Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

domingo, 26 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 25th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 25  Memory

               Cuando se planteó la construcción del Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos de Santiago, cierto revuelo fue levantado por partidos de derecha y/o adherentes al régimen militar impuesto en Chile entre 1973 y 1990. Estos detractores veían con malos ojos la edificación de una entidad como la mencionada, ya que según ellos orientaría la visión histórica solamente hacia un lado político, aquel que llamaba al régimen dictadura y que veía en la anunciada institución a construirse en calle Matucana junto a la añosa y popular Quinta Normal, una forma y un lugar en el que reunir sus testimonios, registros documentales y en sí misma la memoria de todos aquellos hechos desaparecer, torturados o asesinados durante el régimen. En un país como Chile donde la memoria no se preserva, donde los memoriales terminan en urinarios y donde se reducen las horas de Historia en los colegios no es de extrañar este tipo de reacciones, muchísimo menos la desafección de la que dan cuenta sus ciudadanos promedio, ocupados en su quehacer diario y en la ganancia inmediata, al mismo tiempo que distanciados de su pasado por conveniencia o excesivo pragmatismo. Frase cliché sin duda pero no por menos verdadera, un pueblo sin memoria carece de Historia, y sin Historia, sin pasado, no parece inaudito que se sigan cometiendo los mismos errores una y otra vez. Muy lejos de calle Matucana, en las nevadas veredas de la Bernauer Straße en Berlín, el Museo de la Memoria al Muro que dividiera la ciudad por casi 40 años se levanta como un pequeño bastión entre decenas que poblan la capital germana. Incluyendo el punto aduanero más importante entre el lado soviético y el de los aliados, el llamado “Checkpoint Charlie” hoy visita obligada para millones de turistas, el Muro de Berlín es aún visible de manera simbólica, a través del arte, así como de forma tangible a lo largo y ancho de toda la ciudad. Ahí donde los bloques de concreto aún persisten convertidos en lienzo para murales como en la “East Side Gallery”, o como meros resabios aislados de un pasado no tan remoto, se sigue dando cuenta de la dolorosa cicatriz que dividiría al mundo entre dos colores, dos visiones y, más peligrosamente, dos potencias bélicas durante cuarenta años de guerra fría. Lejos del olvido, la capital alemana se levanta en medio de las frías planicies europeas como un enorme Museo de la Memoria, el cual respira y vocifera sobre los primeros asentamientos judíos en Spandau hace más de mil años, su pasado prusiano en el Castillo de Charlottenburg, así como el renovado edificio del Reichstag hoy coronado con una monumental cúpula de vidrio la cual permite el acceso al público de manera gratuita. Junto a él, la Puerta de Brandenburgo sigue recordándonos el paso de las huestes de todas las épocas desde la Columna de la Victoria más allá del Tiergarten en su paso victorioso por la calle del 17 de Junio, junto a la cual se disponen bélicos vestigios del pasado soviético de la capital teutona. Un tanto más allá, siguiendo los pasos del muro, un espacio vacío avisa sobre las instalaciones gubernamentales del Berlín Nazi, un espacio coronado con sendos museos que cultivan la memoria e invitan a la reflexión. Punto aparte para el monumental entramado de concreto que rememora a los judíos asesinados de Europa; una enorme red de pasadizos dibujados por sendos bloques de ennegrecido granito de distintos tamaños y alturas entre los cuales perderse es fácil y sobrecogerse más fácil aún. Incluso donde no hay gris, donde es el color el que reina Berlín invita a la memoria. Antiguos barrios judíos como el Hackesche Höfe o añosos mercados y estaciones de tren, tranvía, U-Bahn y S-Bahn dan cuenta en sus coloridas paredes de esa memoria que a Berlín no parece pesarle como en el caso de la capital chilena, sino muy contrariamente, parece ayudarle a seguir adelante desde un mejor lugar, mejor pensado e implementado. Porque Berlín es memoria y modernidad, caminando de la mano sin aparentes contratiempos. La visitada Postdamer Platz es muestra de ello. Ahí donde hace 25 años el muro se engrandecía y los sitios eriazos daban cuenta del paisaje, hoy se disponen modernos edificios, concurridas tiendas y por supuesto, museos al aire libre donde berlineses, viajeros y turistas pueden entregarse a una pausa en medio de la vorágine cotidiana. Si recordar es vivir, recordar lo malo o lo doloroso se torna esencial en estos tiempos actuales donde todo pareciera apuntar al goce inmediato, a una búsqueda desesperada por evitar lo que nos disgusta o que no queremos ver y que sin embargo es parte de la vida que hemos escogido y de cuyas consecuencias no podemos permitirnos quedar al margen. Nos guste o no, parecemos aprender cayéndonos. Es de esperar que luego de tantas caídas podamos aprender no sólo de las propias sino también de las ajenas y logremos, una vez recogida, comprendida y aceptada la Historia que nos ha hecho lo que somos, finalmente avanzar.




Bernauer Straße – Berlin

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 19 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 24th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 24  Red lights

               La chica toca la puerta de cristal para llamar la atención de los curiosos transeúntes. Maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas más largas que el olvido. Si pasas atento y te animas, te acercas a hacer el trato, llegas a acuerdo, te abre la puerta y pasas. Adentro, un piso alargado sirve de reposo a sus nalgas luego de horas de pie. Se atisba una cortina, un lavabo pequeño y una cama tras la tela. Algunas cuentan con un espacio en el segundo piso, al cual se accede por una estrecha escalera, que tras cancelar una buena cantidad de euros te ofrece lo que incluya el paquete por un tiempo acotado, la versión más hardcore de Ámsterdam o la más delicada, todo dependiendo del precio.
Junto con los tulipanes, los canales y su barrio rojo, lo que más caracteriza a la capital de Holanda son las bicicletas. Estacionadas, colgadas, adornadas, apuradas, pasan llevando a sus usuarios a sus destinos dentro de la fragmentada geografía de la ciudad. En concéntricos anillos los canales de Ámsterdam permiten a aquel que cuente con transporte marítimo atravesar la ciudad de punta a cabo desde la Casa-Museo de Ana Frank por el noroeste hasta el Zoológico por el sureste, y si no es por los canales, sendas ciclovías se disponen por toda la urbe en un entramado planificado y pensado para peatones y ciclistas. Perdido entre sus pasajes, y guardando el cuidado suficiente como para no verse atropellado por alguna bicicleta disparada, uno puedo hallarse de pronto en medio del Bloemenmarkt, un extenso mercado de flores, suvenires, y artículos de jardinería dispuesto junto a uno de los cursos de agua más importantes de la ciudad. Allí, entre tiendas adornadas con quesos de todos los tamaños, colores y formas, y entre vitrinas luciendo los pintorescos zuecos de madera propios de la campiña,  los bulbos florecen y un millar de semillas se disponen a la venta en pos de mantener la tradición floral holandesa. En la misma línea, y junto con los famosos molinos holandeses, el arte de la cerámica pintada en azul es otra de las tradiciones propias de las bajas tierras europeas, cerámica que se puede encontrar en la más amplia gama de formatos y precios para aquellos que quieran llevarse un pedacito de Holanda para empotrar en alguna pared de sus casas. Más allá del distrito culinario se halla el Rembrandtplein, el Rijksmuseum y el Museo a Van Gogh, todo un espacio dedicado a las artes y a los referentes pictóricos que han hecho de Holanda un país internacionalmente conocido por algo más que por ser sede de La Haya y por su capital Ámsterdam. Paraíso de la libertad y el libertinaje, esta última debe también su fama a la facilidad con la que es posible acceder a drogas de diverso calibre y a lo regulado de su industria sexual. Emplazado entre varias iglesias, el Redlight District supone un barrio que hace lucir los sex shops de Pigalle en Paris como un esfuerzo amateur. El Museo del Sexo, el Museo Erótico y el Museo de la Marihuana son sólo algunas de las interesantes atracciones con las que cuenta el distrito, donde tanto viajeros como turistas se entregan a las indulgencias que promueve tanto la curiosidad como el apetito. Teatros con sexo en vivo así como una rica y variada oferta sexual puede ser disfrutada por unos cuantos euros en un barrio donde todo está rigurosamente regulado y vigilado, y que sin embargo brinda al visitante la ilusión de lo prohibido ofrecido a simple vista. Sendas farolas de rojo neón alertan a los paseantes de donde hallar a los maniquíes vivientes que tras vitrinas de cristal ofrecerán sus servicios sexuales desde media tarde en adelante, llegando a su peak ya caída la noche cuando los rojos centinelas encendidos por doquier le agregan aún más belleza a la ciudad al ser reflejados en las aguas de los canales. Latinas, africanas, asiáticas, transgénero, nórdicas y cuanto pueda esperarse en cuanto a la diversidad de lo ofrecido, incluido un par de puertas donde son hombres los que ofrecen sus servicios, puede encontrarse con facilidad a unos cuantos pasos de la Amsterdam-Zentraal, la estación de trenes que recibe los pasajeros de todas las líneas de metro de la ciudad así como trenes internacionales que tras pasar por Duivendrecht alimentan a la capital holandesa con viajeros y turistas de todas las latitudes en busca de los deleites diurnos y nocturnos que tiene para ofrecer.
La chica se mantiene impávida mientras otras miran a los transeúntes con ardor. Mientras otras se acicalan, revisan su maquillaje o entablan trato con algún transeúnte interesado, la chica mantiene la mirada perdida. Es sabido que si a algún transeúnte le interesa lo que ve irá hasta la puerta y solicitará un trato. Si al revés, es la chica la interesada, será ella quien toque el cristal desde su lado en pos de llamar tu atención y atraerte hacia ella. La chica, maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas mientras las separa un tanto proponiendo algo más sin decir palabra. La chica te mira, te abre la puerta y pasas.



Redlight District – Ámsterdam

Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 11 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 23rd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 23  Somewhere in Europe

               Estación Central. Avenida Matta. Patronato y Cal y Canto. Los barrios del Santiago antiguo perduran a pesar de los intentos de renovación, saneamiento y traslado que han debido enfrentar a través de los años, así como el estigma permanente de su baja ralea y aún peor seguridad y condiciones higiénicas. Basura acumulándose en los rincones, orines, perros vagos escudriñando entre improvisados puestos comerciales junto a las esquinas, los cuales, junto con entorpecer el libre tránsito de peatones y ciclistas, le dan vida y sabor a los cruces del Santiago antiguo. Lejos, hacia el oriente, la capital chilena luce otro rostro, uno limpio y ordenado donde los edificios de más moderna arquitectura se alzan al cielo pretendiendo parecerse a los rascacielos de latitudes occidentales menos periféricas, donde la globalización es un hecho real y tangible y no un mero artefacto teórico del que hablar por televisión. Ahí donde se emplaza la torre más alta de Sudamérica, donde las extensiones de verde son abundantes y el planeamiento urbano parece seguir cierta racionalidad, Santiago se pretende como un ejemplo de modernidad, una copia provinciana de ciudades de vanguardia donde se hace vista gorda a lo que respira en los distritos aledaños, donde la marginalidad es parte del paisaje junto con las sopaipillas y el mote con huesillo. Particularmente similar, Bruselas, capital de Bélgica y sede del Parlamento Europeo, se extiende como un pequeño enclave entre París y Ámsterdam, sitios de alta carga turística junto a los cuales la capital belga parece un pequeño reducto urbano, una parada intermedia, un mero lugar de paso. Diametralmente opuesta entre norte y sur, la parte meridional de la ciudad abunda en rincones mugrosos y rayados en las paredes, dispersos entre una miríada de puestos comerciales de comida extranjera y artículos de bajo costo, mientras que hacia el norte, una vez atravesado el centro histórico y siguiendo el curso del río, las líneas urbanas se tornan rectas, los pasajes desaparecen así como la basura y los grafiti, dando paso a grandes estructuras en vidrio y metal, esculturas contemporáneas, bulevares y neones. A pesar de esta abierta similitud entre las dos ciudades, la capital de Bélgica cuenta con hitos de carácter monumental de los cuales Santiago adolece. El Arco del Cinquentenario, con acceso gratuito a diferencia de su par parisino y dispuesto hacia el este de la ciudad se alza como un hermoso conjunto arquitectónico común entre las ciudades europeas, y que le da a Bruselas un carácter de magnificencia que hace inclinar la balanza entre las dispares realidades visibles entre el norte y el sur de la ciudad, hacia una apreciación de la misma a la altura de su lugar en el conjunto europeo. Igualmente, el Palais de Justice, el Palais des Expositions y el Atomium hacia el oeste de la ciudad, destacan como grandilocuentes ejemplos de una ciudad caracterizada por sus coloridas y angostas casas céntricas de dos plantas, dispuestas una junto a la otra vendiendo waffles, cervezas y los mundialmente conocidos chocolates belgas. En algún lugar de Europa, entre la pulcritud berlinesa y las playas mediterráneas, entre los café parisinos, la cordialidad inglesa y las nieves suizas se emplaza un lugar donde una lengua romance casi extinta como el flamenco persiste y sus condiciones de vida, con sus barrios dispares, su simpleza urbanística y la naturalidad de su gente me hicieron sentir en algún punto entre calle San Diego y Agustinas, en el corazón de Santiago de Chile, donde la fealdad y la belleza caminan de la mano, donde los murales se confunden con garabatos y viceversa, y las avenidas son reducidas a callecitas sin aviso ni mucho planeamiento, y donde la gente se mueve entre el gris y el color. Chile, a nivel macroeconómico se parece muchísimo a Bélgica. Una economía pequeña en constante expansión donde el turismo parece ser el norte más seguro para invertir como industria en el futuro, donde los barrios son dramáticamente desiguales en su forma y su fondo, y donde la inmigración va en aumento con sus riquezas y desafíos. Afortunada o desafortunadamente, sólo el tiempo dirá, la gran diferencia (o la más importante) entre ambas naciones estriba en que su capital Bruselas está anclada al corazón de Europa, y sus poderosos vecinos la consideran lo suficientemente neutral como para disponer de la sede de la Unión Europea entre sus calles y tiendas; Santiago en otro tanto, vilipendiada y desdeñada por más de alguna nación vecina, sigue siendo un reducto occidental camino al fin del mundo. Allá donde lo internacional se consume por televisión y el turismo no pasa de ser un ejercicio digital, la sureña capital aislada entre desierto y cordillera, océano y Antártida, se sigue pretendiendo como un híbrido entre el sueño americano y el ejemplo europeo de modernidad y tradición, mintiéndose a sí misma mientras perdura incapaz de verse al espejo y reconocer y aceptar sus diferencias. Santiago, donde hay barrios en los cuales parece uno estar caminando por algún lugar de Europa hasta que un conductor impertinente nos recuerda que por las calles chilenas hay que andar con cuidado; Bruselas, donde más de algún rincón parece capital sudamericana hasta que nos da por probar un chocolate y su sabor nos recuerda que han sido ellos los que han refinado la técnica sobre un producto originario de las Américas, y que sin embargo nos venden y compramos con gusto, como el cobre, el tabaco y cuantas cosas más.



Atomium – Brussels

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 30 de enero de 2017

Fall in Autumn - 22nd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 22  Jurassic Coast (and Across the sea)

               250 millones de años atrás, el planeta al que llamamos Tierra lucía muy diferente a como podemos pretender trazarlo hoy en día. Nuestras tan preciadas fronteras, fueren estas geográficas o políticas, eran inexistentes y toda la corteza se agrupaba en una masa única a la que los geólogos han denominado “pangea”, o toda la tierra según versa la traducción desde el griego. Vestigios fósiles de dichas épocas han podido hallarse en la actualidad en lugares tan disímiles como China y Australia, México y Etiopía, o Argentina e Inglaterra. Precisamente en esta última es posible hallar un vasto banco de información prehistórica en toda la costa sur, desde los acantilados en Dover hacia el este, siguiendo la línea de la costa en dirección opuesta hasta llegar a Portland e incluso más allá. La denominada Costa Jurásica, patrimonio de la Humanidad según UNESCO, se extiende por cientos de kilómetros sirviendo de muralla natural entre las tierras británicas y las aguas del Canal de La Mancha (o English Channel), separando así la nación inglesa del resto de Europa. Eso es hoy en día por supuesto. Rastros de períodos tan antiguos como el Triásico, Jurásico y Cretácico han sido hallados en las perfiladas laderas de la mencionada costa, volviéndola un imán no sólo atractivo para aquellos que se dedican a las Ciencias de la Tierra sino también para turistas y viajeros por igual. Largos senderos permiten al caminante desplazarse de punta a cabo por una ruta donde la historia de la prehistoria puede leerse en las rocas, las marcas en la arena, los bosques fósiles y las más diversas creaturas petrificadas entre la cal y la arcilla. Poole, Bournemouth, Swanage y Weymouth sirven de enclaves de paso, pueblos, marinas, playas y lugares de descanso en los cuales recuperar energías en pos de proseguir la larga caminata por el sendero costero, uno que promete apreciar desde las alturas las insospechadas formas en que la geografía erosionada ha servido de telón de fondo para un paisaje fósil de inusitada belleza y unicidad. Mas no sólo prehistoria puede ser hallada siguiendo la costa jurásica. Adentrándose tan sólo unos cuantos kilómetros tierra adentro, el condado de Dorset destaca por lugares tan pintorescos como Dorchester, con sus calles añosas y sus bastiones de guerra; Christchurch, con sus ruinas normandas y sus cisnes junto a la desembocadura de los ríos Avon y Stourt; y Corfe Castle, que como bien designa su nombre, humea sus chimeneas de piedra bajo la atenta mirada de un castillo en ruinas de mil años de antigüedad. Mención aparte para el gigante de Cerne Abbas, una figura de 55 metros de alto por 51 de ancho, delineada en tiza en la ladera de una colina a unos 10 kilómetros de Dorset, y que representa a un hombre con el pene erecto y sosteniendo una maza en su mano derecha. Viajar en tren por las grandes praderas que conectan el condado y a las villas que lo nutren es sin duda una experiencia de inusitado encanto, y sí a eso se le agrega la caminata por las escarchadas arenas de la costa, el panorama completo se ofrece como un atractivo sin igual. Las vistas, más allá de los grandes acantilados, desde donde puede atisbarse las peculiares formaciones rocosas de la Durdle Door que, como un saurio prehistórico, parece hundir su largo cuello en las gélidas aguas del amplio canal, permiten al espectador adentrarse hasta donde la mirada alcance e incluso pretender ver más allá de los límites que el horizonte impone. La Tierra ya no es una sola como solía, y la sola presencia de lugares desconocidos más allá de las aguas es capaz de despertar la curiosidad y el brío que movilizan a todo viajero. Ahí, mirando desde la Costa Jurásica el ancestral pasado escrito en las paredes de piedra, el mar parece ser el mismo, la misma entidad ingobernable desde hace millones de años, la misma masa acuosa que es a la vez barrera e invitación, una puerta ofrecida a la voluntad de los hombres, de ir más allá como alguna vez lo pretendieron los exploradores que desde estas mismas costas contemplaron lo desconocido, y se aventuraron a través de los océanos. Hoy el mapa ya no es un misterio como alguna vez lo fuese, mas el sentido de aventura perdura con la misma fuerza en el corazón de los hombres, de los que se atreven, y de los que lo sueñan, la puerta del mar parece siempre abierta para el que la quiera atravesar.



Durdle Door – Dorset

Fotografía/Photo por/by David Lethei

jueves, 26 de enero de 2017

Fall in Autumn - 21st entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 21  Blue Poppies

               En Inglaterra, a modo conmemorativo y no por ello no controversial, se suele conmemorar a los caídos en batalla con corolarios de rojas flores artificiales que la gente suele llevar en la forma de prendedores, colleras y otros ornamentos además de hacer llegar pequeñas coronas a las tumbas, memoriales y esquinas que rememoren a los valientes soldados perdidos. Estas rojas escarapelas, también conocidas como “red poppies”, sirven de testimonio de la memoria viva entre los ingleses de lo que ha significado el sacrificio de tantos hijos de origen británico. Generaciones enteras perdidas en el fragor de los campos de batalla que tiñesen de rojo las Europas durante al menos cincuenta años. Si bien una tradición igualmente viva y respetada en Southampton donde los mausoleos de guerra abundan en los mencionados motivos carmín, la generación que más le duele a las calles de Soton no yace precisamente en tierras germanas ni galas, sino en las gélidas profundidades del Atlántico Norte. Faltando 20 minutos para la medianoche del 14 de Abril de 1912, el así llamado “inhundible” RMS Titanic impactaba con un iceberg de grandes dimensiones que lo haría, rotura del casco mediante, partirse primero dramáticamente en dos mitades, para luego hundirse a las profundidades de las congeladas aguas septentrionales. 1513 personas, de un total que apenas superaba las 2200 entre tripulantes y pasajeros, perecería por ahogamiento o hipotermia durante las tres horas que duraría el hundimiento o en las posteriores, a la espera del barco que los rescataría. Si bien construido en los muelles de Belfast, la lujosa mole metálica había zarpado en su viaje inaugural, como era costumbre, desde las aguas del Solent, ahí donde el puerto de Southampton ha echado mano a la abundante mano de obra proveniente de sus barrios más típicos. Northam, Shirley, Chapel, habían contribuido con padres de familia, hermanos e hijos que desempeñarían labores de cargadores de carbón, cocineros, meseros, personal de cubierta, entre muchos otros; así también muchísimas mujeres habían sido arrancadas de las calles familiares por la precariedad económica, la cual les haría postular y agradecer un cupo en los grandes salones del famoso buque como camarera, personal de aseo o costurera. Además de la tripulación, una buena cantidad de los flamantes pasajeros de primera, segunda y tercera clase provenían de las veredas de Southamtpon, una ciudad que seguiría esperando el retorno de sus muchísimos y muchísimas hijos e hijas arrojadas por el infortunio a las oscuras aguas y en medio de la noche. Menos de un cuarto de aquellos que partieren de todos los rincones de la ciudad en busca de oportunidades en el mar o simplemente por placer, lograría retornar a Soton semanas más tarde. Desde la mañana siguiente aguardarían sus familias por alguna noticia que pudiere brindar algo de esperanza para con los desaparecidos en alta mar. Dicho anhelo, dicha espera interminable, se iría mar adentro a medida que las noticias del naufragio llegaren a oídos de los habitantes del pueblo quienes, con una herida que acarrean hasta hoy, se vieron en la obligación de identificar los cuerpos que fuere posible rescatar, o brindar descanso a aquellos desaparecidos en las profundidades para siempre. Hoy, un museo hace lo mejor posible por resguardar la memoria de aquellos hijos e hijas que nunca regresaron a las calles que les vieren nacer. Los linajes familiares acarrean una sombra, una foto sin rostro, una tumba sin tierra. Una huella indeleble que puede apreciarse como una miríada de puntos azules señaladas en el plano de la ciudad; un sinfín de momentos que quedaron a medias, promesas inconclusas, labores a medias tintas que los planos de los viejos cementerios destacan entre sus tumbas. En Southampton una familia de cada tres perdió a alguien en dicho hundimiento. Una de cada tres casas, tres calles, tres historias, albergan o pretenden perpetuar a aquellos desaparecidos. Ya fuere con una añeja fotografía, una anécdota, o un ramillete de flores, los deudos aún lloran su pesar; y es su lamento la aflicción de una ciudad entera  al enterarse de la noticia de su insospechado destino. Las tumbas del viejo cementerio son ahora las que, en respetuoso silencio, dan cuenta de esos lugares vacíos que alguna vez estuvieren plenos de alegría y paz. Hoy, son los “blue poppies” los que señalan las tumbas de aquellos que nunca regresaron. Hoy, los hijos de los hijos siguen recordando.





SeaCity Museum – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

viernes, 20 de enero de 2017

Fall in Autumn - 20th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season



entry 20 – The Shire

                 Barro en las ruedas, pasto en las zuelas. Cuando niño, mi padre solía llevarme a escalar los cerros que circundan mis calles de infancia. Caminos hechos por senderistas aguerridos y/o por aficionados a la exploración; sendas cubiertas de maleza, espinos, árboles enjutos y pedregosos descansos. Podíamos pasarnos días enteros subiendo y bajando los cerros, ansiosos de conquistar otra colina, decididos a descubrir hasta donde llegaba la ruta. Ese gusto por la exploración, ese apetito por hacerse al camino me haría perderme por enésima vez, esta vez arriba de mi bicicleta inglesa, por los verdes senderos de la comarca. Hampshire, condado al sur de Inglaterra y unidad a la que pertenecen Portsmouth y Southampton, se extiende río arriba más allá de la naciente del Itchen River y del Test, dejando dentro de sus fronteras la grandilocuencia de los bosques del New Forest y los acantilados de cal del South Downs National Park. Como pintorescas motas una miríada de pequeños pueblos brindan descanso y alimento al viajero empedernido, que maravillado por las extensas verdes tierras fértiles, deja de lado el raciocinio de pensar que ya ha avanzado lo suficiente, y lo invitan a ir por más. Caseríos en madera y piedra, despidiendo humillo por sus chimeneas pueden hallarse tras una curva, un vericueto del camino, un desvío en la ruta. Los arroyos alimentan las siembras y los jabalíes salvajes, vecinos habituales en la comarca así como los ciervos rojos de gran cornamenta, se dejan ver de tanto en tanto entre la espesura de las hojas. Totton, Eling, Hythe, Stockbridge, World´s End, son sólo algunos de los nombres de esos caseríos desperdigados por la gran comarca en la que los puertos de Southampton y Portsmouth aparecen como costeras rarezas en el paisaje, y en donde la añosa Winchester se eleva como cabeza de condado en título y espíritu. Por esos surcos embarrados, tras las lluvias matutinas y las brisas vespertinas, viérame junto a mi Brexit escudriñando hasta donde podía llegar la ruta trazada, y también la que no. En la gran comarca están los bares, esos centenarios junto al camino, de los que se ven en las películas sobre la Inglaterra de antaño. Y así también los puentes escondidos, el aroma a “English breakfast”, y las parroquias entre los ramajes. Como aquella que me hallase en Romsey, una milenaria abadía aún en pie y brindando calurosa bienvenida, y sin cobrar un penny como sí lo harían otras más turísticas desperdigadas por comarcas vecinas. Leña, siembra, firmamento abierto. Eran los mismos esos días en que trepaba con mi padre por los cerros mientras soñaba con estrellas. Yo las quería cerca, mías. Nunca pensé en ser astronauta, mucho peso y andamiaje pensaba yo. Había que llegar ahí a pie, flotando en el vacío, o pedaleándolo. Había que dilucidar el misterio que habitaba en la negrura, traducir el lenguaje de la luz, leer las líneas de la noche. Fue así que apilado entre los libros de la biblioteca del colegio fue que hallare “Observar el cielo”, colorido manual de astronomía para neófitos que despertaría el apetito por conocer más de las esferas celestes, y ambicionar la compra de un telescopio cuando la solvencia de la adultez lo permitiese. No podía tener el libro por la misma falta de solvencia, la cual mi padre reemplazaría por una fotocopia del libro entero, como para pensar que podía ser posible, caminar a las estrellas de sólo tener dicho libro y escudriñar sus secretos. Pasarían años hasta poder hacerme de un telescopio que, con suerte, me permitiría ver la luna y sus cicatrices, pero al menos sentiría que algo de aquel sueño infantil se hacía carne, verdad, testimonio de lo que alguna vez fuere. En algún punto perdido en la gran Comarca, pensando en cuanto extrañaría a Brexit al deber dejarla en estas tierras tan lejanas, en un escaparate escondido en un pueblillo sin nombre, mi yo de niño despertó de su sueño. Aquel libro sobre las estrellas estaba ahí, en su versión inglesa, al alcance de mi mano adulta y mi saber bilingüe. Como una perla de despedida, como un intercambio, dejaría la bicicleta que me había acompañado todos estos meses por los rincones de Hampshire, a cambio de un libro sobre la infancia perdida. Sobre el barro en las manos, de caerse a ratos. Sobre la idea ingenuamente luminosa de que se puede llegar a cualquier parte si se tiene voluntad. Sobre el sueño de explorar con mi padre, con mis amigos de infancia, con la persona que amo, la Tierra entera y por qué no, todavía más. El sueño de una ruta que nunca acabe, de un viaje sin origen ni destino.



Lee Ln – Hampshire

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 15 de enero de 2017

Fall in Autumn - 19th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 19  English Breakfast

               La primera vez que comí un Flapjack fue guiado por el hambre más que por la curiosidad o alguna que otra recomendación. Con más apetito que dinero había llegado hasta uno de los tantos mini supermercados dispuestos por doquier y había decidido comprar lo primero que me despertara buena espina. Por una libra, unos mil pesos chilenos, había descubierto mi mejor reemplazo para la noble marraqueta nacional la cual no disfrutaría en los siguientes seis meses. 180 días antes del viaje, había decidido dedicarme a comer todas aquellas cosas que difícilmente podría saborear en los siguientes. Charquicán, empanada de pino, lentejas con zapallo, mote con huesillo, pastel de choclo, humitas, aceitunas, paltas, melón tuna, betarragas, y arroz con leche serían sólo algunas de las cosas que devota, y también secretamente, haría parte de mi dieta. A diferencia de en Chile, donde la comida tradicional abunda, en las ciudades al sur de Inglaterra pareciera que este tipo de platos ha sido relegado a lugares muy específicos. En efecto, en cualquier calle de Londres, Bristol, Winchester, Bath o Southampton uno puede disfrutar con total facilidad y a bajísimo precio, de una amplia gama de platos internacionales que van desde la comida italiana y  española, hasta platos de origen indio, coreano, chino y malasio. Sin dejar de lado con ello las regiones interiores del este de Europa, Croacia, Polonia, Hungría, Bulgaria y los Balcanes; Chipre, Turquía, Paquistán, Bangladesh, Myanmar, y Singapur; y si el afán no es comer en un “take away” que es básicamente comida rápida para llevar, bien puede uno abastecerse en las decenas de mini supermercados que venden alimentos procedentes de todas partes del mundo, especialmente Europa del este, Medio Oriente, y el Sudeste asiático. Uno puede hacerse un menú internacional entero en un solo día por unas cuantas libras, o preparar el más diverso recetario culinario con el mismo dinero. Y si la opción no está en los mencionados emporios de comida, bien están los expendios de sándwiches, supermercados y tiendas del rubro, las cuales ofrecen en sus refrigeradas despensas emparedados del más diverso tipo, incluyendo tocino, diversidad de quesos, vegetales, choclo (maíz) con pollo, salmón ahumado con salsa tártara, barbecue, de ajo, cebolla, mayonesa, mostaza, especias y similares. Bien si uno no gusta de los take away ni tampoco uno pretende cocinarse a sí mismo, bien uno puede ir a estos lugares y abastecerse hasta los dientes de cuanta variedad de sándwich existe. Con la lógica de estar siempre en movimiento, raros son los locales de comida tradicional como podrían esperarse en Chile o en otros lugares de Sudamérica, imperando en la dieta del inglés común la idea de una comida completa constreñida entre dos panes de molde. Amplia es así la gama de panes de este tipo posibles de hallar. Desde el más común y deslavado pan de molde blanco hasta el más graneado y multi-semilla posible. Abundantes también son las “Pasties”, básicamente una empanada con una masa un tanto más hojaldre y rellena de cuanta cosa se le pueda a uno ocurrir, desde huevo hasta espinaca, pasando por variedad de jamones, tocinos y quesos. Punto aparte para los famosos “Fish and Chips”, un conjunto de papas fritas sin sal servidas junto a una presa de pescado sin espinas y adobado en un batido frito, dentro de un cambucho de papel semi absorbente color gris.  La gracia, dicen los locales, está en los aderezos. Mostaza, salsa tártara, de ajo, vinagre y otros completan la lista de agregados permitidos para tan noble preparación. De ahí que, en el afamado “English Breakfast”, comprendido éste de huevos, legumbres horneadas, tocino, jamón, salchicha, tomate cherry y champiñones, sea común agregarle alguna de las salsas mencionadas arriba.   La guinda de la torta, como decimos en Chile, está en su tradición panadera y pastelera. Budines, tartas, trufas, pasteles, galletas, scones y flapjacks, que en definitiva son barras de avena, muesli, azúcar rubia, mantequilla y sirope; dan cuenta de una rica tradición en base al uso de masas, frutas y sus derivados para mermeladas y rellenos. Habiendo descubierto ya el dulce mundo de la repostería británica, y en el afán de no perder la costumbre, un buen día decidí prepararme lentejas, sólo para descubrir que el querido zapallo nacional con el que hacemos las nobles sopaipillas, en Inglaterra es inexistente. Lo más parecido es un zapallo algo alargado cuyo sabor se asemeja al buscado y por ello decidí utilizarlo para mi forzada receta. Sin especias, porque a diferencia de en Chile, en suelo británico hasta el orégano cuesta una libra, el plato bien podría bautizarse lentejas solas; sin arroz, sin zapallo, sin papas, sin especias, pero con mucho amor.






English Breakfast – West End

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 11 de enero de 2017

Fall in Autumn - 18th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 18 – London Calling

               Londres había estado llamando desde el primer día. Pero como en mi llegada no había necesitado pasar por ahí, la cuasi obligada visita a la capital inglesa había sido postergada desde las primeras planificaciones. Ya me había deslumbrado muy temprano en la mañana, el iluminado Chelsea Bridge la primera vez que pasara por la capital británica con mi bus camino a Chester. Así como me había desayunado un taco de horas en mi regreso desde el Norte de Gales un par de días después, en una odisea que casi implicó perder el bus de conexión de vuelta a Southampton. También, y luego de un largo viaje desde Liverpool,  me había tocado hacer la hora en los jardines de St. James, ahí donde el Palacio de Buckingham se impone mientras silenciosa la ruta en honor a la desaparecida Lady D te invita a internarte entre las arboledas y lagunas. Y las calles del barrio que circunda la Victoria Coach Station me habían visto caminar dubitativo haciendo la hora en dirección a Birmingham, o en el paso hacia París y vuelta, o tras correr varias cuadras en plena noche en pos de alcanzar el bus de vuelta al flat tras un retrasado viaje desde Oxford. Evidentemente, todas estas fugaces pasadas serían incomparables con aquel 31 de Diciembre, una jornada que empezaría con un Londres cubierto en niebla a eso de las 8am, y terminaría a eso de las 4 de la madrugada del 1 tras pasar el Año Nuevo bajo las luces, fuegos artificiales y gentíos en torno al London Eye. Londres me había estado llamando desde el primer día y sin embargo había guardado silencio de sus tesoros porque sus deleites no están en la mencionada noria, en la Torre de Londres o el Big Ben. Tampoco en su encumbrada arquitectura moderna, con notables experimentos en acero y cristal, en una miríada de edificios superpuestos en pos de destacar por sobre el más próximo competidor. Más allá de la ambiciosa y piramidal torre Shard, el obloide Gherkin o el tradicional Puente de Londres, la ciudad tiene para ofrecer lo que podría pensarse como la más grande oferta de productos del mundo. No necesariamente por cantidad sino por la variedad de la misma, la capital británica ofrece productos de todas partes del mundo, abarcando un rango de precios que van desde lo más exclusivo de las vitrinas de París hasta lo más burdo del comercio en base a réplicas. Diseño, artesanía, textiles, vestuario, joyería entre muchas otras dimensiones, se ofertan en sendos mercados dispuestos más allá de los céntricos y turísticos vericuetos del centro. Camden Town, Portobello y Spitalfield Market son sólo algunos de los innumerables rincones cargados de artículos, souvenirs, regalos en los cuales la billetera tiembla con mayor fuerza que en las lustrosas vitrinas de Place Vêndome. En la misma línea, y con una amplia colección de títulos a disposición, en Londres destacan las librerías de Waterstones y Foyles, siendo esta última toda una institución en el mundo con una trayectoria de más de 100 años ofreciendo espacio no sólo a la adquisición de las más recientes ediciones, sino que también comodidades para regalarse días enteros entregados a la lectura de cuanto hubiere en sus más de cinco pisos de libros de todo el mundo. Como si ya con tanta oferta cultural no bastara, Londres es famoso por su amplia oferta teatral, brillando entre sus calles las marquesinas del Savoy, Scala, Koko, The Old Vic, The Globe, el Lyceum, el Apollo y el Royal Albert Hall entre muchos, muchos otros. Sin duda que tanto el turista común como el viajero aguerrido encontrarán en Londres los monumentos y los barrios que siempre es un deleite apreciar o descubrir fuere cuanto fuere la duración de la estadía en la ciudad. Aun así, hay algo por lo que Londres brilla y es precisamente por ser el centro financiero del mundo moderno, un gran mercado de chucherías y exclusividades, un lugar donde comprar sin complejos y llevarse consigo un pedacito de cada sitio del mundo.




Houses of Parliament – London

Fotografía/Photo por/by David Lethei


viernes, 6 de enero de 2017

Fall in Autumn - 17th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 17  From praying to bathing

               Venta Belgarium, como la llamaron los romanos, prontamente sería convertida en la primera capital de Inglaterra. Mucho antes de que la posta le fuera entregada a Londres, Winchester, con su portentosa catedral construida a lo largo de cinco siglos, y su Great Hall, construido en algún punto del siglo XIII y albergando la artúrica mesa redonda (o así se pretende), se erige hoy como la capital administrativa del condado de Hampshire. Un paseo por sus calles es remontarse un par de siglos no particularmente por su trazado comercial ni su arquitectura más vigente, sino porque alberga algunos de los edificios más antiguos de Inglaterra. Además de los ya mencionados, el Wolvesey Castle se alza desde sus ruinas que datan de 1110, en el mismo sitio donde alguna vez se ubicase una edificación de tradición sajona.  Así también, el Hospital de St. Cross, fundado en 1130 y el Winchester College, con alrededor de 600 años de antigüedad, defienden orgullosamente el título de ciudad de reyes y sacerdotes con el que Winchester se presenta al mundo actual, uno donde las tecnologías instantáneas y la futilidad son ley. Datando en su primera construcción de 1545, y luego siendo reformulada en 1834, “La Viñita” por otra parte, se levanta como una pequeña capilla junto al antiguo Cerro Blanco en la comuna de Recoleta. Su continuidad, puesta en duda por sendos movimientos telúricos, se ha visto no sólo expuesta a los avatares de la naturaleza sino también a la desidia de una comunidad sino desinteresada en la misma, al menos impotente ante su progresiva y aparentemente irrevocable destrucción. En la misma línea, el antiguo templo a San Francisco ubicado junto a la antigua Cañada de Santiago, se levanta ahí en su versión actual desde 1865. Su primera versión, llevada adelante en material de adobe y por mano indígena, data de 1575. Terremotos en 1583, 1647, 1710, 1985, y otras sendas demoliciones interiores motivadas por razones estructurales, políticas y/o económicas han hecho que este templo se convierta en ruinas y sin embargo sea erigido nuevamente una y otra vez. Muy lejos de ahí se encuentra Bath. Conocida como Aquae Sulis en tiempos del Imperio Romano, la ciudad patrimonio data del año 43 EC y cuenta con no sólo magníficas muestras de la huella latina en tierras británicas como los Baños Romanos y los Muros defensivos de la ciudad, sino también con deslumbrantes edificaciones post romanas como la Abadía de Bath construida en el siglo VII, medievales como el St. John´s Hospital erigido en 1180, y modernas como The Circus, edificado en 1768. “Las aguas de Minerva” como también fuere conocida la ciudad, es flanqueada por el río Avon, el cual encierra la ciudad entre sí y los cerros circundantes, haciendo de Bath un museo enmarcado por verdes y boscosas áreas rurales. Llena de tiendas que han respetado su tradicional arquitectura y los pálidos tonos de sus edificaciones más antiguas, la ciudad es también abundante en iglesias de gran magnitud, dispersas por todo el plano de la ciudad y coronando sus torres con elaborados detalles de mampostería. Caminando por las añosas calles de Winchester y luego por los escuetos pasajes en Bath consideré cuánta relación podrá tener esto con la manera en que el carácter nacional ha sido forjado. En Inglaterra, carentes de terremotos, tsunamis, volcanes y otra variopinta gama de desastres naturales, se ha podido desarrollar y mantener en el tiempo el designio de distintas manifestaciones arquitectónicas y urbanísticas. Desde vestigios neolíticos como Stonehenge, pasando por construcciones clásicas, normandas, medievales y modernas, Inglaterra se aferra a sus tradiciones de la misma manera en que el chileno medio se aferra a su resiliencia. Orgullosos de su pasado, los ingleses caminan por sus cuidadas ciudades y las ofrecen al mundo como un ejemplo de civilidad e historia, modernidad y clasicismo, tradición y linaje. Los chilenos, por otra parte, dependemos de nuestra tierra, nuestro mar y nuestras montañas. Dependemos de sus riquezas, de su generosidad y sobretodo, de su clemencia; como una pequeña flor en el desierto del infortunio, Chile no puede darse el lujo de poseer la más bella arquitectura de la tierra, pero sí la del cielo.





The Round Table at the Great Hall – Winchester     
Pulteney Bridge – Bath


Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 1 de enero de 2017

Fall in Autumn - 16th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season




entry 16 – New Year´s day

               Diez. Sobre las aguas del río Támesis un espiral de colores se refleja mientras miles de espectadores contemplan atentos a cada giro, figura y cambio de ritmo. Los estruendos, sucesivos, sacuden los tímpanos de quienes hemos venido desde todos los rincones del mundo a contemplar el espectáculo pirotécnico, rememorando tal vez en nuestras mentes los otros de los que hemos sido testigos; desde Berlín sobre la puerta de Brandenburgo, Paris con las luces sobre a Torre Eiffel, Valparaíso con sus luces sobre el Pacífico, Times Square en Nueva York , Sao Paulo, Moscú, Tokyo o Singapur, la cortina cae sobre 2016 en el mundo occidental y cada ciudad merece una fiesta, cada familia un festín, y cada monumento un show de fuegos artificiales. Nueve, ocho. La nochevieja anterior había tenido patente aquel sabor a la partida, esa sensación agridulce que deja la celebración cuando se sabe en los adentros que no se repetirá, para bien o para mal, de la misma forma en el siguiente día de año nuevo. Corrían las ensaladas de papas con mayo, choclo, tomate y arroz primavera, sendas presas de pollo adobado en especias desde temprano por mamá, ponche preparado por papá, y cola de mono comprada en la botillería. Sonarían las tradicionales cumbias de Tommy Rey y la Sonora Palacios, mientras el resto de la familia se adornaría con las mejores pilchas para recibir el nuevo año como corresponde. Ante la imposibilidad de ir a ver los fuegos en directo a la Torre Entel, Valparaíso u otro reducto nacional, bienvenida sería la transmisión televisada para acompañar el conteo a la medianoche y de ahí pasar a los abrazos sentidos, los lacrimógenos y los de cortesía. Se descorcharía el champagne y el bullicio provendría de las calles, los vecinos, los bocinazos y los perros al ladrar. Se susurrarían los buenos deseos al oído y otros decretos serían dichos a viva voz, como para que no quedara duda de las nuevas resoluciones para con el nuevo período. Empezaba el 2016 y nadie sabía en casa que para la próxima no lo pasaría con ellos, ni siquiera yo mismo. Siete, seis. A pesar de lo que podría creerse, sendos conteos en español podían oírse en la multitud de angloparlantes de oficio y de los otros, los locales. Familias se habían aprestado junto a las vallas de contención que separaban al gentío del grandilocuente London Eye, una noria-mirador de 135 metros de altura situado en el banco sur del río Támesis en torno al cual, y con vista a la mencionada atracción, cientos de miles de personas disfrutarían del espectáculo de luces, colores, fuegos artificiales y sonidos perfectamente sincronizados a los cuales daría el puntapié el Big Ben con sus tradicionales doce campanadas justo a la medianoche. Y mientras resonaban los parlantes con música electrónica que pretendía encender la fiesta, las Casas del Parlamento verían su reflejo multicolor desplegado sobre las aguas bajo el Puente de Westminster para deleite de todos los que pasarían algo más de 4 horas de pie y bajo el frío londinense a la espera del inicio del espectáculo. Cinco, cuatro, tres. Mientras caminaba en busca de algún acceso al Metro, gratuito en dicha ocasión hasta pasadas las 4am, pude ver la cantidad de jóvenes entregada al desenfreno, al goce entre amigos, o lisa y llanamente al sufrimiento en alguna esquina. Plastas de vómito adornaban los rincones mientras cientos de miles de botellas de vidrio, plásticas y latas daban testimonio del consumo alcohólico habitual a la ocasión, haciendo de las otrora limpias avenidas un reguero de microbasurales. No faltó tampoco el imberbe entregado a alguna práctica sexual arrinconada tras algún escondrijo sin luminaria, o la jovencita maquillada hasta la memoria con la falda a la altura del ombligo y la mirada perdida en alguna que otra reflexión descotada. Era el año nuevo en Londres, donde afortunadamente no existen las cumbias del tío Tommy ni tristemente no abunda el cotillón ni el abrazo espontáneo entre desconocidos, donde el espectáculo pirotécnico está calculado como una secuencia de momentums, con pausas bien calculadas y en relación con la música, y donde las familias que se aventuran emigran rápidamente de vuelta a sus casas dejándole las calles a generaciones más nuevas, inquietas y a ratos estúpidas. Dos, uno. Mientras pasaban los últimos segundos del 2016 me pregunté en qué me encontraría el fin de año próximo, cuando este proceso lejos de Chile ya fuere un vívido y patente recuerdo, y el 2017 hubiera ya dejado su huella sobre el fin de estos 540 días fuera de temporada. Cuando nuevamente viviera un año nuevo con 30 y tantos de calor en el ambiente y no con menos 3 como fuere estando en Inglaterra, cuando para mi pesar la pachanga volviera a escucharse por doquier y para mi gusto los abrazos cayeren espontáneos, y el 1 de enero volviera a sentirse con esa pesada carga entre resaca y calor abrumador, y no como este, atiborrado de bruma, llovizna y silencio. Feliz año nuevo, decimos los que seguimos este calendario. Ya 2017 tendrá otras historias que contar.




City of London at New Year´s eve London

Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 24 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 15th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 15  Paris

              Cuando te hablan de París, te hablan de romance, de moda o de cafés. Ya sea la televisión, la prensa o las películas, los medios se han ocupado en instalarnos una visión de la llamada “ciudad luz” que no sólo vende por sí misma sino que mantiene vivo el mito del destino europeo por excelencia. Por supuesto, están los sobrevendidos hitos de la ciudad como la Tour Eiffel, el Arc de Triomphe y el Musée du Louvre, destinos infaltables para cualquiera que se precie de haber visitado la populosa capital francesa, así como otros para gustos más específicos como darse una vuelta por las tiendas de artículos eróticos en el barrio de Pigalle, precisamente donde el famoso Moulin Rouge sigue moviendo sus aspas al ritmo del jadeo, o internarse en los laberinticos túneles de las catacumbas bajo la ciudad, los cuales aun sirven de albergue para alrededor de 6 millones de cadáveres algunos de unos 300 años de antigüedad.  Con todo y su pasado monárquico, evidenciado en el Jardin des Tuileries con sus cuidados diseños y sus esculturas al aire libre; revolucionario con la Place de la Bastille aun en pie recordando el rodar de cabezas reales tras la gran revuelta de 1789; imperial con la presencia de Napoleón I y su aspiración neoclásica en pos de hacer de Paris una “nueva Roma”; y moderno con sus coloridos establecimientos junto al rio Sena y los puentes de metal que interconectan la ciudad permitiéndonos cruzar sobre él según antojo de turista y residente, Paris a mi entender se evidencia mejor precisamente donde los mapas no detallan, es decir en sus suburbios. Cercanos a las Puertas que flanquean y dan acceso al anillo interno de la ciudad, sendos barrios se distinguen por valía propia, permitiendo al viajero saborear un Paris que va más allá de los ridículamente ostentosos escaparates de Champs-Élysées o del inflado valor que conlleva acceder a las ya archiconocidas atracciones. En los peldaños de Monmartre, ahí donde te ofrecen pulseritas a los pies de Sacré-Cœur, o a la vuelta de la manzana, donde pintores, artesanos, músicos y malabaristas conforman su propio bulevar de las artes; puede uno hallarse escuchando “La vie en Rose” en algún añejo acordeón mientras cocineros musulmanes ofrecen sus productos entre los que se cuentan cabezas de cordero asadas por unos cuantos euros. Más allá, tras haber pasado las ferias libres en Belleville te puedes hallar los puestos con mariscos y pescados frescos en plena calle, los aromas de las frutas, el vino caliente y las castañas tostadas que desde un carrito de supermercado algún improvisado vendedor vocea haciéndole el quite a la policía. En la misma huida se encuentran a veces con los vendedores de suvenires no autorizados los que te ofrecen cinco llaveritos de la torre Eiffel por un euro, o con las chicas que en grupo andan recolectando firmas (y euros) por las esquinas de Paris según dicen para causas sociales. Quesos, de todos los colores, tamaños y aromas se entremezclan con las especias y los panini que por 4 euros te puede sacar del hambre imperiosa luego de horas de caminata sin descanso. Y mientras comes puedes alzar la vista y apreciar las barcazas pasando por el Sena cargadas de turistas reclinados en sus asientos como casi vislumbrando una película sobre Paris desde la comodidad de sus butacas. Están las chicas que te ofrecen crêpes y las innumerables panaderías y cafés dispuestos por todo Paris junto a emporios de flores, recuerdos y libros. Los parisinos leen, quepa mencionarlo. Leen cuanto pillan y no dudan en gastarse unas monedas en cuanto les despierte el apetito lector o el digestivo si así fuera el caso. Una ciudad cargada de aromas, a perfumes y a platos recién servidos, a flores recién cortadas, a arte urbano, en su arquitectura, su baja escala y la profusa distribución de esculturas neoclásicas y modernas. Y mientras te pilla leyendo alguna sirena policial, yendo por Montparnasse, Ivry o Notre-Dame, piensas en la cantidad de asiáticos y africanos que han hecho de este sitio lo que los indios han hecho en Londres, un nuevo hogar muy lejos de casa mas con un idioma común con el cual echar raíces. Así te encuentras al parisino medio, sea cual fuere su procedencia, atestando las 14 líneas del Metro, atiborrando las calles con sus vehículos eléctricos (los cuales cuentan con cargadores en las aceras), sus motonetas de tres ruedas (dos delanteras y con capó), monociclos automáticos, monopatines modernos y por supuesto, bicicletas. El parisino medio ha encontrado la manera de desplazarse de manera racional en una ciudad donde los automóviles no son la prioridad sino que el transporte público, o bien privado en cualquiera de las modalidades ya mencionadas. Y el que camina, camina como si la vereda le perteneciese por completo. A diferencia del británico medio el cual pedirá disculpas por cualquier leve roce que involuntariamente pudiere ocurrir al caminar, al parisino pareciera importarle un carajo si es que te ha chocado al pasar, y sin embargo al entrar a un lugar es el primero en saludarte. En su idioma, como corresponde, porque hay que destacar que en Francia se habla francés, y punto. Con todo, Paris no me sabe a romance. O por lo menos no especialmente en relación a otras ciudades donde claramente, de estar acompañado, hasta el parque más estéril pudiere parecernos idílico. Sin embargo su belleza sobrepasa lo meramente estético, histórico y publicitario. Paris es bello porque es interminable, inabordable, inasible. Habita en sus recetas, sus charlas a media tarde, sus pâté y sus curtidos. Bulle de entre sus rincones como las promesas guardadas en los candados que atestan el Pont Neuf. Germina en el verdor de sus jardines, sus infatigables galerías, teatros y museos; así como fluye en sus lagunas y arboledas, en Bois de Vincennes o Bois de Boulogne, allá donde las prostitutas ofrecen sus servicios al caer la noche. Paris es luz sin duda. No necesariamente de neón (que dicho sea de paso abunda para hermosear, no para saturar), sino la luz de la Ilustración, aquel movimiento cultural e intelectual que abogase por la emancipación del individuo a través de la educación del mismo  y en pro del bien común. Paris es luz y el romance, si es que lo hay,  probablemente habite entre las piernas de alguna cortesana parisina entregada al disfrute como en los tiempos de la Belle epoque, o tal vez en alguna de las incontables patisseries que esconden los pasajes lejos del centro, rincones atendidos por sus dueños quienes, particularmente en pareja, se esmeran en invitar al viajero a probar el romance que ellos bien saben cocinar.  





Rivière Seine from Tour Eiffel – Paris 

Fotografía/Photo por/by David Lethei