Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

martes, 20 de junio de 2017

Fall in Autumn - 33rd entry and last -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 33  Home

               Hablar del hogar puede ser referir al lugar de origen, al domicilio más habitual e incluso, a una tierra prometida por los ancestros. Hablar del hogar puede implicar también ese dominio tangible e intangible que llamamos nuestro, un espacio físico o emocional donde residen nuestros miedos, alegrías y esperanzas, una habitación de luz y de sombra donde los claroscuros son más habituales de lo que uno esperaría. El hogar. Tras más de un año en este viaje, 540 días de frío otoñal, bruma y sólo esporádicos momentos de calor vernal, regresar a este momento en la memoria se vuelve un acto poético poderoso en sí mismo, cierre y principio de un ciclo inolvidable. Volver a caminar las calles de la Chimba con las suelas aún olorosas a las aceras romanas; volver a pedalear Tupahue abajo con las orejas aún resonando con las canciones de Bari; volver, sobre mis pasos, a recorrer la Alameda con los Campos Eliseos aún en las pupilas. Comparar, si bien una actividad inoficiosa, se vuelve entonces natural. ¿Cómo no cuestionarse la falta de áreas verdes en esta urbe comprimida entre montañas? ¿Cómo no recriminar la falta de planificación urbana de sus autoridades, la falta de probidad de sus habitantes, la desagradable costumbre de endiosar al individuo, de exaltar la choreza, y reproducir inequidades? El hogar. Un espacio que percibimos antiguo, familiar, cotidiano y que a la larga termina por no tener nombre, ni bandera, ni lengua específica; un conjunto de calles, rostros, prácticas que sirven de telón para grabar en ellos nuestros futuros recuerdos. Southampton fue mi hogar. Asimismo lo fue Bari, Berlín, Belfast y París, y entre esas y muchas otras no nombradas residieron mis ideas, mis andares, emociones e incluso mis más inolvidables caricias. Pues así como estando allá extrañaba a los de acá, extrañaba estas miradas conocidas, estos tactos, estos actos cotidianos; extrañaba el caminar, por Recoleta, por Bustamante, entre mis plantas, la marraqueta y el pastel del choclo; estando acá lo que se extraña está en inglés, o en alemán, o en italiano y habla de pasta, de albahaca y queso. El hogar se torna entonces un camino, una experiencia en movimiento, un beso pendiente. Hoy llueve en Santiago de Chile y un puñado de nombres repica en las ventanas. Y son nombres extranjeros, de medio oriente o de las Highlands, de China y Gales, Rusia y la costa mediterránea. Son nombres que acarrean consigo rostros, luminosos y vívidos, y que despiertan instantes precisos y preciosos en la memoria de la piel.  El hogar. Mi hogar. Tras dibujarlo en las paredes, evocarlo en las canciones, dolerlo en los pies, llego a la conclusión de que mi hogar siempre estuvo donde estaban los que amaba, por cientos de miles de kilómetros de distancia que hubiere entre nosotros, mi hogar tenía una residencia específica en estas tierras sudamericanas. Hoy, sin embargo, mi hogar es muchísimo más amplio.  Hoy mi hogar también ha quedado allá, en las blancas empedradas del sur de Italia, junto a La Rambla, bajo las montañas de Snowdonia. Hoy mi hogar habla en chino mientras termina sus años de estudio en Inglaterra, viaja entre München y Hamburg musitando en alemán, y ve los amaneceres junto al mar mientras escucha los roncos estertores de los barcos en Liverpool, Portsmouth o Calais. Hoy mi hogar sigue estando dentro mío, pero camina con muchos. Hablando de lo de allá y lo de acá, versando en muchas lenguas y saboreándose los labios y las pupilas en aromas nuevos y conocidos. Hoy llueve en Santiago, en Southampton, en su ventana, en la mía; el día se va cayendo por este lado del mundo, y lo que nos une, y nos desune, esto que fuimos, y que somos, es un deseo agridulce de volver a ser. De volver a caminar, a respirar, de reiniciar el viaje con todo lo ya sabido, de hacerse un hogar nuevo y saborear esos besos ya conocidos, otra vez, como si fuera la primera vez.     




Autumn in Santiago – Santiago de Chile

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 5 de junio de 2017

Fall in Autumn - 32nd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 32  Song to say goodbye

               Elizabeth Fraser musita las notas de “Another Day” mientras afuera, tras las altas ventanas del salón de clases, las lluvias de Mayo arrecian con fuerza remeciendo los tejados del añoso colegio. Miro, a ratos, a los perros chapoteando en las aceras mientras en los patios del colegio los de Quinto gritan sus nombres a la lluvia. La pila de pruebas se acumula sobre el escritorio recordándome que aún va quedando pega pendiente, sin embargo, yo tengo ganas de irme lejos, de correr hasta otras brumas, las oscuras y húmedas brumas que enverdecen los campos del sur de Inglaterra. Allá donde mientras pedaleaba por Hampshire escuchaba las músicas nuevas de “Rhye” y de “Cigarettes after sex”, pensando en cuan decididamente más fríos eran los otoños, y qué decir los inviernos, en dichas tierras tan septentrionales. “The Smiths” para las calles de Manchester y “U2” para las de Belfast, y mientras tanto se colaba “Dead can dance” para capear los extensos viajes entre Londres y Edimburgo, era “Sting” y “Simply Red” los que ayudaban camino a  Bangor.  Y si ya el ponerle tanto oído a la música en inglés terminaba por agotar a mi cerebro, bien recibidos eran los cantantes italianos de los 70 los cuales amenizarían el periplo por tierras tanas entre Venezia y Bari. Voces francesas y alemanas servirían de aliciente cuando tocaba continuar la travesía, mientras que un sinfín de voces chilenas y argentinas serviría de remanso para cuando evocar el hogar. Hay canciones que te transportan, es sabido, no sólo a lugares sino también a momentos, a segundos, a sabores y tactos. Llovía en Southampton y tras la ventana se perdía mi mirada mientras escuchaba los versos de “Holden” y los arpegios de “Enya”, y evocaba besos dejados en casa y caminatas aún por venir. Porque a veces la intuición también ayuda y con un tanto de imaginación se puede, gracias a una que otra canción, hasta percibir sensaciones aún en ciernes. Como cuando caminando por el Itchen Bridge, en un despejado y frío día de Enero, los acordes de Lennon me llevarían a este instante indefinido y sin embargo patente  junto a esta ventana a ningún lugar, en un colegio sin nombre y corrigiendo pruebas de alumnos desconocidos en algún día de este otoño venido a invierno a miles de kilómetros de ahí. Y es que la música tiene aquello de hacer de los recuerdos, buenos y malos, una memoria sonora, un extracto poético cantado o musitado por el viento. Tanto que por las noches, eran los susurros de “Sade” los que me hacían anticipar noches más rojas y menos solitarias, recordando entre besos más presentes besos más antiguos. Hoy, mientras apunto la última nota en el libro de clases me detengo a pensar en esa vieja idea de hacer un compilado de la propia existencia, como si eso pudiera siquiera ser posible. ¿Cómo compilar, cómo hacer un único listado de canciones que pueda en forma alguna evidenciar no sólo los sabores de esos labios italianos y esas sonrisas teutonas, no sólo las caminatas por Escocia y el asombro parisino, no sólo el ir y venir de un viaje inolvidable? ¿Cómo hacer patente en un único disco, vinilo, cassette o listado MP3 el tropel de melodías que ha acompañado nuestras vidas hasta el hoy, cómo siquiera compilar lo venidero? La música tiene algo indescriptible que nos habla, directamente, sin mayor intermediario y aún sin que lo deseemos, y sin embargo su significancia acarrea ese sino que acarreamos todos: la canción, como este viaje y como el viaje de la vida misma eventualmente se termina, y no queda más que quedarse musitando, entre fotografías, de todo lo que fue de lo que reír y llorar, de todo lo por contar y compartir esperando perdure en la canción de otros, y por supuesto de todo aquello que indefectiblemente nos acompañará a la tumba, porque la canción de uno a la larga, sólo la puede cantar uno. 



Last day at Alma Road – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 24 de mayo de 2017

Fall in Autumn - 31st entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 31  Royal Graffiti

               Valparaíso. Los fríos del otoño se abren paso entre las serpenteantes callejuelas y los coloridos pasajes del Puerto principal de Chile. Caminas, oteando sus rincones, descubriendo puertecillas, espantando perros que, callejeros, se cruzan a tu paso, te ladran, te huelen, van dejando fecas por doquier. La porteña ciudad tiene entre sus barrios, particularmente los del Cerro Concepción y Alegre, la impronta indeleble del paso y residencia de varias migraciones de ingleses desde recién nacida la República, quienes dejaron no sólo costumbres y nombres insignes, sino también una huella arquitectónica y patrimonial. Mirando en retrospectiva, caminar por Valparaíso es caminar por el Bristol del cono sur, o al revés, Bristol reluce sus enormes murales y serigrafías evocándote un Valparaíso enclavado entre cerros a miles de kilómetros de distancia.  Ese día me había levantado temprano, me había reunido con una cincuentena de estudiantes provenientes de lugares tan disimiles como China, Alemania y México, con los cuales habíamos cogido un atiborrado bus en dirección a Windsor, sede del palacio real de Inglaterra. Ahí, y luego de disfrutar de una larga charla matutina con Danielle, oriunda de Hamburg y de gran apetito por los sándwiches, me había deslumbrado con la magnificencia del palacio real, sus salones impecables y el abundante conjunto de reliquias, armas, vestuario, y cuadros disponible para la miríada de visitantes que diariamente atiborraba sus dependencias. Windsor, cercano a Londres y sin embargo distintivo, es un pequeño reducto de tiendas, comercio y residencias distante aproximadamente a una hora hacia el noroeste de la capital británica. Sin embargo, su característica principal y el motor de su economía y relevancia es sin duda el Palacio Real, lugar al que se puede acceder tras un riguroso control de seguridad digno de un aeropuerto. En dichos aposentos se atesora, además del guardarropa de la reina, una enorme cantidad de objetos preciados tanto por su valor histórico como material, engalanados por los espacios, estancias, vitrinas y cuartos altamente decorados que es posible apreciar siguiendo el recorrido cuidadosamente trazado para disfrute y asombro de visitantes de todo el mundo. Además de centro turístico internacional, el Palacio de Windsor destaca por aún servir de sede del gobierno real, lo cual prohíbe a los visitantes acceder a ciertas alas del enorme conglomerado de piedra, madera y granito visibles de manera única tras recorrer la escueta senda que entre cuidados jardines y añosos y alineados árboles, sirve de magna y coronan un conjunto arquitectónico sin igual. Lejos de la suntuosidad y pompa de los salones en Windsor, y distintivo también entre el pulcro paisaje de las ciudades inglesas se halla, a unos pocos kilómetros de la frontera con Gales, la ribereña ciudad de Bristol. Caracterizada por sus pasajes a ninguna parte, murales, graffiti, y su sabor bohemio, la ciudad que fuera cuna del arte de Bansky y la música de Portishead, Tricky y Massive Attack reluce como una preciada joya de arte urbano y contrastes. Entre sus calles pueden hallarse tabernas frecuentadas hace siglos por piratas así como piezas de tecnología y arte moderno sin parangón en otras ciudades británicas. En Bristol la realeza parece una broma, material para el humor y el arte callejero, materializada en chicles que, pegados a algún muro ya pintarajeado, sirven de soporte para la expresión de grafiteros y serigrafistas. Son sus calles en sí mismas un enorme y colorido telón para levantar consignas de índole políticas o intelectualistas, que consiguen conducir al debate a sus transeúntes cotidianos, y sin duda logran sorprender a sus visitantes recurrentes. Caminar junto a Danielle por las calles de Bristol era caminar con ella por Valpo, escapando de los orines de los rincones y disfrutando del reflejo de las luces de neón sobre las aguas que atraviesan la ciudad. En Valparaíso era el océano lo que en Bristol el río Avon, ribera junto a la cual descansaban cafeterías y barcazas tanto añosas y modernas. Y si bien en Bristol como en el resto de Inglaterra no era sencillo hallar algún perro callejero haciendo de las suyas tras alguna esquina, ni tampoco Valparaíso contaba con la magnificencia de alguna de las edificaciones de Bristol como el puente que lleva su nombre o la Torre Memorial a Willis; ese saborcito que ambas ciudades traía a mi memoria al caer la noche me hacía sentirlas conectadas, enlazadas por algún misterioso hilo atemporal o tal vez por alguno de los tantos relatos de corsarios que podía escucharse en alguno de sus bares, tabernas o burdeles. Mirando los profundos ojos de Danielle y compartiendo una sonrisa recordé las innumerables caminatas por Valparaíso, hablé de ella y proyecté mis pasos hacia el futuro, hasta cuando tuviera oportunidad de caminarla nuevamente. Hoy, son los empedrados del puerto los que me recuerdan las aguas de Bristol, su contraste respecto a Windsor y al resto de lo que llamamos “inglés”, lejos de la compostura esperada y la limpieza y uniformidad de sus fachadas, lejos de ese peso monárquico y esa tradición arrastrada por siglos. Bristol me supo a Valpo y Valpo me sabe a Bristol, a uno latinoamericano, más caótico y definitivamente, más bello.





River Avon – Bristol 
Windsor Castle – Windsor


Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 13 de mayo de 2017

Fall in Autumn - 30th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 30  Going North

               Atravesar Francia, en tren de alta velocidad, yendo desde las costas mediterráneas  hasta el Gare de Lyon en París era una idea instalada en mí desde mis primeros años de adolescencia. Una idea romántica sin duda, y cara como pocas. Sin embargo, la aventura que representaba viajar como en las películas, como en aquella cautivadora cinta sobre aquella pareja que se conoce en un tren mientras atraviesan la campiña francesa, y que luego pasan una noche juntos, caminando, conociéndose, disfrutando las horas antes del amanecer; me había sonado desde siempre una experiencia memorable, algo que había que vivir considerando que mi ruta me llevaba de vuelta hasta Londres, donde el frío del norte me haría extrañar la calidez mediterránea. Y si ya me había maravillado atravesando los Alpes de norte a sur siguiendo la sinuosa ruta entre las montañas a bordo del económico Flixbus, el recorrido de vuelta no se quedaría atrás en cuanto a su vitrina de verdes lomares interrumpidos sólo por la cadena montañosa incipiente allá en el horizonte. Y esto es porque las vías del ferrocarril, tras pasar por Figueres-Vilapant, Perpignan, Narbonne, Montpellier, Nimes, Valence y, por supuesto, tras haber surcado la costa sur de la gran nación gala, ahí donde el Mediterráneo se disuelve entre manglares y caseríos a bordemar; le regalan al pasajero la experiencia única de los colores, olores y sabores de la campiña, la cual, a la hora del atardecer, se desbanda en amarillos intensos, verdes generosos, montañas cobrizas, sierras blanquecinas, y una miríada de techumbres, edificaciones en ladrillo pintado, carreteras impecables, y sonrisas al pasar. Así, los 600 y tantos kilómetros que separan Barcelona de París se vuelven un conjunto de postales sin igual, imágenes que comienzan con los cálidos tonos del sur de Europa bajo un cielo radiante, para irse constituyendo en una paleta de grises y marrones a medida que cae la noche y la ruta enfila al norte hasta llegar a la gran urbe. París te recibe con los brazos abiertos, como es usual, con la misma mueca agridulce que caracteriza a sus habitantes, en general indiferentes ante viajeros y turistas. Caminas por esas mismas calles por las que anduviste unos meses atrás, pero ahora con mayores certezas de dónde ir y cómo llegar hasta ahí. Con tu escaso francés te haces de unos panecillos y algo para beber, te sientas. Unos sujetos se te acercan, te hablan, murmuran algo en un idioma que desconoces, ante tu silencio se retiran. Comes ansioso, estás hambriento después de las 6 horas que ha tomado el viaje desde Cataluña, miras el gran reloj dispuesto en la enorme mole de fierro que te parece Gare de Lyon, la estación de trenes ubicada al sur de la capital francesa. En una hora más deberás partir hacia Gallieni, a través de la línea 3 del entramado del metro parisino, donde deberás alcanzar el Eurolines que te llevará de vuelta a Inglaterra. Para tu sorpresa, y a diferencia de cómo ha sido en el pasado, no cruzarás el canal sobre un ferry, sino que el bus en el que viajarás subirá a uno de los trenes de alta velocidad y será llevado, junto a decenas de otros buses y automóviles, a través del Eurotúnel bajo las aguas del canal inglés. Llegarás a Londres a las 6 de la madrugada, con el frío en los huesos recorrerás aquello que faltó las veces anteriores, volverás a aquello a lo que te prometiste volver. Cargado de experiencias y suvenires almorzarás en Camden Town para luego partir de la capital inglesa con un sabor nostálgico en las papilas. Pasarás por última vez por Winchester, a eso de las 8pm, para llegar a Southampton a las 9, ya pensando en que en dos días más, en tan sólo dos días más, emprenderás el regreso más largo de tu vida.




Going North – France

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 3 de mayo de 2017

Fall in Autumn - 29th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 29  Mediterranean

               La carta del Carro brillaba sobre la negra tela que cubría el altar. Corría Noviembre del año 2006, y mi padre regresaba de una estadía en Barcelona en lo que había sido su primer viaje fuera de Chile. Por motivos laborales había tenido oportunidad de conocer la bella ciudad catalana, probado las tapas y otras delicias españolas, además de tomar uno que otro baño en las aguas del Mediterráneo. Al regreso y cargado de experiencias, pasaría horas mostrándonos fotografías y contando anécdotas sobre todo el periplo, historias que nos acompañarían por largo tiempo y durante muchos almuerzos, cenas, desayunos familiares y eventos de escala mayor. Y por supuesto, cada una de sus descripciones se grabaría en nuestra memoria emotiva de manera indeleble, en tanto veíamos el brillo en sus ojos al hablar del Paseo de La Rambla, las Plazas de España y Catalunya, así como del Maremagnum, el barrio Gótico y las casas de Gaudí. Once años más tarde, sería yo quien caminase por esas mismas calles, esos mismo barrios y reconociera esos rostros descritos tanto atrás. Tras aterrizar desde Roma hallaría en las torres rojizas de la Plaza de España mi primera parada. Los suelos daban cuenta de una larga lluvia ya en retirada y los cielos, quebrados entre nubes y noche profunda, brindaban trasfondo a las luces de dicha ciudad a orillas del Mediterráneo. Trepé a pesar del cansancio las largas escalinatas hasta la fuente monumental y más allá, hasta el Palacio Nacional arriba en el Montjuïc. Grité a los cuatro vientos saludando a la Barcelona de la que había hablado mi padre, la de las películas, las fotografías y la de los sabores que ahora tendría en bien probar. Me perdería las horas y días siguientes por entre los adoquinados callejones, los coloridos mercados de abasto y sintiendo, en mis pies descalzos, la textura de las arenas en la playa de la Barceloneta más allá de la Rambla y el monumento a Colón. Me asombraría con la Sagrada Familia y su cuerpo único proyectado por décadas de arduo y constante trabajo, así como con la grandilocuencia del Monte Tibidabo oteando desde las alturas a la perla catalana. Me perdería, me asombraría y muchísimo más así, entre misterio y misterio. Como un designio antiguo, en algún punto de mi transición a la adultez descubriría el tarot y éste, cual silencioso maestro, se haría parte de todo lo que llamaría mío. Un mazo hecho en España, con un antiguo diseño italiano y disponible en una tienda única en la materia en calle Ürguell, me esperaría los once años de distancia entre uno y otro círculo. A tientas, más bien guiado por la intuición que por razón alguna, había dispuesto una parada en Barcelona durante mi periplo europeo, una parada que no buscaba sino hacerme llegar donde había deseado once años antes, cuando veía en la contraportada de un libro una dirección donde llegar en caso de un mazo ir a buscar. La carta del Sol anunciaba un exitoso regreso a casa. Vestí mis últimas ropas limpias disponibles y guardé aquellas que más tarde debería lavar. Cuidadosamente, dispuse cada suvenir recogido durante el largo viaje dentro de la bolsa que ella me había aconsejado comprar en Roma y en la cual llevaba no sólo mis recuerdos. Salí del hostal donde había pasado las últimas dos noches y el frío de las horas previas al alba me desperezó. Enfilé en dirección a la Torre Agbar, por allá, tras pasar la arena taurina y la Plaza de las Glorias. Las últimas fotos de una gran aventura darían testimonio de mis ganas de no partir, de quedarme ahí o mejor, de volver a Roma, al sur de Italia y a sus brazos. El tren de alta velocidad que me llevaría a través de Francia me esperaba en la estación de Sants, en las afueras de Barcelona, como queriendo irse antes que yo. Eran las 2 de la tarde, el sol brillaba en lo alto y en mi retina se entremezclaban imágenes de toda la Europa recorrida; de los colores y grises, la monumentalidad y lo leve. En mi boca por otra parte, permanecía un único sabor mediterráneo, uno único e irrepetible. La carta de la Luna se dejaría caer con la sutileza habitual sobre las restantes, anunciando el advenimiento de una melancolía a esas alturas evidente. El tren partiría diez minutos después.




Barcelona and the Mediterranean – Barcelona

Fotografía/Photo por/by David Lethei

viernes, 21 de abril de 2017

Fall in Autumn - 28th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 28  Eternal City

               Las notas de “Now we are free” en la majestuosa voz de Lisa Gerrard resonaban por los audífonos a medida que me acercaba a la Ciudad Eterna. Sendas bandadas de negras aves cubrían los cielos a medida que el alba despuntaba en el horizonte. El bus, completamente lleno y quejumbroso avanzaba por la larga carretera por la que habíamos cruzado media Italia y su mano, la misma que había probado unas noches antes cenando en Bari, sostenía la mía a través del pasillo. Vetustos pinos demarcaban la ruta de entrada a Roma mientras en la distancia se divisaban los caseríos, luego las cúpulas, luego los entramados por los que romanos de hoy y desde hace siglos habitan atrincherados entre las siete colinas. La ciudad amurallada, erigida entre antiquísimas ruinas imperiales, ahí donde gladiadores dejaban su sangre en la arena del Coliseo y aurigas se aprestaban a su última carrera en los circuitos del Circo Massimo; ahí donde las artes han estado al servicio de lo humano y lo divino; ahí donde las aguas del Tíber parten la ciudad en dos y donde hay una fuente a cada cinco minutos. Porque si algo caracteriza a Roma es la grandilocuencia y abundancia de sus fuentes de agua, algunas magníficas como la Fontana di Trevi, y otras más sencillas y meramente funcionales como las que uno puede hallarse dando un paseo por las afueras. Arcos, columnas, imponentes mausoleos, templos, termas y pabellones; que si Berlín es un Museo de la Memoria, Roma sin duda es un Museo de Sitio, una enorme excavación arqueológica, una galería de arte al aire libre. Y ahí donde la magnificencia del Panteón no brilla ni tampoco las esculturas ni los egipcios obeliscos, sí salen a relucir las delicias culinarias disponibles en cualquiera de su sinfín de restaurantes y emporios. Ofreciendo una alcachofa junto a la puerta, bajo la ventana o sobre la mesa, la delicia verde es común en la cocina y el paladar romano, así como lo son los gatos de todos los colores pero decididamente gordos los cuales se pasean entre el millar de turistas en total dominio de sus terrenos. Y si uno ya se encuentra hasta el hartazgo de tanto monumento y magnífica fachada, bien vale ir por más y adentrarse en el centenar de iglesias y otro tanto de Basílicas que con su arte renacentista, sus frescos, decorados, reliquias y cuanta cosa más pudiera la Iglesia pretender atesorar, pululan por toda Roma en las cuatro direcciones. Tanto que desde las alturas del Parco del Gianicolo, entre el tono amarillo y rosado pálido abundante por doquier, no hay punto en la mirada que no alcance alguna iglesia tañendo sus campanas en invitación a sus fieles. Eso sin mencionar la Iglesia Mayor, la famosísima Basílica de San Pedro en el corazón del Vaticano, lugar desde donde, luego de pasar junto al Castel Sant´Angelo y proseguir hasta el final de la Via della Conciliazione, puedo uno entregarse a la contemplación de semejante conjunto arquitectónico e incluso, si la hora es la correcta, permanecer a escuchar la voz del Papa de turno enunciar su misa. De cualquier manera, ni los espléndidos parques, antiguas explanadas, ni las arboledas, promontorios, ni muchísimo menos el peculiar sepulcro de Cayo Cesio en forma de Pirámide se comparan con la aventura de sus besos, ni el aroma de su piel, ni sus pechos en vaivén, ni la aurora en su pelo. Ella, uno de los tantos sabores de Italia y sin embargo el único capaz de hacerme perder el sueño en tierras tan lejanas. Ella, que de la mano me llevaría por barrios conocidos y desconocidos, que me hablaría de historia, filosofía y cocina, que me regalaría sus besos y algo más. Ella, la Italia inesperada, la que se iría para no volver ya más tras despedirse en la estación de Triburtina, apresurada por atrapar el último bus de vuelta a casa, mientras yo partía en dirección contraria. Ella y la ciudad eterna, diciéndome adiós al caer la tarde, dejando recuerdos en el aire, por entre las piedras y silencios de Roma.




Via dei Fori Imperiali – Roma


Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 12 de abril de 2017

Fall in Autumn - 27th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 27  Tasting Italy

               El tren Intercity entre Santa Lucía y Bologna dejó Venezia alrededor de las 8 de la tarde. Luego de un último paseo en vaporetto por el Gran Canal, me vi apostado en los cómodos asientos del convoy express con miras a alcanzar el tren nocturno que me llevaría hasta Bari, donde las coloridas casas comunes en Venezia serían reemplazadas por la pulcritud de las líneas rectas, la piedra blanca como material fundamental y la soleada vista al Adriático y su hereda balcánica. Antes de deslumbrarme con sus callejones, debí encontrar un lugar entre los camarotes del tren, provistos con seis asientos con reposeras en el entendido de que los viajantes no harían en ellos sino dormir. Unas amplias caderas italianas se situaron ante mí tratando de acomodar las largas piernas que le seguían entre las mías, que recogidas, trataban de no abusar de algún roce incómodo. Con la calidez acostumbrada en tierras tanas, la muchacha me sonrió mientras el resto de los ocupantes se saludaba como si se conociere de toda la vida dando rienda suelta a la lengua vernácula hasta bien entrada la noche. A medida que nos adentrábamos en tierras meridionales, los ocupantes fueron descendiendo uno a uno, estación a estación, hasta vernos a solas con mi compañera de vagón y con la negrura profunda tras las ventanas.
Las calles de Bari, olorosas a comida casera, a plática cotidiana y a modorra, no son un espectáculo digno de ser apreciado por algún sendo monumento o famosísimo edificio en ruinas. Muy por el contrario, las calles de la sureña ciudad italiana son de lo más corrientes que podría esperarse, con un sector histórico atiborrado de blancas y sobrias iglesias dispuestas entre un laberíntico ir y venir de pasajes adornados con pequeños altares a algún santo; y otro sector más bien anclado en una arquitectura setentera y con escasos atributos extraordinarios. Sin embargo, es precisamente en el corazón de la Puglia donde puede hallarse ese sabor a Italia que los anuncios turísticos no alcanzan a describir ni a vislumbrar siquiera. Hospedado por italianos, pude a ratos sentirme parte de esa gente no tan distinta a aquella dejada al otro lado del Atlántico. Apasionada, cálida y atenta, la familia italiana te recibe y te alimenta, ríe contigo y discute con el mismo ahínco con el que defenderían sus más sagradas convicciones, aunque sólo estén hablando de fútbol o de cómo preparar bien la pasta. Porque en Italia se come bien, sin duda. Luego del antipasto que no es otra cosa que una entrada, bienvenido sea el primo que de usual es pasta con algo más, en mi caso los garbanzos más exquisitos que he probado en mi vida. Como si no fuera suficiente luego hay que hacer espacio al secondo, que bien puede ser carne con alguna ensalada o con queso mozzarella, para finalmente dar cabida al dolce que enhorabuena puede ser alguna fruta de temporada o il gelato. Los famosos helados italianos se disfrutan mejor en compañía de locales, caminando por el bulevar bosquejado por Mussolini entre el Castello Svevo y la Caserma Bergia, o en la Piazza Mercantile donde alguna vez los condenados de la región encontraran la muerte apedreados por la multitud. Una región tumultuosa sin duda. Las Perlas de la Puglia que incluyen el famosísimo Castel del Monte, las pintorescas viviendas tipo tipis de Alberobello, Bari por supuesto así como la deslumbrante topografía de Polignano a Mare; se han caracterizado por ser cuna, así como en la Sicilia,  de cruentos linajes familiares donde la tal llamada mafia no es ya un mero producto cinematográfico. Aún a pesar de este estigma, la Puglia respira autenticidad y un delicioso aire a familiaridad que en tierras más angloparlantes no deja de ser una rara excepción. Ya fuere en los Pumos, caseros adornos que invitan a la prosperidad a quienes los poseen; en el hecho de que ya a eso de la 1 las mujeres abandonan las bandejas en las que preparan a vista y paciencia del transeúnte las pastas con la mano desnuda, un abandono justificado por cierto en la sagrada hora de almuerzo en la cual los comedores y cocinas se atiborran de voces, risas y sabores y las calles se quedan vacías; o en la poesía que abunda en los blancos peldaños en los caseríos de Polignano, donde las edificaciones sobre la roca desnuda deslumbran por sobre los acantilados y las aguas lucen un azul sin precedente; el sur de Italia se sirve sobre la mesa generoso y genuino, sabroso a aceite de oliva, especias y otras savias, y donde sentirse como en casa no es una esperanza sino más bien un hecho.
El nocturno tren me dejó en Bari Centrale a eso de las 6 de la mañana. Despuntando el alba, descendí del vagón con un apetito voraz y con ganas de más. Tendría dos días para entregarme a lo que la región de la Puglia tuviere para ofrecer y para comprobar si esto de la calidez italiana era una invención publicitaria o el mero producto de un viaje nocturno en la intimidad de un camarote de tren. Después, vendría un largo viaje en bus hasta la Ciudad Eterna hasta donde llegaría sólo acompañado de mis memorias o prendido a la boca de una belleza italiana. Eso aún estaba por verse pues me tocaba esperar dos horas por una promesa incierta y una mirada esquiva. A las 9am ella llegó con ambas.



Lunchtime – Bari
The Adriatic at Polignano – Polignano a Mare


Fotografía/Photo por/by David Lethei

martes, 4 de abril de 2017

Fall in Autumn - 26th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 26  Channels and Masks

               La ruta se hacía cada vez más sinuosa a medida que se adentraba en las montañas. Los campos semi verdes del sur de Alemania habían quedado atrás y habían dado paso a blancas extensiones de tierra entre bosques oscurecidos, campiña  y una inquieta bruma que manaba de las cimas más adelante. Trenes resolutos y otros cansinos pasaban junto a la escueta carretera por en medio de pequeños villorrios que, cual lunares amarillos, parecía que colgaban por entre las abruptas laderas de los enormes montes. Aguas prístinas y congeladas se abrían paso por entre el cajón de rocas. El cinturón de Los Alpes atravesando Austria, se yergue como la frontera natural por la cual la ruta en dirección a Bolzano y Trento en el norte de Italia debía pasar. Yo iba más allá. Más allá donde llovía de arriba abajo y al revés en tanto los canales venecianos se desbordaban de tanta agua, la mundialmente famosa Piazza di San Marco lucía solitaria como nunca, las líquidas calles escurrían sin góndolas, y nadie fotografiaba el puente de los Suspiros ni los enigmáticos rostros blanquecinos enmascarando deseos. Las máscaras de Venezia, las hechas a mano por artesanos y no aquellas producidas en masa por alguna fábrica en la remota China, dan cuenta de los personajes de la Comedia del Arte, corriente artística que nutriera la escena teatral desde el siglo XVI en adelante y que se convirtiera en referente tanto para la elaboración de las mencionadas así como para el teatro como disciplina. Con tintes naturales y el tradicional papel maché moldeado, los portadores del oficio mantienen sus tiendas atiborradas de hermosos y algunos perturbadores ejemplos del trabajo en máscaras, algunas de las cuales salen a la luz exclusivamente a razón del famosísimo Carnaval Veneciano que se toma los canales de la fragmentada ciudad durante la medianía del mes de Febrero. En la línea de la tradición, Venezia también es reconocida por la calidad de su papelería, su lustro (estuco) veneciano, así como por la calidad del vidrio producido en Murano, uno de los tantos reductos habitados que conforman la insular ciudad italiana. Adornos, joyería y utensilios son sólo algunos de los usos que se le da al vidrio vistosamente colorido producido en la mencionada isla, destino obligado para los turistas y viajeros que se aventuran a no sólo experimentar un paseo por los canales más estrechos a bordo de una góndola, sino que también a navegar más allá de los mismos a bordo de algún vaporetto o transporte turístico que los lleve a través de las marismas del río Po hasta Lido o a Giudecca. Agua, pasajes, máscaras. Venezia se iba desenredando ante mis pasos a medida que me aventuraba por un nuevo callejón, otro pequeño puente, y otro. En Mestre, el distrito continental de la famosa ciudad, también es posible hallar algo de lo que caracteriza al entramado veneciano, pero más allá de suvenires a menor precio y alojamiento módico, el laberíntico ir y venir de las acuosas callejuelas es lo que, junto con su centenar de iglesias entre pilones, hace de Venezia un espectáculo urbano único en el mundo. Un escenario sin igual para el desfile de secretos que tras la máscara de la noche se abría paso en la negrura. Las luces de los restaurantes y de los hoteles titilaban reflejando sus colores en las abiertas aguas del Gran Canal, ahí donde el Puente de Rialto elegantemente posa para el millar de turistas, y donde los lanchones se abren camino entre Arsenale y la estación de Santa Lucía. Un escenario sin igual para el baile enmascarado de amantes furtivos, ahí donde Casanova redefiniera el deseo y el libertinaje cuando Venezia aún era un Reino independiente y el placer deambulaba entre las cortes como un precioso pecado. Un escenario sin igual para enmascarar los deseos y ahí, entre la elegancia del millar de preciosamente elaborados atuendos entregarse al fragor de algún lecho ardiente. Venezia, definitivamente un escenario, sin igual.




Gran Canale – Venezia

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 26 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 25th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 25  Memory

               Cuando se planteó la construcción del Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos de Santiago, cierto revuelo fue levantado por partidos de derecha y/o adherentes al régimen militar impuesto en Chile entre 1973 y 1990. Estos detractores veían con malos ojos la edificación de una entidad como la mencionada, ya que según ellos orientaría la visión histórica solamente hacia un lado político, aquel que llamaba al régimen dictadura y que veía en la anunciada institución a construirse en calle Matucana junto a la añosa y popular Quinta Normal, una forma y un lugar en el que reunir sus testimonios, registros documentales y en sí misma la memoria de todos aquellos hechos desaparecer, torturados o asesinados durante el régimen. En un país como Chile donde la memoria no se preserva, donde los memoriales terminan en urinarios y donde se reducen las horas de Historia en los colegios no es de extrañar este tipo de reacciones, muchísimo menos la desafección de la que dan cuenta sus ciudadanos promedio, ocupados en su quehacer diario y en la ganancia inmediata, al mismo tiempo que distanciados de su pasado por conveniencia o excesivo pragmatismo. Frase cliché sin duda pero no por menos verdadera, un pueblo sin memoria carece de Historia, y sin Historia, sin pasado, no parece inaudito que se sigan cometiendo los mismos errores una y otra vez. Muy lejos de calle Matucana, en las nevadas veredas de la Bernauer Straße en Berlín, el Museo de la Memoria al Muro que dividiera la ciudad por casi 40 años se levanta como un pequeño bastión entre decenas que poblan la capital germana. Incluyendo el punto aduanero más importante entre el lado soviético y el de los aliados, el llamado “Checkpoint Charlie” hoy visita obligada para millones de turistas, el Muro de Berlín es aún visible de manera simbólica, a través del arte, así como de forma tangible a lo largo y ancho de toda la ciudad. Ahí donde los bloques de concreto aún persisten convertidos en lienzo para murales como en la “East Side Gallery”, o como meros resabios aislados de un pasado no tan remoto, se sigue dando cuenta de la dolorosa cicatriz que dividiría al mundo entre dos colores, dos visiones y, más peligrosamente, dos potencias bélicas durante cuarenta años de guerra fría. Lejos del olvido, la capital alemana se levanta en medio de las frías planicies europeas como un enorme Museo de la Memoria, el cual respira y vocifera sobre los primeros asentamientos judíos en Spandau hace más de mil años, su pasado prusiano en el Castillo de Charlottenburg, así como el renovado edificio del Reichstag hoy coronado con una monumental cúpula de vidrio la cual permite el acceso al público de manera gratuita. Junto a él, la Puerta de Brandenburgo sigue recordándonos el paso de las huestes de todas las épocas desde la Columna de la Victoria más allá del Tiergarten en su paso victorioso por la calle del 17 de Junio, junto a la cual se disponen bélicos vestigios del pasado soviético de la capital teutona. Un tanto más allá, siguiendo los pasos del muro, un espacio vacío avisa sobre las instalaciones gubernamentales del Berlín Nazi, un espacio coronado con sendos museos que cultivan la memoria e invitan a la reflexión. Punto aparte para el monumental entramado de concreto que rememora a los judíos asesinados de Europa; una enorme red de pasadizos dibujados por sendos bloques de ennegrecido granito de distintos tamaños y alturas entre los cuales perderse es fácil y sobrecogerse más fácil aún. Incluso donde no hay gris, donde es el color el que reina Berlín invita a la memoria. Antiguos barrios judíos como el Hackesche Höfe o añosos mercados y estaciones de tren, tranvía, U-Bahn y S-Bahn dan cuenta en sus coloridas paredes de esa memoria que a Berlín no parece pesarle como en el caso de la capital chilena, sino muy contrariamente, parece ayudarle a seguir adelante desde un mejor lugar, mejor pensado e implementado. Porque Berlín es memoria y modernidad, caminando de la mano sin aparentes contratiempos. La visitada Postdamer Platz es muestra de ello. Ahí donde hace 25 años el muro se engrandecía y los sitios eriazos daban cuenta del paisaje, hoy se disponen modernos edificios, concurridas tiendas y por supuesto, museos al aire libre donde berlineses, viajeros y turistas pueden entregarse a una pausa en medio de la vorágine cotidiana. Si recordar es vivir, recordar lo malo o lo doloroso se torna esencial en estos tiempos actuales donde todo pareciera apuntar al goce inmediato, a una búsqueda desesperada por evitar lo que nos disgusta o que no queremos ver y que sin embargo es parte de la vida que hemos escogido y de cuyas consecuencias no podemos permitirnos quedar al margen. Nos guste o no, parecemos aprender cayéndonos. Es de esperar que luego de tantas caídas podamos aprender no sólo de las propias sino también de las ajenas y logremos, una vez recogida, comprendida y aceptada la Historia que nos ha hecho lo que somos, finalmente avanzar.




Bernauer Straße – Berlin

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 19 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 24th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 24  Red lights

               La chica toca la puerta de cristal para llamar la atención de los curiosos transeúntes. Maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas más largas que el olvido. Si pasas atento y te animas, te acercas a hacer el trato, llegas a acuerdo, te abre la puerta y pasas. Adentro, un piso alargado sirve de reposo a sus nalgas luego de horas de pie. Se atisba una cortina, un lavabo pequeño y una cama tras la tela. Algunas cuentan con un espacio en el segundo piso, al cual se accede por una estrecha escalera, que tras cancelar una buena cantidad de euros te ofrece lo que incluya el paquete por un tiempo acotado, la versión más hardcore de Ámsterdam o la más delicada, todo dependiendo del precio.
Junto con los tulipanes, los canales y su barrio rojo, lo que más caracteriza a la capital de Holanda son las bicicletas. Estacionadas, colgadas, adornadas, apuradas, pasan llevando a sus usuarios a sus destinos dentro de la fragmentada geografía de la ciudad. En concéntricos anillos los canales de Ámsterdam permiten a aquel que cuente con transporte marítimo atravesar la ciudad de punta a cabo desde la Casa-Museo de Ana Frank por el noroeste hasta el Zoológico por el sureste, y si no es por los canales, sendas ciclovías se disponen por toda la urbe en un entramado planificado y pensado para peatones y ciclistas. Perdido entre sus pasajes, y guardando el cuidado suficiente como para no verse atropellado por alguna bicicleta disparada, uno puedo hallarse de pronto en medio del Bloemenmarkt, un extenso mercado de flores, suvenires, y artículos de jardinería dispuesto junto a uno de los cursos de agua más importantes de la ciudad. Allí, entre tiendas adornadas con quesos de todos los tamaños, colores y formas, y entre vitrinas luciendo los pintorescos zuecos de madera propios de la campiña,  los bulbos florecen y un millar de semillas se disponen a la venta en pos de mantener la tradición floral holandesa. En la misma línea, y junto con los famosos molinos holandeses, el arte de la cerámica pintada en azul es otra de las tradiciones propias de las bajas tierras europeas, cerámica que se puede encontrar en la más amplia gama de formatos y precios para aquellos que quieran llevarse un pedacito de Holanda para empotrar en alguna pared de sus casas. Más allá del distrito culinario se halla el Rembrandtplein, el Rijksmuseum y el Museo a Van Gogh, todo un espacio dedicado a las artes y a los referentes pictóricos que han hecho de Holanda un país internacionalmente conocido por algo más que por ser sede de La Haya y por su capital Ámsterdam. Paraíso de la libertad y el libertinaje, esta última debe también su fama a la facilidad con la que es posible acceder a drogas de diverso calibre y a lo regulado de su industria sexual. Emplazado entre varias iglesias, el Redlight District supone un barrio que hace lucir los sex shops de Pigalle en Paris como un esfuerzo amateur. El Museo del Sexo, el Museo Erótico y el Museo de la Marihuana son sólo algunas de las interesantes atracciones con las que cuenta el distrito, donde tanto viajeros como turistas se entregan a las indulgencias que promueve tanto la curiosidad como el apetito. Teatros con sexo en vivo así como una rica y variada oferta sexual puede ser disfrutada por unos cuantos euros en un barrio donde todo está rigurosamente regulado y vigilado, y que sin embargo brinda al visitante la ilusión de lo prohibido ofrecido a simple vista. Sendas farolas de rojo neón alertan a los paseantes de donde hallar a los maniquíes vivientes que tras vitrinas de cristal ofrecerán sus servicios sexuales desde media tarde en adelante, llegando a su peak ya caída la noche cuando los rojos centinelas encendidos por doquier le agregan aún más belleza a la ciudad al ser reflejados en las aguas de los canales. Latinas, africanas, asiáticas, transgénero, nórdicas y cuanto pueda esperarse en cuanto a la diversidad de lo ofrecido, incluido un par de puertas donde son hombres los que ofrecen sus servicios, puede encontrarse con facilidad a unos cuantos pasos de la Amsterdam-Zentraal, la estación de trenes que recibe los pasajeros de todas las líneas de metro de la ciudad así como trenes internacionales que tras pasar por Duivendrecht alimentan a la capital holandesa con viajeros y turistas de todas las latitudes en busca de los deleites diurnos y nocturnos que tiene para ofrecer.
La chica se mantiene impávida mientras otras miran a los transeúntes con ardor. Mientras otras se acicalan, revisan su maquillaje o entablan trato con algún transeúnte interesado, la chica mantiene la mirada perdida. Es sabido que si a algún transeúnte le interesa lo que ve irá hasta la puerta y solicitará un trato. Si al revés, es la chica la interesada, será ella quien toque el cristal desde su lado en pos de llamar tu atención y atraerte hacia ella. La chica, maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas mientras las separa un tanto proponiendo algo más sin decir palabra. La chica te mira, te abre la puerta y pasas.



Redlight District – Ámsterdam

Fotografía/Photo por/by David Lethei