mencionada noria, en la Torre de Londres o el Big Ben. Tampoco en su encumbrada arquitectura moderna, con notables experimentos en acero y cristal, en una miríada de edificios superpuestos en pos de destacar por sobre el más próximo competidor. Más allá de la ambiciosa y piramidal torre Shard, el obloide Gherkin o el tradicional Puente de Londres, la ciudad tiene para ofrecer lo que podría pensarse como la más grande oferta de productos del mundo. No necesariamente por cantidad sino por la variedad de la misma, la capital británica ofrece productos de todas partes del mundo, abarcando un rango de precios que van desde lo más exclusivo de las vitrinas de París hasta lo más burdo del comercio en base a réplicas. Diseño, artesanía, textiles, vestuario, joyería entre muchas otras dimensiones, se ofertan en sendos mercados dispuestos más allá de los céntricos y turísticos vericuetos del centro. Camden Town, Portobello y Spitalfield Market son sólo algunos de los innumerables rincones cargados de artículos, souvenirs, regalos en los cuales la billetera tiembla con mayor fuerza que en las lustrosas vitrinas de Place Vêndome. En la misma línea, y con una amplia colección de títulos a disposición, en Londres destacan las librerías de Waterstones y Foyles, siendo esta última toda una institución en el mundo con una trayectoria de más de 100 años ofreciendo espacio no sólo a la adquisición de las más recientes ediciones, sino que también comodidades para regalarse días enteros entregados a la lectura de cuanto hubiere en sus más de cinco pisos de libros de todo el mundo. Como si ya con tanta oferta cultural no bastara, Londres es famoso por su amplia oferta teatral, brillando entre sus calles las marquesinas del Savoy, Scala, Koko, The Old Vic, The Globe, el Lyceum, el Apollo y el Royal Albert Hall entre muchos, muchos otros. Sin duda que tanto el turista común como el viajero aguerrido encontrarán en Londres los monumentos y los barrios que siempre es un deleite apreciar o descubrir fuere cuanto fuere la duración de la estadía en la ciudad. Aun así, hay algo por lo que Londres brilla y es precisamente por ser el centro financiero del mundo moderno, un gran mercado de chucherías y exclusividades, un lugar donde comprar sin complejos y llevarse consigo un pedacito de cada sitio del mundo.




Houses of Parliament – London

Fotografía/Photo por/by David Lethei


viernes, 6 de enero de 2017

Fall in Autumn - 17th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 17  From praying to bathing

               Venta Belgarium, como la llamaron los romanos, prontamente sería convertida en la primera capital de Inglaterra. Mucho antes de que la posta le fuera entregada a Londres, Winchester, con su portentosa catedral construida a lo largo de cinco siglos, y su Great Hall, construido en algún punto del siglo XIII y albergando la artúrica mesa redonda (o así se pretende), se erige hoy como la capital administrativa del condado de Hampshire. Un paseo por sus calles es remontarse un par de siglos no particularmente por su trazado comercial ni su arquitectura más vigente, sino porque alberga algunos de los edificios más antiguos de Inglaterra. Además de los ya mencionados, el Wolvesey Castle se alza desde sus ruinas que datan de 1110, en el mismo sitio donde alguna vez se ubicase una edificación de tradición sajona.  Así también, el Hospital de St. Cross, fundado en 1130 y el Winchester College, con alrededor de 600 años de antigüedad, defienden orgullosamente el título de ciudad de reyes y sacerdotes con el que Winchester se presenta al mundo actual, uno donde las tecnologías instantáneas y la futilidad son ley. Datando en su primera construcción de 1545, y luego siendo reformulada en 1834, “La Viñita” por otra parte, se levanta como una pequeña capilla junto al antiguo Cerro Blanco en la comuna de Recoleta. Su continuidad, puesta en duda por sendos movimientos telúricos, se ha visto no sólo expuesta a los avatares de la naturaleza sino también a la desidia de una comunidad sino desinteresada en la misma, al menos impotente ante su progresiva y aparentemente irrevocable destrucción. En la misma línea, el antiguo templo a San Francisco ubicado junto a la antigua Cañada de Santiago, se levanta ahí en su versión actual desde 1865. Su primera versión, llevada adelante en material de adobe y por mano indígena, data de 1575. Terremotos en 1583, 1647, 1710, 1985, y otras sendas demoliciones interiores motivadas por razones estructurales, políticas y/o económicas han hecho que este templo se convierta en ruinas y sin embargo sea erigido nuevamente una y otra vez. Muy lejos de ahí se encuentra Bath. Conocida como Aquae Sulis en tiempos del Imperio Romano, la ciudad patrimonio data del año 43 EC y cuenta con no sólo magníficas muestras de la huella latina en tierras británicas como los Baños Romanos y los Muros defensivos de la ciudad, sino también con deslumbrantes edificaciones post romanas como la Abadía de Bath construida en el siglo VII, medievales como el St. John´s Hospital erigido en 1180, y modernas como The Circus, edificado en 1768. “Las aguas de Minerva” como también fuere conocida la ciudad, es flanqueada por el río Avon, el cual encierra la ciudad entre sí y los cerros circundantes, haciendo de Bath un museo enmarcado por verdes y boscosas áreas rurales. Llena de tiendas que han respetado su tradicional arquitectura y los pálidos tonos de sus edificaciones más antiguas, la ciudad es también abundante en iglesias de gran magnitud, dispersas por todo el plano de la ciudad y coronando sus torres con elaborados detalles de mampostería. Caminando por las añosas calles de Winchester y luego por los escuetos pasajes en Bath consideré cuánta relación podrá tener esto con la manera en que el carácter nacional ha sido forjado. En Inglaterra, carentes de terremotos, tsunamis, volcanes y otra variopinta gama de desastres naturales, se ha podido desarrollar y mantener en el tiempo el designio de distintas manifestaciones arquitectónicas y urbanísticas. Desde vestigios neolíticos como Stonehenge, pasando por construcciones clásicas, normandas, medievales y modernas, Inglaterra se aferra a sus tradiciones de la misma manera en que el chileno medio se aferra a su resiliencia. Orgullosos de su pasado, los ingleses caminan por sus cuidadas ciudades y las ofrecen al mundo como un ejemplo de civilidad e historia, modernidad y clasicismo, tradición y linaje. Los chilenos, por otra parte, dependemos de nuestra tierra, nuestro mar y nuestras montañas. Dependemos de sus riquezas, de su generosidad y sobretodo, de su clemencia; como una pequeña flor en el desierto del infortunio, Chile no puede darse el lujo de poseer la más bella arquitectura de la tierra, pero sí la del cielo.





Pulteney Bridge – Bath

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 1 de enero de 2017

Fall in Autumn - 16th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season




entry 16 – New Year´s day

               Diez. Sobre las aguas del río Támesis un espiral de colores se refleja mientras miles de espectadores contemplan atentos a cada giro, figura y cambio de ritmo. Los estruendos, sucesivos, sacuden los tímpanos de quienes hemos venido desde todos los rincones del mundo a contemplar el espectáculo pirotécnico, rememorando tal vez en nuestras mentes los otros de los que hemos sido testigos; desde Berlín sobre la puerta de Brandenburgo, Paris con las luces sobre a Torre Eiffel, Valparaíso con sus luces sobre el Pacífico, Times Square en Nueva York , Sao Paulo, Moscú, Tokyo o Singapur, la cortina cae sobre 2016 en el mundo occidental y cada ciudad merece una fiesta, cada familia un festín, y cada monumento un show de fuegos artificiales. Nueve, ocho. La nochevieja anterior había tenido patente aquel sabor a la partida, esa sensación agridulce que deja la celebración cuando se sabe en los adentros que no se repetirá, para bien o para mal, de la misma forma en el siguiente día de año nuevo. Corrían las ensaladas de papas con mayo, choclo, tomate y arroz primavera, sendas presas de pollo adobado en especias desde temprano por mamá, ponche preparado por papá, y cola de mono comprada en la botillería. Sonarían las tradicionales cumbias de Tommy Rey y la Sonora Palacios, mientras el resto de la familia se adornaría con las mejores pilchas para recibir el nuevo año como corresponde. Ante la imposibilidad de ir a ver los fuegos en directo a la Torre Entel, Valparaíso u otro reducto nacional, bienvenida sería la transmisión televisada para acompañar el conteo a la medianoche y de ahí pasar a los abrazos sentidos, los lacrimógenos y los de cortesía. Se descorcharía el champagne y el bullicio provendría de las calles, los vecinos, los bocinazos y los perros al ladrar. Se susurrarían los buenos deseos al oído y otros decretos serían dichos a viva voz, como para que no quedara duda de las nuevas resoluciones para con el nuevo período. Empezaba el 2016 y nadie sabía en casa que para la próxima no lo pasaría con ellos, ni siquiera yo mismo. Siete, seis. A pesar de lo que podría creerse, sendos conteos en español podían oírse en la multitud de angloparlantes de oficio y de los otros, los locales. Familias se habían aprestado junto a las vallas de contención que separaban al gentío del grandilocuente London Eye, una noria-mirador de 135 metros de altura situado en el banco sur del río Támesis en torno al cual, y con vista a la mencionada atracción, cientos de miles de personas disfrutarían del espectáculo de luces, colores, fuegos artificiales y sonidos perfectamente sincronizados a los cuales daría el puntapié el Big Ben con sus tradicionales doce campanadas justo a la medianoche. Y mientras resonaban los parlantes con música electrónica que pretendía encender la fiesta, las Casas del Parlamento verían su reflejo multicolor desplegado sobre las aguas bajo el Puente de Westminster para deleite de todos los que pasarían algo más de 4 horas de pie y bajo el frío londinense a la espera del inicio del espectáculo. Cinco, cuatro, tres. Mientras caminaba en busca de algún acceso al Metro, gratuito en dicha ocasión hasta pasadas las 4am, pude ver la cantidad de jóvenes entregada al desenfreno, al goce entre amigos, o lisa y llanamente al sufrimiento en alguna esquina. Plastas de vómito adornaban los rincones mientras cientos de miles de botellas de vidrio, plásticas y latas daban testimonio del consumo alcohólico habitual a la ocasión, haciendo de las otrora limpias avenidas un reguero de microbasurales. No faltó tampoco el imberbe entregado a alguna práctica sexual arrinconada tras algún escondrijo sin luminaria, o la jovencita maquillada hasta la memoria con la falda a la altura del ombligo y la mirada perdida en alguna que otra reflexión descotada. Era el año nuevo en Londres, donde afortunadamente no existen las cumbias del tío Tommy ni tristemente no abunda el cotillón ni el abrazo espontáneo entre desconocidos, donde el espectáculo pirotécnico está calculado como una secuencia de momentums, con pausas bien calculadas y en relación con la música, y donde las familias que se aventuran emigran rápidamente de vuelta a sus casas dejándole las calles a generaciones más nuevas, inquietas y a ratos estúpidas. Dos, uno. Mientras pasaban los últimos segundos del 2016 me pregunté en qué me encontraría el fin de año próximo, cuando este proceso lejos de Chile ya fuere un vívido y patente recuerdo, y el 2017 hubiera ya dejado su huella sobre el fin de estos 540 días fuera de temporada. Cuando nuevamente viviera un año nuevo con 30 y tantos de calor en el ambiente y no con menos 3 como fuere estando en Inglaterra, cuando para mi pesar la pachanga volviera a escucharse por doquier y para mi gusto los abrazos cayeren espontáneos, y el 1 de enero volviera a sentirse con esa pesada carga entre resaca y calor abrumador, y no como este, atiborrado de bruma, llovizna y silencio. Feliz año nuevo, decimos los que seguimos este calendario. Ya 2017 tendrá otras historias que contar.




City of London at New Year´s eve London

Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 24 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 15th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 15  Paris

              Cuando te hablan de París, te hablan de romance, de moda o de cafés. Ya sea la televisión, la prensa o las películas, los medios se han ocupado en instalarnos una visión de la llamada “ciudad luz” que no sólo vende por sí misma sino que mantiene vivo el mito del destino europeo por excelencia. Por supuesto, están los sobrevendidos hitos de la ciudad como la Tour Eiffel, el Arc de Triomphe y el Musée du Louvre, destinos infaltables para cualquiera que se precie de haber visitado la populosa capital francesa, así como otros para gustos más específicos como darse una vuelta por las tiendas de artículos eróticos en el barrio de Pigalle, precisamente donde el famoso Moulin Rouge sigue moviendo sus aspas al ritmo del jadeo, o internarse en los laberinticos túneles de las catacumbas bajo la ciudad, los cuales aun sirven de albergue para alrededor de 6 millones de cadáveres algunos de unos 300 años de antigüedad.  Con todo y su pasado monárquico, evidenciado en el Jardin des Tuileries con sus cuidados diseños y sus esculturas al aire libre; revolucionario con la Place de la Bastille aun en pie recordando el rodar de cabezas reales tras la gran revuelta de 1789; imperial con la presencia de Napoleón I y su aspiración neoclásica en pos de hacer de Paris una “nueva Roma”; y moderno con sus coloridos establecimientos junto al rio Sena y los puentes de metal que interconectan la ciudad permitiéndonos cruzar sobre él según antojo de turista y residente, Paris a mi entender se evidencia mejor precisamente donde los mapas no detallan, es decir en sus suburbios. Cercanos a las Puertas que flanquean y dan acceso al anillo interno de la ciudad, sendos barrios se distinguen por valía propia, permitiendo al viajero saborear un Paris que va más allá de los ridículamente ostentosos escaparates de Champs-Élysées o del inflado valor que conlleva acceder a las ya archiconocidas atracciones. En los peldaños de Monmartre, ahí donde te ofrecen pulseritas a los pies de Sacré-Cœur, o a la vuelta de la manzana, donde pintores, artesanos, músicos y malabaristas conforman su propio bulevar de las artes; puede uno hallarse escuchando “La vie en Rose” en algún añejo acordeón mientras cocineros musulmanes ofrecen sus productos entre los que se cuentan cabezas de cordero asadas por unos cuantos euros. Más allá, tras haber pasado las ferias libres en Belleville te puedes hallar los puestos con mariscos y pescados frescos en plena calle, los aromas de las frutas, el vino caliente y las castañas tostadas que desde un carrito de supermercado algún improvisado vendedor vocea haciéndole el quite a la policía. En la misma huida se encuentran a veces con los vendedores de suvenires no autorizados los que te ofrecen cinco llaveritos de la torre Eiffel por un euro, o con las chicas que en grupo andan recolectando firmas (y euros) por las esquinas de Paris según dicen para causas sociales. Quesos, de todos los colores, tamaños y aromas se entremezclan con las especias y los panini que por 4 euros te puede sacar del hambre imperiosa luego de horas de caminata sin descanso. Y mientras comes puedes alzar la vista y apreciar las barcazas pasando por el Sena cargadas de turistas reclinados en sus asientos como casi vislumbrando una película sobre Paris desde la comodidad de sus butacas. Están las chicas que te ofrecen crêpes y las innumerables panaderías y cafés dispuestos por todo Paris junto a emporios de flores, recuerdos y libros. Los parisinos leen, quepa mencionarlo. Leen cuanto pillan y no dudan en gastarse unas monedas en cuanto les despierte el apetito lector o el digestivo si así fuera el caso. Una ciudad cargada de aromas, a perfumes y a platos recién servidos, a flores recién cortadas, a arte urbano, en su arquitectura, su baja escala y la profusa distribución de esculturas neoclásicas y modernas. Y mientras te pilla leyendo alguna sirena policial, yendo por Montparnasse, Ivry o Notre-Dame, piensas en la cantidad de asiáticos y africanos que han hecho de este sitio lo que los indios han hecho en Londres, un nuevo hogar muy lejos de casa mas con un idioma común con el cual echar raíces. Así te encuentras al parisino medio, sea cual fuere su procedencia, atestando las 14 líneas del Metro, atiborrando las calles con sus vehículos eléctricos (los cuales cuentan con cargadores en las aceras), sus motonetas de tres ruedas (dos delanteras y con capó), monociclos automáticos, monopatines modernos y por supuesto, bicicletas. El parisino medio ha encontrado la manera de desplazarse de manera racional en una ciudad donde los automóviles no son la prioridad sino que el transporte público, o bien privado en cualquiera de las modalidades ya mencionadas. Y el que camina, camina como si la vereda le perteneciese por completo. A diferencia del británico medio el cual pedirá disculpas por cualquier leve roce que involuntariamente pudiere ocurrir al caminar, al parisino pareciera importarle un carajo si es que te ha chocado al pasar, y sin embargo al entrar a un lugar es el primero en saludarte. En su idioma, como corresponde, porque hay que destacar que en Francia se habla francés, y punto. Con todo, Paris no me sabe a romance. O por lo menos no especialmente en relación a otras ciudades donde claramente, de estar acompañado, hasta el parque más estéril pudiere parecernos idílico. Sin embargo su belleza sobrepasa lo meramente estético, histórico y publicitario. Paris es bello porque es interminable, inabordable, inasible. Habita en sus recetas, sus charlas a media tarde, sus pâté y sus curtidos. Bulle de entre sus rincones como las promesas guardadas en los candados que atestan el Pont Neuf. Germina en el verdor de sus jardines, sus infatigables galerías, teatros y museos; así como fluye en sus lagunas y arboledas, en Bois de Vincennes o Bois de Boulogne, allá donde las prostitutas ofrecen sus servicios al caer la noche. Paris es luz sin duda. No necesariamente de neón (que dicho sea de paso abunda para hermosear, no para saturar), sino la luz de la Ilustración, aquel movimiento cultural e intelectual que abogase por la emancipación del individuo a través de la educación del mismo  y en pro del bien común. Paris es luz y el romance, si es que lo hay,  probablemente habite entre las piernas de alguna cortesana parisina entregada al disfrute como en los tiempos de la Belle epoque, o tal vez en alguna de las incontables patisseries que esconden los pasajes lejos del centro, rincones atendidos por sus dueños quienes, particularmente en pareja, se esmeran en invitar al viajero a probar el romance que ellos bien saben cocinar.  





Rivière Seine from Tour Eiffel – Paris 

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 19 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 14th entry -

FALL IN AUTUMN
                        540 days off season



entry 14  Hibernia

                  
                      Una espesa niebla cubría los extensos campos camino a Hibernia. Había partido la noche anterior desde Southampton, en dirección a la isla de las verdes cúpulas y los tréboles de cuatro hojas, en una travesía de 20 horas que incluía cruce en ferry desde Cairnryan, un pequeño enclave histórico en el sur de Escocia, así como paradas del bus en ciudades ya conocidas como Manchester, Birmingham y Liverpool. Incontables extensiones de intenso verde acompañarían mi viaje a medida que el bus se acercaba a la costa del Mar de Irlanda. Una vez cruzado el estrecho, Belfast me esperaría imbuida en un manto de nubes y allá,  a la distancia, el promontorio de Napoleon´s Nose se erguiría a saludar como lo hacía con todos los viajeros. Un año antes, precisamente un 8 de diciembre, me dirigía como lo dictaba la tradición anual en bicicleta hacia el océano, aprovechando el cierre de la añosa ruta 68 camino a Valparaíso. Cientos de miles de peregrinos se hacen a la ingrata senda de cemento, cerrada de manera extraordinaria para vehículos motorizados, en pos de retribuir a la virgen de Lo Vásquez los favores concedidos. A pie, en bicicleta, e incluso de rodillas, grupos de amigos, familias y hasta mascotas se adueñan por una vez de la concesionada carretera para entregarse a la travesía de recorrerla de punta a cabo y así, tras decenas de horas de pedaleo incansable, caminata, charla, risa y determinación, llegar a los alrededores del santuario a la virgen, dispuesto a unos 20 kilómetros del puerto principal de Chile. Hordas de ciclistas aprovechamos dicha instancia para hacernos al camino apenas  va cayendo la noche, para apreciar así la puesta desde la bajada interminable luego del Túnel Lo Prado, que tras un par de kilómetros de sinuosa oscuridad nos entrega a las alturas en caída libre a punta de pedal y nos despierta del cansancio con  ventarrón en la cara. Tras cuestas horribles y otras no menos agotadoras rectas, y luego de habernos hecho camino entre la multitud que en el Santuario pernocta ansiosa de comprar chucherías, comerse un pernil con café o rendirle sus respetos a la virgen; cada año logramos un no menor número de adictos a la cleta terminar nuestra travesía de cara al océano Pacífico, arrojados en alguna playa entre Valparaíso y Viña, pasando los calambres a punta de plátanos y siesta. Exactamente un año después, me había hecho camino por las gélidas aguas que separan Gran Bretaña de la antigua Hibernia, conocida hoy en día como Irlanda y dividida entre un norte protestante, parte del Reino Unido y por tanto bajo tutela monárquica; y un sur republicano, ferviente católico y devoto de su memoria. En ese norte dejaría los pies y la mirada en el atalaya de Cavehill park, desde el cual pude divisar Belfast, sus grúas, lagunas, iglesias y jardines; para luego enfilar por sus rincones bohemios llenos de murales, recuerdo a sus mártires y los remanentes del Titanic. Construido en  sus muelles, su imponente presencia de buque mítico perdura y bulle su imagen en el mercado de la ciudad, oloroso a pescado fresco y cerveza; así como en postales, museos y suvenires. En el norte reiría en compañía de Kiki, discutiría de sociología caminando entre los puestos navideños y me sentiría más en casa mirándola a los ojos y escuchándola hablar. En el norte veríamos juntos el amanecer y aún tras ponerse el sol Belfast nos seguiría oyendo hablar de nuestra patria común y de nuestra conjunta aventura. En el norte hablaríamos del amor, de los británicos, los chilenos, el dinero y la familia, y nos despediríamos con un abrazo en una concurrida esquina mientras la vida nocturna llenaba las calles de ruidos, colores y algarabía. Desde el norte me dirigiría el último día de mi viaje hacia la capital del sur, Dublín. Con sus edificios monumentales, sus verdes cúpulas y archiconocida iconografía que incluye duendes, tréboles, arpas y ancestrales ritos celtas, la ciudad capital se extendería ante mí para cruzar sus puentes de lado a lado, de pueblo viejo a nuevo, de cerveza negra a olla de oro, y de danza irlandesa a Oscar Wilde. Dublín, donde la bandera de Irlanda flamea orgullosa en cada edificio, donde los extraños son sólo amigos por conocer y donde se comparte en grupo, en las calles, en los bares, los tranvías y paraderos. Irlanda, tierra de amistad, verdor y roca y gaélica lengua, insondable misterio y cruce de caminos; ahí donde los arcoíris guardan un tesoro a quienes los persiguen, donde la suerte está a la vuelta de la esquina si se la invoca con una sonrisa, allá donde la memoria se cultiva en señaléticas y cánticos, allá donde sentirse en casa es muchísimo más fácil que llegar e irse. A eso de la medianoche el ferry que me traería de vuelta tocaría tierra británica en los muelles de Holyhead. A pesar de la profunda noche la luna llena permitiría divisar a la distancia la imponencia de las montañas de Eryri. Atravesaría nuevamente el norte de Gales pero esta vez en la comodidad de un asiento de bus, cansado y henchido de tanta experiencia. En la carretera quedarían mis memorias de Lo Vásquez, las pisadas en Belfast y las sonrisas de Dublín; y en la carretera la belleza de todos los pasos por venir.   



Hibernia at dawn – Irlanda

Fotografía/Photo por/by David Lethei

viernes, 16 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 13th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 13  International Bus (or Chasing Autumn)

                
              203 días antes de llegar a Southampton, cuando el otoño en el hemisferio sur comenzaba a hacer caer las hojas y los calores del verano ya iban en franca retirada, yo debía decidir si postularía para viajar hacia Estados Unidos, Australia, Canadá o el Reino Unido. Dejando de lado los parámetros académicos de la respectiva institución de destino a la que eventualmente sería adscrito, mi inclinación natural siempre había sido hacia Inglaterra. Más allá de por criterios mercantilistas y/o publicitarios, de esos que nos venden para preferir una opción a otra, mi criterio principal para tomar dicha decisión sería la cuasi certera posibilidad de hallar en Gran Bretaña una amplia variedad de nacionalidades distintas con las que compartir, de las que aprender, y a las que enseñar. No me equivocaría. Ya fuere por su cercanía con Europa, el ser parte del llamado “Primer Mundo”, o su inflado prestigio internacional en materia académica, Inglaterra goza de ser uno de los principales destinos para el desarrollo académico de muchos estudiantes provenientes de las más diversas latitudes.  Además de la enorme presencia extranjera ya residente en el sur del país, que comprende nacionalidades tan disímiles como la turca, la indonesia o la brasileña, Southampton, en su calidad de ciudad universitaria, recibe miles de estudiantes extranjeros cada semestre, los cuales enriquecen con sus respectivas culturas el patrimonio cultural local y viceversa. Es así como, ya fuere en un cotidiano viaje en alguno de los buses locales que conectan los distintos barrios con el campus principal, como en algún seminario, clase teórica o sociedad estudiantil, uno puede hallarse compartiendo con personas provenientes de Japón, Polonia, Marruecos o Ecuador, por nombrar sólo algunos en un variadísimo espectro. Este bus internacional que nos ha llevado a desplazarnos cientos de miles de kilómetros bajo ideales comunes de integración y aceptación, nos ha llevado a mí y a Danielle hasta Bristol, a recorrer sus calles mientras interactuamos sobre su cultura alemana y la mía chilena. Me ha permitido conocer los paisajes de Bangladesh viajando a Bath junto a Arefin, y las peculiaridades históricas de India junto a Attman mientras subíamos el Arthur´s Seat en Edinburgo. Me ha conectado a Hasan con quien, hablando de la inoperancia de los jugadores del Inter, también hemos podido lidiar con las vicisitudes de su hereda paquistaní; y me ha permitido ofrecerle mi hombro a la portuguesa Mariana, cansada en su regreso a Portsmouth luego del matutino viaje que nos llevare a Windsor. Hemos podido compartir hasta la madrugada en torno a un juego de cartas, riéndonos en el mismo idioma con la rusa Milena y el ucraniano Yurii, y subir y bajar los acantilados de la Isle of Wight con el malasio Eugene. Yifan nos ha compartido sus galletas chinas mientras planeábamos una presentación sobre Vygotsky, y la griega Giota nos ha hecho probar su mano repostera a mí y mis compañeros de piso. Desde Hungría Csenge nos ha compartido su gusto por “Game of Thrones” y las montañas que la esperan en casa, y desde Kenia Chinwe nos ha regalado más de una sonrisa al pasar. Un bus internacional que nos ha llevado a compartir con Paloma, natural de España, y con Alessa, directo desde Italia y hasta el corazón de Escocia. Y por supuesto Linus, James y Arshad, y la multitud de otros jóvenes ingleses dispuestos a tender la mano como lo haría Abbie al ayudarme con la lavandería cuando la ropa sucia se acumulaba en el canasto. 100 días después de llegar a Southampton, el otoño que he ido persiguiendo desde el hemisferio sur al hemisferio norte me ha brindado la compañía de muchísimos nombres, historias y lenguas. Un bus internacional con el cual no sólo hemos podido viajar sino también hacer viajar a otros, maravillados ante mis relatos sobre Rapa Nui, el desierto de Atacama, la Patagonia y el mote con huesillos. Un abanico de historias que me acompañará cuando ya haya huido del advenimiento de la primavera en Inglaterra, en pos de los fríos recién nacientes en el hemisferio sur en lo que habrá sido el viaje y el otoño más largos de mi vida; 540 días fuera de estación donde las doradas hojas no habrán parado de caer, y las hermosas experiencias no habrán dejado de brotar.




Autumn – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 12 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - Numberless Entry

FALL IN AUTUMN
                 540 days off season


entry n  Dreaming of the return


Io che ti sognai
Italia mia dagli occhi sfuggenti
Io che ti trovai
Nelle montagne del Cymru
Negli angoli di Liverpool – Io
Il tuo poeta di un sogno lontano, io
Il tuo pezzo di mondo nel mondo.

Tu che mi desti le tue labbra
La tua mano, la tua aria, la tua contraddizione ambulante
Tu e il tuo nome da principessa ebraica – la tua lingua
Tu, nell’attesa
Nel viaggio e nel dolore.

Noi nella musica; l’arpeggio, il testo
Le strade di Birmingham, la notte e il freddo
Il bacio sincopato, il suono del vento
L’impeto di esserci
E di non esserci più.

Fossi in te, non fuggirei- mi seguirei
Fino ai confini del mondo
Fossi in te, farei  un monumento
A chi ha avuto l’idea di farci incontrare.

Fossi in te, respirerei intensamente
Il profumo che lasciasti sul mio collo.

Fossi in te, mi butterei nel vuoto,
mi arrenderei al paesaggio
di questo fondo marino.

Fossi in te, consolerei questo petto
Questa anima nostra ansiosa di partorire,
assetata di nuovi baci e di sguardi attenti – vieni,
dopo questa finestra germoglia solo un giardino.

Io e te
Un nuovo percorso.

Tu ed io
Un effluvio di amore.

Io e te
Il linguaggio del cielo.

Tu ed io
Sognando il ritorno.


              

Chester Railstation - Chester * Eryri – Cymru * Albert Dock – Liverpool * 
Christ Church Meadow – Oxford * City Council – Manchester * Church Street – Birmingham

Fotografías/Photos por/by David Lethei


miércoles, 7 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 12th entry - Part II

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 12 Part II  Cymru (Into Wales and back)


                              Sus ojos titilaban en la noche. Titilaban entre las luces de Liverpool y los sabores de Bari. Sus ojos titilaban dentro de mí. Titilaban entre el frío y la noche en Chester, aguardando el bus mientras se congelaba el pasamano. Sus ojos titilaban a la distancia. Tras pasar una reparadora noche en Chester, ese domingo me levanté ansioso ante lo que se avenía. Ya había recorrido por mi cuenta la costa oeste de Cymru y el día prometía una nueva aventura internándose junto a un grupo de desconocidos hasta el corazón de Snowdonia. Tras recorrer los vestigios dejados por los romanos en la ciudad, iluminados grácilmente por las luces de la mañana, me dirigí presuroso hasta el punto de reunión acordado. Me había inscrito en un grupo turístico y nos llevarían en una van por aquellos lugares que no había recorrido el día anterior. Fue así que me encontré con un cuarteto de chicas de Suiza, dos parejas francesas y un trío compuesto por dos italianas y una polaca. Y por supuesto con Frank, nuestro guía de turno. Tras pasar los saludos de rigor nos dirigimos hasta Llandudno, un balneario victoriano adornado con estatuas de las creaciones de Lewis Carroll, poseedor de un hermoso muelle pintado de blanco, y coronado con un gran promontorio desde el cual se puede apreciar toda la localidad e incluso más allá, alcanzando la vista hasta Anglesey, Liverpool y por supuesto, las grandes alturas de Eryri. Desde ahí enfilamos hacia Conwy, pequeño pueblo poseedor de unos de los mejor conservados castillos medievales de toda Gran Bretaña, hogar alguna vez de Edward I y bastión de su poderío en la región durante las guerras de independencia. Además, destaca por los muros que protegen al pequeño pueblo, los cuales es factible recorrer pudiéndose apreciar desde la distancia tanto la imponencia de la construcción medieval como la belleza de la desembocadura del río Conwy. Conwy cuenta además con la casa más pequeña de toda Gran Bretaña, parte de los encantos de esta villa medieval patrimonio de la Humanidad. Tras dejarlo atrás, y tras pasar la antigua villa minera de Bethesda, nuestro variopinto grupo se dirigió hacia el sur, adentrándonos por fin en el sinuoso valle entre las montañas de Snowdonia, recorriendo “The long and winding road” como es conocida la ruta principal por sus sinuosos recovecos y serpenteante trazado, hasta llegar a Pont Pen-y-benglog junto al lago Ogwen. Ahí pudimos apreciar los esteros, cascadas y riachuelos que descienden desde las altas cimas en su camino al mar, flanqueados de lado a lado por las altas montañas nevadas de Gales con su característico gris pedregoso producto de milenarias glaciaciones. Más adelante, los valles cafés, amarillos y rojizos dan paso a verdes explanadas y lagunas, abrazadas por tupidos bosques y escasos asentamientos. Entre ellos, nos detuvimos en Betws-y-Coed, donde las calles olorosas a leña se adornan para los turistas con tiendas de souvenirs además de emporios donde ataviarse para el montañismo. La luz, ya haciéndose escasa, nos hizo apurar el tranco (o el motor para el caso) en dirección este hacia el antiguo acueducto de Pontcysyllte, el cual cruzando sobre las aguas del río Dee, permite la navegación y el recorrido a pie. La moribunda luz de la tarde nos regalaría entonces una última mirada sobre los picos de Eryri, de donde nacen las aguas que alimentan las fértiles tierras de Cymru y su pueblo ancestral. Engolosinados de tanto paisaje y ya entregados al divertimento, el variopinto grupo terminó de contar los millones de ovejas blancas y negras generosamente repartidas por los campos y trató de enunciar las últimas palabras de despedida en galés; Hwyl Cymru (adiós Cymru) y por supuesto, la impronunciable Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch la cual nadie pudo atinar a decir. Al llegar a Chester y viendo que algunos del grupo serían llevados hasta Liverpool tomé la intempestiva decisión de irme con ellos. Tenía pasajes de regreso a medianoche desde Chester, y aun cuando ya la noche era cerrada, apenas las 5 de la tarde era lo que marcaban los relojes. Ya habiendo recorrido Chester los días previos, y completamente entregado a un impulso, me dejé caer por Liverpool sin mapa ni preparación alguna, muchísimo menos boleto de regreso hasta donde debía tomar el bus de vuelta a Southampton. Tenía 6 horas para descubrir lo que me trajera el destino o la casualidad, y para encontrar la manera de regresar a tiempo. Las luces de Liverpool titilaban y bullía la vida en torno a sus calles y muelles. Las luces titilaban y sus ojos titilaban dentro mío.



Snowdonia Mountains – Eryri

Fotografía/Photo por/by David Lethei

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 12th entry - Part I

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 12 Part I  Cymru (Into Wales and back)


                    Eran las 7 de la tarde. La noche había caído hacía rato en Cymru y yo hacía guardia al tren que me llevaría de vuelta a Chester. La pintoresca estación de trenes, un imán para los viajeros y turistas en la no menos pintoresca villa de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, me albergaba hacía ya una hora y la temperatura había disminuido considerablemente. Sin nadie más en la estación que este pobre peregrino, me preguntaba si de hecho alguien tomaba el tren desde allí en algún momento del día, tomando en cuenta que del largo rato que llevaba deambulando por el lugar no había logrado atisbar alma alguna en la terminal, además obviamente de los frecuentes viajeros y turistas ávidos por sacarse una foto junto al letrero con el sui generis nombre de aquel lugar perdido en la entrada a la isla de Anglesey. Con no menos frío la noche anterior había llegado desde Southampton tras un largo viaje de 8 horas en bus hasta Chester, ubicada en la frontera norte entre Inglaterra y Gales. Desde ahí, tras recorrer sus calles desiertas unas horas antes del alba, había tomado el tren hasta Bangor, en la costa oeste de la montañosa región; un viaje soñado junto a la orilla norte de Gales que me llevaría sobre el riel junto a las aguas del mar de Irlanda permitiéndome divisar a la distancia el puerto de Liverpool y la Isla de Man. Las luces del amanecer me acompañarían hasta descender del tren para rápidamente abordar un bus local hacia Caernarfon, mi primer destino oficial como parte de la travesía. En Caernarfon había nacido Edward II, infame hijo de Edward “Longshanks” igualmente infame por aplicar su brutalidad acostumbrada sobre Wallace y los Scots durante las guerras de independencia de Escocia. En Caernarfon uno podía hallar la magnificencia de su castillo medieval y atisbar a la distancia tanto a Anglesey por el oeste como al parque nacional de Snowdonia, con el pico más alto de toda Gales, el Snowdon, asomando la vista por sobre las nubes con sus 1085 metros de altura. Yr Wyddfa, como se le denomina en galés, se alza como una atalaya en el extremo noroeste de  Eryri, el nombre original del parque de 2.130 km cuadrados que me había hecho llegar hasta ahí en primer lugar. En Caernarfon, como en toda Gales, se podía oír a la gente charlando indistintamente en inglés o en galés, siendo dicha nación uno de los pocos lugares donde aún se mantiene viva la tradición y lengua de las culturas celtas de la Edad del Hierro. En Caernarfon me maravillaría con sus altos muros de piedra y sus vistas hacia el estrecho de Menai, aquel que separa Gales de la isla de Anglesey y que alguna vez el capitán Cook refiriese como el más peligroso entre los que le había tocado navegar. Caernarfon, pequeña villa con sabor a medioevo desde donde partiría de vuelta a Bangor, esta vez para explorarlo a cabalidad. Ahí, a diferencia de en Caernarfon, podría hallar una activa calle comercial, abundante en opciones tanto en artesanía local como en productos de producción masiva, activa vida universitaria dada la Universidad de Bangor emplazada en las alturas sobre el pueblo, además de un atractivo muelle abriéndose paso sobre las aguas del estrecho. Desde su extremo y al girar la cabeza, uno podía apreciar la belleza de las montañas nevadas de Eryri, coronando imponentes las alturas sobre Bangor junto a las aguas que rodean Gales por el norte. Un artesano local me enseñaría ahí que Wales (el nombre de Gales en inglés) era, si bien el nombre por el cual el país era internacionalmente conocido, no precisamente el más apreciado por los locales. Wales refiere en su acepción original al extranjero, a aquel que es un desconocido, mientras que su gente llama a sus tierras Cymru, que en galés significa amigo, un término mucho más apropiado para estas inmemoriales tierras habitadas por granjeros, pastores y amantes de las ovejas desde mucho antes de la llegada de los romanos a Gran Bretaña. Desde Bangor y antes de caer la tarde, me dirigiría hasta el puente colgante sobre el Menai en dirección a la villa con el nombre más largo en todo el Reino Unido, desde donde se prometía pasaría un tren a eso de las 7 que me llevaría de vuelta a Chester. Diez minutos después de la hora acordada, las luces del expreso me sacudirían la escarcha a esas alturas depositada en todos los rincones. Me dolían los pies, tenía hambre, frío y ganas de estar en casa, pero no precisamente en Santiago de vuelta en Chile, sino en algún lugar perdido en el corazón de Eryri, junto a las montañas, los bosques y el fuego de un hogar galés.



Caernarfon Castle – Caernarfon

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 27 de noviembre de 2016

Fall in Autumn - 11th entry -

FALL IN AUTUMN
                 540 days off season


entry 11  Lothian

                      Una brisa suave, fría y refrescante me despierta antes del amanecer. En algún punto de la costa junto a Linne Foirthe me veo rodeado de mis compañeros montaraces en lo que ha sido el más largo de los viajes. Desde nuestra villa junto a las grandes aguas; tras cruzar An Caol Artach, hemos viajado a tierras cada vez más cálidas en busca de aquello que nos fuera arrebatado, aunando clanes a la marcha y apurando el tranco a medida que cae el sol. Una brisa suave, fría y dolorosa nos va despertando uno a uno, la luz se asoma desde el mar al este, iluminando las mil colinas y verdes hondonadas que en Alba abundan. Unas cuantas horas adelante, Lothian nos espera con Haggis recién cocinadas, junto a sus neeps y sus tatties y una buena mujer para recuperar el calor perdido en los gélidos páramos de Caledonia. Luego, hemos de retomar la marcha en dirección al sur. Pasando por Britannia en camino a Hibernia, recogeremos las migas que nos llevarán a destino, por sobre los lagos y las nevadas montañas, a través de los estrechos y la miríada de islas; la música resonará en nuestros oídos, recordando las veladas in Arcaibh, junto al hogar, donde el fuego no se extingue aún en la noche más obscura. Una brisa roja despierta a Wallace en la mitad del campamento. Cientos de heridos y cuerpos en descomposición se acumulan a su alrededor mientras él aún siente el aroma de su mujer en sus manos desnudas. La noche y el sueño los ha reunido nuevamente llevándolos más allá de las fronteras de Escocia. Allá donde el pasado y el futuro se unen y no existe la opresión de la sangre ni la bota extranjera. Allá donde pueden cabalgar juntos por entre los espesos bosques de Lanrik y bañarse en las frías aguas del Cluaidh, allá donde los ingleses invasores no los pueden alcanzar ni separar. El guardián de Escocia despierta intoxicado en tanta belleza, pero a su lado no está Marian sino su espada, aguardando paciente por nuevos cuerpos ingleses que rebanar tras verse derrotados en Falkirk, mientras una multitud de lamentos le rodea recordándole que debe continuar. Edward I no descansará hasta ver a Wallace y a sus huestes pudriéndose en una pica, salpicando los campos de las Midlands con la sangre de los herederos de Boudica.  Las altas tierras escocesas parecen lejanas en su memoria, así también el rastro antiguo de los Celtas cuyo linaje preservan, la búsqueda por la independencia debe continuar a pesar del horror, a pesar del cansancio, el hambre y la brutalidad; a pesar de la nostalgia enorme del hogar más allá de las colinas. Una brisa fría y vespertina me recubre mientras se van apagando mis sentidos. Me duermo. Han sido tres largos días de exploración y asombro por las calles de Edinburgo. Luego de viajar 677 kilómetros desde Southampton en dirección al norte, y tras pasar la campiña inglesa y el distrito de los lagos, arribamos a la ancestral ciudad en el corazón de Midlothian, alguna vez conocida como Dùn Èideann. La “Atenas de Europa” como le llaman los viajeros, nos recibe con los brazos abiertos; la galería de monumentos en Calton Hill o la atalaya que representa el Arthur´s Seat, gobiernan la ciudad y permiten al viajero contemplarla de punta a cabo tras hacer el esfuerzo de seguir sus escaleras de piedra hasta la cima. Desde ahí se pueden apreciar el Scott Monument, sus numerosos museos, iglesias y parroquias, el Princess Street Gardens, los edificios de The Scotsman, The Balmoral y The Caledonian y, por supuesto, el imponente Castillo de Edinburgo, dispuesto sobre una columna de piedra maciza en el corazón de la ciudad. Edinburgo; ciudad de fantasmas, secretos y catacumbas; ciudad de callejuelas, pasajes pintorescos, góticos reductos y greco-romanos diseños, se extiende en torno al promontorio principal, siendo flanqueada por sendos cerros y por el septentrional estuario de Forth, donde las aguas del Mar del Norte penetran en la tierra y deben ser cruzadas por los acorazados puentes que conectan Queensferry con Perth y el resto de las Highlands. Edinburgo; ciudad que me maravilla y que luego de tres días de recorrerla de punta a cabo y de alba a madrugada me hace sentir cierta nostalgia al momento de la partida. Parto de vuelta al sur, hacia la costa jurásica y Southampton, con la sensación de dejar algo tras de mí, un trozo de vida pasada o futura que me oprime levemente el centro del pecho, como si hubiese vivido en sus calles toda una vida y algo en ellas me fuere a extrañar. El bus se interna nuevamente en la campiña inglesa mientras la noche todo lo recubre. Son las 6 de la tarde; para amenizar el viaje se proyecta “Braveheart” y se bajan las luces. Algunos se acomodan para verla por enésima vez mientras otros se disponen a dormir para recuperar las fuerzas. Yo sólo puedo atinar a recordar el sonido de las gaitas en las calles de Edinburgo, y sonreír.




Arthur´s Seat – Edinburgh

Fotografía/Photo por/by David Lethei