Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

viernes, 21 de abril de 2017

Fall in Autumn - 28th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 28  Eternal City

               Las notas de “Now we are free” en la majestuosa voz de Lisa Gerrard resonaban por los audífonos a medida que me acercaba a la Ciudad Eterna. Sendas bandadas de negras aves cubrían los cielos a medida que el alba despuntaba en el horizonte. El bus, completamente lleno y quejumbroso avanzaba por la larga carretera por la que habíamos cruzado media Italia y su mano, la misma que había probado unas noches antes cenando en Bari, sostenía la mía a través del pasillo. Vetustos pinos demarcaban la ruta de entrada a Roma mientras en la distancia se divisaban los caseríos, luego las cúpulas, luego los entramados por los que romanos de hoy y desde hace siglos habitan atrincherados entre las siete colinas. La ciudad amurallada, erigida entre antiquísimas ruinas imperiales, ahí donde gladiadores dejaban su sangre en la arena del Coliseo y aurigas se aprestaban a su última carrera en los circuitos del Circo Massimo; ahí donde las artes han estado al servicio de lo humano y lo divino; ahí donde las aguas del Tíber parten la ciudad en dos y donde hay una fuente a cada cinco minutos. Porque si algo caracteriza a Roma es la grandilocuencia y abundancia de sus fuentes de agua, algunas magníficas como la Fontana di Trevi, y otras más sencillas y meramente funcionales como las que uno puede hallarse dando un paseo por las afueras. Arcos, columnas, imponentes mausoleos, templos, termas y pabellones; que si Berlín es un Museo de la Memoria, Roma sin duda es un Museo de Sitio, una enorme excavación arqueológica, una galería de arte al aire libre. Y ahí donde la magnificencia del Panteón no brilla ni tampoco las esculturas ni los egipcios obeliscos, sí salen a relucir las delicias culinarias disponibles en cualquiera de su sinfín de restaurantes y emporios. Ofreciendo una alcachofa junto a la puerta, bajo la ventana o sobre la mesa, la delicia verde es común en la cocina y el paladar romano, así como lo son los gatos de todos los colores pero decididamente gordos los cuales se pasean entre el millar de turistas en total dominio de sus terrenos. Y si uno ya se encuentra hasta el hartazgo de tanto monumento y magnífica fachada, bien vale ir por más y adentrarse en el centenar de iglesias y otro tanto de Basílicas que con su arte renacentista, sus frescos, decorados, reliquias y cuanta cosa más pudiera la Iglesia pretender atesorar, pululan por toda Roma en las cuatro direcciones. Tanto que desde las alturas del Parco del Gianicolo, entre el tono amarillo y rosado pálido abundante por doquier, no hay punto en la mirada que no alcance alguna iglesia tañendo sus campanas en invitación a sus fieles. Eso sin mencionar la Iglesia Mayor, la famosísima Basílica de San Pedro en el corazón del Vaticano, lugar desde donde, luego de pasar junto al Castel Sant´Angelo y proseguir hasta el final de la Via della Conciliazione, puedo uno entregarse a la contemplación de semejante conjunto arquitectónico e incluso, si la hora es la correcta, permanecer a escuchar la voz del Papa de turno enunciar su misa. De cualquier manera, ni los espléndidos parques, antiguas explanadas, ni las arboledas, promontorios, ni muchísimo menos el peculiar sepulcro de Cayo Cesio en forma de Pirámide se comparan con la aventura de sus besos, ni el aroma de su piel, ni sus pechos en vaivén, ni la aurora en su pelo. Ella, uno de los tantos sabores de Italia y sin embargo el único capaz de hacerme perder el sueño en tierras tan lejanas. Ella, que de la mano me llevaría por barrios conocidos y desconocidos, que me hablaría de historia, filosofía y cocina, que me regalaría sus besos y algo más. Ella, la Italia inesperada, la que se iría para no volver ya más tras despedirse en la estación de Triburtina, apresurada por atrapar el último bus de vuelta a casa, mientras yo partía en dirección contraria. Ella y la ciudad eterna, diciéndome adiós al caer la tarde, dejando recuerdos en el aire, por entre las piedras y silencios de Roma.




Via dei Fori Imperiali – Roma


Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 12 de abril de 2017

Fall in Autumn - 27th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 27  Tasting Italy

               El tren Intercity entre Santa Lucía y Bologna dejó Venezia alrededor de las 8 de la tarde. Luego de un último paseo en vaporetto por el Gran Canal, me vi apostado en los cómodos asientos del convoy express con miras a alcanzar el tren nocturno que me llevaría hasta Bari, donde las coloridas casas comunes en Venezia serían reemplazadas por la pulcritud de las líneas rectas, la piedra blanca como material fundamental y la soleada vista al Adriático y su hereda balcánica. Antes de deslumbrarme con sus callejones, debí encontrar un lugar entre los camarotes del tren, provistos con seis asientos con reposeras en el entendido de que los viajantes no harían en ellos sino dormir. Unas amplias caderas italianas se situaron ante mí tratando de acomodar las largas piernas que le seguían entre las mías, que recogidas, trataban de no abusar de algún roce incómodo. Con la calidez acostumbrada en tierras tanas, la muchacha me sonrió mientras el resto de los ocupantes se saludaba como si se conociere de toda la vida dando rienda suelta a la lengua vernácula hasta bien entrada la noche. A medida que nos adentrábamos en tierras meridionales, los ocupantes fueron descendiendo uno a uno, estación a estación, hasta vernos a solas con mi compañera de vagón y con la negrura profunda tras las ventanas.
Las calles de Bari, olorosas a comida casera, a plática cotidiana y a modorra, no son un espectáculo digno de ser apreciado por algún sendo monumento o famosísimo edificio en ruinas. Muy por el contrario, las calles de la sureña ciudad italiana son de lo más corrientes que podría esperarse, con un sector histórico atiborrado de blancas y sobrias iglesias dispuestas entre un laberíntico ir y venir de pasajes adornados con pequeños altares a algún santo; y otro sector más bien anclado en una arquitectura setentera y con escasos atributos extraordinarios. Sin embargo, es precisamente en el corazón de la Puglia donde puede hallarse ese sabor a Italia que los anuncios turísticos no alcanzan a describir ni a vislumbrar siquiera. Hospedado por italianos, pude a ratos sentirme parte de esa gente no tan distinta a aquella dejada al otro lado del Atlántico. Apasionada, cálida y atenta, la familia italiana te recibe y te alimenta, ríe contigo y discute con el mismo ahínco con el que defenderían sus más sagradas convicciones, aunque sólo estén hablando de fútbol o de cómo preparar bien la pasta. Porque en Italia se come bien, sin duda. Luego del antipasto que no es otra cosa que una entrada, bienvenido sea el primo que de usual es pasta con algo más, en mi caso los garbanzos más exquisitos que he probado en mi vida. Como si no fuera suficiente luego hay que hacer espacio al secondo, que bien puede ser carne con alguna ensalada o con queso mozzarella, para finalmente dar cabida al dolce que enhorabuena puede ser alguna fruta de temporada o il gelato. Los famosos helados italianos se disfrutan mejor en compañía de locales, caminando por el bulevar bosquejado por Mussolini entre el Castello Svevo y la Caserma Bergia, o en la Piazza Mercantile donde alguna vez los condenados de la región encontraran la muerte apedreados por la multitud. Una región tumultuosa sin duda. Las Perlas de la Puglia que incluyen el famosísimo Castel del Monte, las pintorescas viviendas tipo tipis de Alberobello, Bari por supuesto así como la deslumbrante topografía de Polignano a Mare; se han caracterizado por ser cuna, así como en la Sicilia,  de cruentos linajes familiares donde la tal llamada mafia no es ya un mero producto cinematográfico. Aún a pesar de este estigma, la Puglia respira autenticidad y un delicioso aire a familiaridad que en tierras más angloparlantes no deja de ser una rara excepción. Ya fuere en los Pumos, caseros adornos que invitan a la prosperidad a quienes los poseen; en el hecho de que ya a eso de la 1 las mujeres abandonan las bandejas en las que preparan a vista y paciencia del transeúnte las pastas con la mano desnuda, un abandono justificado por cierto en la sagrada hora de almuerzo en la cual los comedores y cocinas se atiborran de voces, risas y sabores y las calles se quedan vacías; o en la poesía que abunda en los blancos peldaños en los caseríos de Polignano, donde las edificaciones sobre la roca desnuda deslumbran por sobre los acantilados y las aguas lucen un azul sin precedente; el sur de Italia se sirve sobre la mesa generoso y genuino, sabroso a aceite de oliva, especias y otras savias, y donde sentirse como en casa no es una esperanza sino más bien un hecho.
El nocturno tren me dejó en Bari Centrale a eso de las 6 de la mañana. Despuntando el alba, descendí del vagón con un apetito voraz y con ganas de más. Tendría dos días para entregarme a lo que la región de la Puglia tuviere para ofrecer y para comprobar si esto de la calidez italiana era una invención publicitaria o el mero producto de un viaje nocturno en la intimidad de un camarote de tren. Después, vendría un largo viaje en bus hasta la Ciudad Eterna hasta donde llegaría sólo acompañado de mis memorias o prendido a la boca de una belleza italiana. Eso aún estaba por verse pues me tocaba esperar dos horas por una promesa incierta y una mirada esquiva. A las 9am ella llegó con ambas.



Lunchtime – Bari
The Adriatic at Polignano – Polignano a Mare


Fotografía/Photo por/by David Lethei

martes, 4 de abril de 2017

Fall in Autumn - 26th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 26  Channels and Masks

               La ruta se hacía cada vez más sinuosa a medida que se adentraba en las montañas. Los campos semi verdes del sur de Alemania habían quedado atrás y habían dado paso a blancas extensiones de tierra entre bosques oscurecidos, campiña  y una inquieta bruma que manaba de las cimas más adelante. Trenes resolutos y otros cansinos pasaban junto a la escueta carretera por en medio de pequeños villorrios que, cual lunares amarillos, parecía que colgaban por entre las abruptas laderas de los enormes montes. Aguas prístinas y congeladas se abrían paso por entre el cajón de rocas. El cinturón de Los Alpes atravesando Austria, se yergue como la frontera natural por la cual la ruta en dirección a Bolzano y Trento en el norte de Italia debía pasar. Yo iba más allá. Más allá donde llovía de arriba abajo y al revés en tanto los canales venecianos se desbordaban de tanta agua, la mundialmente famosa Piazza di San Marco lucía solitaria como nunca, las líquidas calles escurrían sin góndolas, y nadie fotografiaba el puente de los Suspiros ni los enigmáticos rostros blanquecinos enmascarando deseos. Las máscaras de Venezia, las hechas a mano por artesanos y no aquellas producidas en masa por alguna fábrica en la remota China, dan cuenta de los personajes de la Comedia del Arte, corriente artística que nutriera la escena teatral desde el siglo XVI en adelante y que se convirtiera en referente tanto para la elaboración de las mencionadas así como para el teatro como disciplina. Con tintes naturales y el tradicional papel maché moldeado, los portadores del oficio mantienen sus tiendas atiborradas de hermosos y algunos perturbadores ejemplos del trabajo en máscaras, algunas de las cuales salen a la luz exclusivamente a razón del famosísimo Carnaval Veneciano que se toma los canales de la fragmentada ciudad durante la medianía del mes de Febrero. En la línea de la tradición, Venezia también es reconocida por la calidad de su papelería, su lustro (estuco) veneciano, así como por la calidad del vidrio producido en Murano, uno de los tantos reductos habitados que conforman la insular ciudad italiana. Adornos, joyería y utensilios son sólo algunos de los usos que se le da al vidrio vistosamente colorido producido en la mencionada isla, destino obligado para los turistas y viajeros que se aventuran a no sólo experimentar un paseo por los canales más estrechos a bordo de una góndola, sino que también a navegar más allá de los mismos a bordo de algún vaporetto o transporte turístico que los lleve a través de las marismas del río Po hasta Lido o a Giudecca. Agua, pasajes, máscaras. Venezia se iba desenredando ante mis pasos a medida que me aventuraba por un nuevo callejón, otro pequeño puente, y otro. En Mestre, el distrito continental de la famosa ciudad, también es posible hallar algo de lo que caracteriza al entramado veneciano, pero más allá de suvenires a menor precio y alojamiento módico, el laberíntico ir y venir de las acuosas callejuelas es lo que, junto con su centenar de iglesias entre pilones, hace de Venezia un espectáculo urbano único en el mundo. Un escenario sin igual para el desfile de secretos que tras la máscara de la noche se abría paso en la negrura. Las luces de los restaurantes y de los hoteles titilaban reflejando sus colores en las abiertas aguas del Gran Canal, ahí donde el Puente de Rialto elegantemente posa para el millar de turistas, y donde los lanchones se abren camino entre Arsenale y la estación de Santa Lucía. Un escenario sin igual para el baile enmascarado de amantes furtivos, ahí donde Casanova redefiniera el deseo y el libertinaje cuando Venezia aún era un Reino independiente y el placer deambulaba entre las cortes como un precioso pecado. Un escenario sin igual para enmascarar los deseos y ahí, entre la elegancia del millar de preciosamente elaborados atuendos entregarse al fragor de algún lecho ardiente. Venezia, definitivamente un escenario, sin igual.




Gran Canale – Venezia

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 26 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 25th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 25  Memory

               Cuando se planteó la construcción del Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos de Santiago, cierto revuelo fue levantado por partidos de derecha y/o adherentes al régimen militar impuesto en Chile entre 1973 y 1990. Estos detractores veían con malos ojos la edificación de una entidad como la mencionada, ya que según ellos orientaría la visión histórica solamente hacia un lado político, aquel que llamaba al régimen dictadura y que veía en la anunciada institución a construirse en calle Matucana junto a la añosa y popular Quinta Normal, una forma y un lugar en el que reunir sus testimonios, registros documentales y en sí misma la memoria de todos aquellos hechos desaparecer, torturados o asesinados durante el régimen. En un país como Chile donde la memoria no se preserva, donde los memoriales terminan en urinarios y donde se reducen las horas de Historia en los colegios no es de extrañar este tipo de reacciones, muchísimo menos la desafección de la que dan cuenta sus ciudadanos promedio, ocupados en su quehacer diario y en la ganancia inmediata, al mismo tiempo que distanciados de su pasado por conveniencia o excesivo pragmatismo. Frase cliché sin duda pero no por menos verdadera, un pueblo sin memoria carece de Historia, y sin Historia, sin pasado, no parece inaudito que se sigan cometiendo los mismos errores una y otra vez. Muy lejos de calle Matucana, en las nevadas veredas de la Bernauer Straße en Berlín, el Museo de la Memoria al Muro que dividiera la ciudad por casi 40 años se levanta como un pequeño bastión entre decenas que poblan la capital germana. Incluyendo el punto aduanero más importante entre el lado soviético y el de los aliados, el llamado “Checkpoint Charlie” hoy visita obligada para millones de turistas, el Muro de Berlín es aún visible de manera simbólica, a través del arte, así como de forma tangible a lo largo y ancho de toda la ciudad. Ahí donde los bloques de concreto aún persisten convertidos en lienzo para murales como en la “East Side Gallery”, o como meros resabios aislados de un pasado no tan remoto, se sigue dando cuenta de la dolorosa cicatriz que dividiría al mundo entre dos colores, dos visiones y, más peligrosamente, dos potencias bélicas durante cuarenta años de guerra fría. Lejos del olvido, la capital alemana se levanta en medio de las frías planicies europeas como un enorme Museo de la Memoria, el cual respira y vocifera sobre los primeros asentamientos judíos en Spandau hace más de mil años, su pasado prusiano en el Castillo de Charlottenburg, así como el renovado edificio del Reichstag hoy coronado con una monumental cúpula de vidrio la cual permite el acceso al público de manera gratuita. Junto a él, la Puerta de Brandenburgo sigue recordándonos el paso de las huestes de todas las épocas desde la Columna de la Victoria más allá del Tiergarten en su paso victorioso por la calle del 17 de Junio, junto a la cual se disponen bélicos vestigios del pasado soviético de la capital teutona. Un tanto más allá, siguiendo los pasos del muro, un espacio vacío avisa sobre las instalaciones gubernamentales del Berlín Nazi, un espacio coronado con sendos museos que cultivan la memoria e invitan a la reflexión. Punto aparte para el monumental entramado de concreto que rememora a los judíos asesinados de Europa; una enorme red de pasadizos dibujados por sendos bloques de ennegrecido granito de distintos tamaños y alturas entre los cuales perderse es fácil y sobrecogerse más fácil aún. Incluso donde no hay gris, donde es el color el que reina Berlín invita a la memoria. Antiguos barrios judíos como el Hackesche Höfe o añosos mercados y estaciones de tren, tranvía, U-Bahn y S-Bahn dan cuenta en sus coloridas paredes de esa memoria que a Berlín no parece pesarle como en el caso de la capital chilena, sino muy contrariamente, parece ayudarle a seguir adelante desde un mejor lugar, mejor pensado e implementado. Porque Berlín es memoria y modernidad, caminando de la mano sin aparentes contratiempos. La visitada Postdamer Platz es muestra de ello. Ahí donde hace 25 años el muro se engrandecía y los sitios eriazos daban cuenta del paisaje, hoy se disponen modernos edificios, concurridas tiendas y por supuesto, museos al aire libre donde berlineses, viajeros y turistas pueden entregarse a una pausa en medio de la vorágine cotidiana. Si recordar es vivir, recordar lo malo o lo doloroso se torna esencial en estos tiempos actuales donde todo pareciera apuntar al goce inmediato, a una búsqueda desesperada por evitar lo que nos disgusta o que no queremos ver y que sin embargo es parte de la vida que hemos escogido y de cuyas consecuencias no podemos permitirnos quedar al margen. Nos guste o no, parecemos aprender cayéndonos. Es de esperar que luego de tantas caídas podamos aprender no sólo de las propias sino también de las ajenas y logremos, una vez recogida, comprendida y aceptada la Historia que nos ha hecho lo que somos, finalmente avanzar.




Bernauer Straße – Berlin

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 19 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 24th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 24  Red lights

               La chica toca la puerta de cristal para llamar la atención de los curiosos transeúntes. Maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas más largas que el olvido. Si pasas atento y te animas, te acercas a hacer el trato, llegas a acuerdo, te abre la puerta y pasas. Adentro, un piso alargado sirve de reposo a sus nalgas luego de horas de pie. Se atisba una cortina, un lavabo pequeño y una cama tras la tela. Algunas cuentan con un espacio en el segundo piso, al cual se accede por una estrecha escalera, que tras cancelar una buena cantidad de euros te ofrece lo que incluya el paquete por un tiempo acotado, la versión más hardcore de Ámsterdam o la más delicada, todo dependiendo del precio.
Junto con los tulipanes, los canales y su barrio rojo, lo que más caracteriza a la capital de Holanda son las bicicletas. Estacionadas, colgadas, adornadas, apuradas, pasan llevando a sus usuarios a sus destinos dentro de la fragmentada geografía de la ciudad. En concéntricos anillos los canales de Ámsterdam permiten a aquel que cuente con transporte marítimo atravesar la ciudad de punta a cabo desde la Casa-Museo de Ana Frank por el noroeste hasta el Zoológico por el sureste, y si no es por los canales, sendas ciclovías se disponen por toda la urbe en un entramado planificado y pensado para peatones y ciclistas. Perdido entre sus pasajes, y guardando el cuidado suficiente como para no verse atropellado por alguna bicicleta disparada, uno puedo hallarse de pronto en medio del Bloemenmarkt, un extenso mercado de flores, suvenires, y artículos de jardinería dispuesto junto a uno de los cursos de agua más importantes de la ciudad. Allí, entre tiendas adornadas con quesos de todos los tamaños, colores y formas, y entre vitrinas luciendo los pintorescos zuecos de madera propios de la campiña,  los bulbos florecen y un millar de semillas se disponen a la venta en pos de mantener la tradición floral holandesa. En la misma línea, y junto con los famosos molinos holandeses, el arte de la cerámica pintada en azul es otra de las tradiciones propias de las bajas tierras europeas, cerámica que se puede encontrar en la más amplia gama de formatos y precios para aquellos que quieran llevarse un pedacito de Holanda para empotrar en alguna pared de sus casas. Más allá del distrito culinario se halla el Rembrandtplein, el Rijksmuseum y el Museo a Van Gogh, todo un espacio dedicado a las artes y a los referentes pictóricos que han hecho de Holanda un país internacionalmente conocido por algo más que por ser sede de La Haya y por su capital Ámsterdam. Paraíso de la libertad y el libertinaje, esta última debe también su fama a la facilidad con la que es posible acceder a drogas de diverso calibre y a lo regulado de su industria sexual. Emplazado entre varias iglesias, el Redlight District supone un barrio que hace lucir los sex shops de Pigalle en Paris como un esfuerzo amateur. El Museo del Sexo, el Museo Erótico y el Museo de la Marihuana son sólo algunas de las interesantes atracciones con las que cuenta el distrito, donde tanto viajeros como turistas se entregan a las indulgencias que promueve tanto la curiosidad como el apetito. Teatros con sexo en vivo así como una rica y variada oferta sexual puede ser disfrutada por unos cuantos euros en un barrio donde todo está rigurosamente regulado y vigilado, y que sin embargo brinda al visitante la ilusión de lo prohibido ofrecido a simple vista. Sendas farolas de rojo neón alertan a los paseantes de donde hallar a los maniquíes vivientes que tras vitrinas de cristal ofrecerán sus servicios sexuales desde media tarde en adelante, llegando a su peak ya caída la noche cuando los rojos centinelas encendidos por doquier le agregan aún más belleza a la ciudad al ser reflejados en las aguas de los canales. Latinas, africanas, asiáticas, transgénero, nórdicas y cuanto pueda esperarse en cuanto a la diversidad de lo ofrecido, incluido un par de puertas donde son hombres los que ofrecen sus servicios, puede encontrarse con facilidad a unos cuantos pasos de la Amsterdam-Zentraal, la estación de trenes que recibe los pasajeros de todas las líneas de metro de la ciudad así como trenes internacionales que tras pasar por Duivendrecht alimentan a la capital holandesa con viajeros y turistas de todas las latitudes en busca de los deleites diurnos y nocturnos que tiene para ofrecer.
La chica se mantiene impávida mientras otras miran a los transeúntes con ardor. Mientras otras se acicalan, revisan su maquillaje o entablan trato con algún transeúnte interesado, la chica mantiene la mirada perdida. Es sabido que si a algún transeúnte le interesa lo que ve irá hasta la puerta y solicitará un trato. Si al revés, es la chica la interesada, será ella quien toque el cristal desde su lado en pos de llamar tu atención y atraerte hacia ella. La chica, maquillada con sutileza, expone sus pechos tras la vitrina y un ajustado conjunto rojo de medias ligas le adorna las piernas mientras las separa un tanto proponiendo algo más sin decir palabra. La chica te mira, te abre la puerta y pasas.



Redlight District – Ámsterdam

Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 11 de marzo de 2017

Fall in Autumn - 23rd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 23  Somewhere in Europe

               Estación Central. Avenida Matta. Patronato y Cal y Canto. Los barrios del Santiago antiguo perduran a pesar de los intentos de renovación, saneamiento y traslado que han debido enfrentar a través de los años, así como el estigma permanente de su baja ralea y aún peor seguridad y condiciones higiénicas. Basura acumulándose en los rincones, orines, perros vagos escudriñando entre improvisados puestos comerciales junto a las esquinas, los cuales, junto con entorpecer el libre tránsito de peatones y ciclistas, le dan vida y sabor a los cruces del Santiago antiguo. Lejos, hacia el oriente, la capital chilena luce otro rostro, uno limpio y ordenado donde los edificios de más moderna arquitectura se alzan al cielo pretendiendo parecerse a los rascacielos de latitudes occidentales menos periféricas, donde la globalización es un hecho real y tangible y no un mero artefacto teórico del que hablar por televisión. Ahí donde se emplaza la torre más alta de Sudamérica, donde las extensiones de verde son abundantes y el planeamiento urbano parece seguir cierta racionalidad, Santiago se pretende como un ejemplo de modernidad, una copia provinciana de ciudades de vanguardia donde se hace vista gorda a lo que respira en los distritos aledaños, donde la marginalidad es parte del paisaje junto con las sopaipillas y el mote con huesillo. Particularmente similar, Bruselas, capital de Bélgica y sede del Parlamento Europeo, se extiende como un pequeño enclave entre París y Ámsterdam, sitios de alta carga turística junto a los cuales la capital belga parece un pequeño reducto urbano, una parada intermedia, un mero lugar de paso. Diametralmente opuesta entre norte y sur, la parte meridional de la ciudad abunda en rincones mugrosos y rayados en las paredes, dispersos entre una miríada de puestos comerciales de comida extranjera y artículos de bajo costo, mientras que hacia el norte, una vez atravesado el centro histórico y siguiendo el curso del río, las líneas urbanas se tornan rectas, los pasajes desaparecen así como la basura y los grafiti, dando paso a grandes estructuras en vidrio y metal, esculturas contemporáneas, bulevares y neones. A pesar de esta abierta similitud entre las dos ciudades, la capital de Bélgica cuenta con hitos de carácter monumental de los cuales Santiago adolece. El Arco del Cinquentenario, con acceso gratuito a diferencia de su par parisino y dispuesto hacia el este de la ciudad se alza como un hermoso conjunto arquitectónico común entre las ciudades europeas, y que le da a Bruselas un carácter de magnificencia que hace inclinar la balanza entre las dispares realidades visibles entre el norte y el sur de la ciudad, hacia una apreciación de la misma a la altura de su lugar en el conjunto europeo. Igualmente, el Palais de Justice, el Palais des Expositions y el Atomium hacia el oeste de la ciudad, destacan como grandilocuentes ejemplos de una ciudad caracterizada por sus coloridas y angostas casas céntricas de dos plantas, dispuestas una junto a la otra vendiendo waffles, cervezas y los mundialmente conocidos chocolates belgas. En algún lugar de Europa, entre la pulcritud berlinesa y las playas mediterráneas, entre los café parisinos, la cordialidad inglesa y las nieves suizas se emplaza un lugar donde una lengua romance casi extinta como el flamenco persiste y sus condiciones de vida, con sus barrios dispares, su simpleza urbanística y la naturalidad de su gente me hicieron sentir en algún punto entre calle San Diego y Agustinas, en el corazón de Santiago de Chile, donde la fealdad y la belleza caminan de la mano, donde los murales se confunden con garabatos y viceversa, y las avenidas son reducidas a callecitas sin aviso ni mucho planeamiento, y donde la gente se mueve entre el gris y el color. Chile, a nivel macroeconómico se parece muchísimo a Bélgica. Una economía pequeña en constante expansión donde el turismo parece ser el norte más seguro para invertir como industria en el futuro, donde los barrios son dramáticamente desiguales en su forma y su fondo, y donde la inmigración va en aumento con sus riquezas y desafíos. Afortunada o desafortunadamente, sólo el tiempo dirá, la gran diferencia (o la más importante) entre ambas naciones estriba en que su capital Bruselas está anclada al corazón de Europa, y sus poderosos vecinos la consideran lo suficientemente neutral como para disponer de la sede de la Unión Europea entre sus calles y tiendas; Santiago en otro tanto, vilipendiada y desdeñada por más de alguna nación vecina, sigue siendo un reducto occidental camino al fin del mundo. Allá donde lo internacional se consume por televisión y el turismo no pasa de ser un ejercicio digital, la sureña capital aislada entre desierto y cordillera, océano y Antártida, se sigue pretendiendo como un híbrido entre el sueño americano y el ejemplo europeo de modernidad y tradición, mintiéndose a sí misma mientras perdura incapaz de verse al espejo y reconocer y aceptar sus diferencias. Santiago, donde hay barrios en los cuales parece uno estar caminando por algún lugar de Europa hasta que un conductor impertinente nos recuerda que por las calles chilenas hay que andar con cuidado; Bruselas, donde más de algún rincón parece capital sudamericana hasta que nos da por probar un chocolate y su sabor nos recuerda que han sido ellos los que han refinado la técnica sobre un producto originario de las Américas, y que sin embargo nos venden y compramos con gusto, como el cobre, el tabaco y cuantas cosas más.



Atomium – Brussels

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 30 de enero de 2017

Fall in Autumn - 22nd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 22  Jurassic Coast (and Across the sea)

               250 millones de años atrás, el planeta al que llamamos Tierra lucía muy diferente a como podemos pretender trazarlo hoy en día. Nuestras tan preciadas fronteras, fueren estas geográficas o políticas, eran inexistentes y toda la corteza se agrupaba en una masa única a la que los geólogos han denominado “pangea”, o toda la tierra según versa la traducción desde el griego. Vestigios fósiles de dichas épocas han podido hallarse en la actualidad en lugares tan disímiles como China y Australia, México y Etiopía, o Argentina e Inglaterra. Precisamente en esta última es posible hallar un vasto banco de información prehistórica en toda la costa sur, desde los acantilados en Dover hacia el este, siguiendo la línea de la costa en dirección opuesta hasta llegar a Portland e incluso más allá. La denominada Costa Jurásica, patrimonio de la Humanidad según UNESCO, se extiende por cientos de kilómetros sirviendo de muralla natural entre las tierras británicas y las aguas del Canal de La Mancha (o English Channel), separando así la nación inglesa del resto de Europa. Eso es hoy en día por supuesto. Rastros de períodos tan antiguos como el Triásico, Jurásico y Cretácico han sido hallados en las perfiladas laderas de la mencionada costa, volviéndola un imán no sólo atractivo para aquellos que se dedican a las Ciencias de la Tierra sino también para turistas y viajeros por igual. Largos senderos permiten al caminante desplazarse de punta a cabo por una ruta donde la historia de la prehistoria puede leerse en las rocas, las marcas en la arena, los bosques fósiles y las más diversas creaturas petrificadas entre la cal y la arcilla. Poole, Bournemouth, Swanage y Weymouth sirven de enclaves de paso, pueblos, marinas, playas y lugares de descanso en los cuales recuperar energías en pos de proseguir la larga caminata por el sendero costero, uno que promete apreciar desde las alturas las insospechadas formas en que la geografía erosionada ha servido de telón de fondo para un paisaje fósil de inusitada belleza y unicidad. Mas no sólo prehistoria puede ser hallada siguiendo la costa jurásica. Adentrándose tan sólo unos cuantos kilómetros tierra adentro, el condado de Dorset destaca por lugares tan pintorescos como Dorchester, con sus calles añosas y sus bastiones de guerra; Christchurch, con sus ruinas normandas y sus cisnes junto a la desembocadura de los ríos Avon y Stourt; y Corfe Castle, que como bien designa su nombre, humea sus chimeneas de piedra bajo la atenta mirada de un castillo en ruinas de mil años de antigüedad. Mención aparte para el gigante de Cerne Abbas, una figura de 55 metros de alto por 51 de ancho, delineada en tiza en la ladera de una colina a unos 10 kilómetros de Dorset, y que representa a un hombre con el pene erecto y sosteniendo una maza en su mano derecha. Viajar en tren por las grandes praderas que conectan el condado y a las villas que lo nutren es sin duda una experiencia de inusitado encanto, y sí a eso se le agrega la caminata por las escarchadas arenas de la costa, el panorama completo se ofrece como un atractivo sin igual. Las vistas, más allá de los grandes acantilados, desde donde puede atisbarse las peculiares formaciones rocosas de la Durdle Door que, como un saurio prehistórico, parece hundir su largo cuello en las gélidas aguas del amplio canal, permiten al espectador adentrarse hasta donde la mirada alcance e incluso pretender ver más allá de los límites que el horizonte impone. La Tierra ya no es una sola como solía, y la sola presencia de lugares desconocidos más allá de las aguas es capaz de despertar la curiosidad y el brío que movilizan a todo viajero. Ahí, mirando desde la Costa Jurásica el ancestral pasado escrito en las paredes de piedra, el mar parece ser el mismo, la misma entidad ingobernable desde hace millones de años, la misma masa acuosa que es a la vez barrera e invitación, una puerta ofrecida a la voluntad de los hombres, de ir más allá como alguna vez lo pretendieron los exploradores que desde estas mismas costas contemplaron lo desconocido, y se aventuraron a través de los océanos. Hoy el mapa ya no es un misterio como alguna vez lo fuese, mas el sentido de aventura perdura con la misma fuerza en el corazón de los hombres, de los que se atreven, y de los que lo sueñan, la puerta del mar parece siempre abierta para el que la quiera atravesar.



Durdle Door – Dorset

Fotografía/Photo por/by David Lethei

jueves, 26 de enero de 2017

Fall in Autumn - 21st entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 21  Blue Poppies

               En Inglaterra, a modo conmemorativo y no por ello no controversial, se suele conmemorar a los caídos en batalla con corolarios de rojas flores artificiales que la gente suele llevar en la forma de prendedores, colleras y otros ornamentos además de hacer llegar pequeñas coronas a las tumbas, memoriales y esquinas que rememoren a los valientes soldados perdidos. Estas rojas escarapelas, también conocidas como “red poppies”, sirven de testimonio de la memoria viva entre los ingleses de lo que ha significado el sacrificio de tantos hijos de origen británico. Generaciones enteras perdidas en el fragor de los campos de batalla que tiñesen de rojo las Europas durante al menos cincuenta años. Si bien una tradición igualmente viva y respetada en Southampton donde los mausoleos de guerra abundan en los mencionados motivos carmín, la generación que más le duele a las calles de Soton no yace precisamente en tierras germanas ni galas, sino en las gélidas profundidades del Atlántico Norte. Faltando 20 minutos para la medianoche del 14 de Abril de 1912, el así llamado “inhundible” RMS Titanic impactaba con un iceberg de grandes dimensiones que lo haría, rotura del casco mediante, partirse primero dramáticamente en dos mitades, para luego hundirse a las profundidades de las congeladas aguas septentrionales. 1513 personas, de un total que apenas superaba las 2200 entre tripulantes y pasajeros, perecería por ahogamiento o hipotermia durante las tres horas que duraría el hundimiento o en las posteriores, a la espera del barco que los rescataría. Si bien construido en los muelles de Belfast, la lujosa mole metálica había zarpado en su viaje inaugural, como era costumbre, desde las aguas del Solent, ahí donde el puerto de Southampton ha echado mano a la abundante mano de obra proveniente de sus barrios más típicos. Northam, Shirley, Chapel, habían contribuido con padres de familia, hermanos e hijos que desempeñarían labores de cargadores de carbón, cocineros, meseros, personal de cubierta, entre muchos otros; así también muchísimas mujeres habían sido arrancadas de las calles familiares por la precariedad económica, la cual les haría postular y agradecer un cupo en los grandes salones del famoso buque como camarera, personal de aseo o costurera. Además de la tripulación, una buena cantidad de los flamantes pasajeros de primera, segunda y tercera clase provenían de las veredas de Southamtpon, una ciudad que seguiría esperando el retorno de sus muchísimos y muchísimas hijos e hijas arrojadas por el infortunio a las oscuras aguas y en medio de la noche. Menos de un cuarto de aquellos que partieren de todos los rincones de la ciudad en busca de oportunidades en el mar o simplemente por placer, lograría retornar a Soton semanas más tarde. Desde la mañana siguiente aguardarían sus familias por alguna noticia que pudiere brindar algo de esperanza para con los desaparecidos en alta mar. Dicho anhelo, dicha espera interminable, se iría mar adentro a medida que las noticias del naufragio llegaren a oídos de los habitantes del pueblo quienes, con una herida que acarrean hasta hoy, se vieron en la obligación de identificar los cuerpos que fuere posible rescatar, o brindar descanso a aquellos desaparecidos en las profundidades para siempre. Hoy, un museo hace lo mejor posible por resguardar la memoria de aquellos hijos e hijas que nunca regresaron a las calles que les vieren nacer. Los linajes familiares acarrean una sombra, una foto sin rostro, una tumba sin tierra. Una huella indeleble que puede apreciarse como una miríada de puntos azules señaladas en el plano de la ciudad; un sinfín de momentos que quedaron a medias, promesas inconclusas, labores a medias tintas que los planos de los viejos cementerios destacan entre sus tumbas. En Southampton una familia de cada tres perdió a alguien en dicho hundimiento. Una de cada tres casas, tres calles, tres historias, albergan o pretenden perpetuar a aquellos desaparecidos. Ya fuere con una añeja fotografía, una anécdota, o un ramillete de flores, los deudos aún lloran su pesar; y es su lamento la aflicción de una ciudad entera  al enterarse de la noticia de su insospechado destino. Las tumbas del viejo cementerio son ahora las que, en respetuoso silencio, dan cuenta de esos lugares vacíos que alguna vez estuvieren plenos de alegría y paz. Hoy, son los “blue poppies” los que señalan las tumbas de aquellos que nunca regresaron. Hoy, los hijos de los hijos siguen recordando.





SeaCity Museum – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

viernes, 20 de enero de 2017

Fall in Autumn - 20th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season



entry 20 – The Shire

                 Barro en las ruedas, pasto en las zuelas. Cuando niño, mi padre solía llevarme a escalar los cerros que circundan mis calles de infancia. Caminos hechos por senderistas aguerridos y/o por aficionados a la exploración; sendas cubiertas de maleza, espinos, árboles enjutos y pedregosos descansos. Podíamos pasarnos días enteros subiendo y bajando los cerros, ansiosos de conquistar otra colina, decididos a descubrir hasta donde llegaba la ruta. Ese gusto por la exploración, ese apetito por hacerse al camino me haría perderme por enésima vez, esta vez arriba de mi bicicleta inglesa, por los verdes senderos de la comarca. Hampshire, condado al sur de Inglaterra y unidad a la que pertenecen Portsmouth y Southampton, se extiende río arriba más allá de la naciente del Itchen River y del Test, dejando dentro de sus fronteras la grandilocuencia de los bosques del New Forest y los acantilados de cal del South Downs National Park. Como pintorescas motas una miríada de pequeños pueblos brindan descanso y alimento al viajero empedernido, que maravillado por las extensas verdes tierras fértiles, deja de lado el raciocinio de pensar que ya ha avanzado lo suficiente, y lo invitan a ir por más. Caseríos en madera y piedra, despidiendo humillo por sus chimeneas pueden hallarse tras una curva, un vericueto del camino, un desvío en la ruta. Los arroyos alimentan las siembras y los jabalíes salvajes, vecinos habituales en la comarca así como los ciervos rojos de gran cornamenta, se dejan ver de tanto en tanto entre la espesura de las hojas. Totton, Eling, Hythe, Stockbridge, World´s End, son sólo algunos de los nombres de esos caseríos desperdigados por la gran comarca en la que los puertos de Southampton y Portsmouth aparecen como costeras rarezas en el paisaje, y en donde la añosa Winchester se eleva como cabeza de condado en título y espíritu. Por esos surcos embarrados, tras las lluvias matutinas y las brisas vespertinas, viérame junto a mi Brexit escudriñando hasta donde podía llegar la ruta trazada, y también la que no. En la gran comarca están los bares, esos centenarios junto al camino, de los que se ven en las películas sobre la Inglaterra de antaño. Y así también los puentes escondidos, el aroma a “English breakfast”, y las parroquias entre los ramajes. Como aquella que me hallase en Romsey, una milenaria abadía aún en pie y brindando calurosa bienvenida, y sin cobrar un penny como sí lo harían otras más turísticas desperdigadas por comarcas vecinas. Leña, siembra, firmamento abierto. Eran los mismos esos días en que trepaba con mi padre por los cerros mientras soñaba con estrellas. Yo las quería cerca, mías. Nunca pensé en ser astronauta, mucho peso y andamiaje pensaba yo. Había que llegar ahí a pie, flotando en el vacío, o pedaleándolo. Había que dilucidar el misterio que habitaba en la negrura, traducir el lenguaje de la luz, leer las líneas de la noche. Fue así que apilado entre los libros de la biblioteca del colegio fue que hallare “Observar el cielo”, colorido manual de astronomía para neófitos que despertaría el apetito por conocer más de las esferas celestes, y ambicionar la compra de un telescopio cuando la solvencia de la adultez lo permitiese. No podía tener el libro por la misma falta de solvencia, la cual mi padre reemplazaría por una fotocopia del libro entero, como para pensar que podía ser posible, caminar a las estrellas de sólo tener dicho libro y escudriñar sus secretos. Pasarían años hasta poder hacerme de un telescopio que, con suerte, me permitiría ver la luna y sus cicatrices, pero al menos sentiría que algo de aquel sueño infantil se hacía carne, verdad, testimonio de lo que alguna vez fuere. En algún punto perdido en la gran Comarca, pensando en cuanto extrañaría a Brexit al deber dejarla en estas tierras tan lejanas, en un escaparate escondido en un pueblillo sin nombre, mi yo de niño despertó de su sueño. Aquel libro sobre las estrellas estaba ahí, en su versión inglesa, al alcance de mi mano adulta y mi saber bilingüe. Como una perla de despedida, como un intercambio, dejaría la bicicleta que me había acompañado todos estos meses por los rincones de Hampshire, a cambio de un libro sobre la infancia perdida. Sobre el barro en las manos, de caerse a ratos. Sobre la idea ingenuamente luminosa de que se puede llegar a cualquier parte si se tiene voluntad. Sobre el sueño de explorar con mi padre, con mis amigos de infancia, con la persona que amo, la Tierra entera y por qué no, todavía más. El sueño de una ruta que nunca acabe, de un viaje sin origen ni destino.



Lee Ln – Hampshire

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 15 de enero de 2017

Fall in Autumn - 19th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 19  English Breakfast

               La primera vez que comí un Flapjack fue guiado por el hambre más que por la curiosidad o alguna que otra recomendación. Con más apetito que dinero había llegado hasta uno de los tantos mini supermercados dispuestos por doquier y había decidido comprar lo primero que me despertara buena espina. Por una libra, unos mil pesos chilenos, había descubierto mi mejor reemplazo para la noble marraqueta nacional la cual no disfrutaría en los siguientes seis meses. 180 días antes del viaje, había decidido dedicarme a comer todas aquellas cosas que difícilmente podría saborear en los siguientes. Charquicán, empanada de pino, lentejas con zapallo, mote con huesillo, pastel de choclo, humitas, aceitunas, paltas, melón tuna, betarragas, y arroz con leche serían sólo algunas de las cosas que devota, y también secretamente, haría parte de mi dieta. A diferencia de en Chile, donde la comida tradicional abunda, en las ciudades al sur de Inglaterra pareciera que este tipo de platos ha sido relegado a lugares muy específicos. En efecto, en cualquier calle de Londres, Bristol, Winchester, Bath o Southampton uno puede disfrutar con total facilidad y a bajísimo precio, de una amplia gama de platos internacionales que van desde la comida italiana y  española, hasta platos de origen indio, coreano, chino y malasio. Sin dejar de lado con ello las regiones interiores del este de Europa, Croacia, Polonia, Hungría, Bulgaria y los Balcanes; Chipre, Turquía, Paquistán, Bangladesh, Myanmar, y Singapur; y si el afán no es comer en un “take away” que es básicamente comida rápida para llevar, bien puede uno abastecerse en las decenas de mini supermercados que venden alimentos procedentes de todas partes del mundo, especialmente Europa del este, Medio Oriente, y el Sudeste asiático. Uno puede hacerse un menú internacional entero en un solo día por unas cuantas libras, o preparar el más diverso recetario culinario con el mismo dinero. Y si la opción no está en los mencionados emporios de comida, bien están los expendios de sándwiches, supermercados y tiendas del rubro, las cuales ofrecen en sus refrigeradas despensas emparedados del más diverso tipo, incluyendo tocino, diversidad de quesos, vegetales, choclo (maíz) con pollo, salmón ahumado con salsa tártara, barbecue, de ajo, cebolla, mayonesa, mostaza, especias y similares. Bien si uno no gusta de los take away ni tampoco uno pretende cocinarse a sí mismo, bien uno puede ir a estos lugares y abastecerse hasta los dientes de cuanta variedad de sándwich existe. Con la lógica de estar siempre en movimiento, raros son los locales de comida tradicional como podrían esperarse en Chile o en otros lugares de Sudamérica, imperando en la dieta del inglés común la idea de una comida completa constreñida entre dos panes de molde. Amplia es así la gama de panes de este tipo posibles de hallar. Desde el más común y deslavado pan de molde blanco hasta el más graneado y multi-semilla posible. Abundantes también son las “Pasties”, básicamente una empanada con una masa un tanto más hojaldre y rellena de cuanta cosa se le pueda a uno ocurrir, desde huevo hasta espinaca, pasando por variedad de jamones, tocinos y quesos. Punto aparte para los famosos “Fish and Chips”, un conjunto de papas fritas sin sal servidas junto a una presa de pescado sin espinas y adobado en un batido frito, dentro de un cambucho de papel semi absorbente color gris.  La gracia, dicen los locales, está en los aderezos. Mostaza, salsa tártara, de ajo, vinagre y otros completan la lista de agregados permitidos para tan noble preparación. De ahí que, en el afamado “English Breakfast”, comprendido éste de huevos, legumbres horneadas, tocino, jamón, salchicha, tomate cherry y champiñones, sea común agregarle alguna de las salsas mencionadas arriba.   La guinda de la torta, como decimos en Chile, está en su tradición panadera y pastelera. Budines, tartas, trufas, pasteles, galletas, scones y flapjacks, que en definitiva son barras de avena, muesli, azúcar rubia, mantequilla y sirope; dan cuenta de una rica tradición en base al uso de masas, frutas y sus derivados para mermeladas y rellenos. Habiendo descubierto ya el dulce mundo de la repostería británica, y en el afán de no perder la costumbre, un buen día decidí prepararme lentejas, sólo para descubrir que el querido zapallo nacional con el que hacemos las nobles sopaipillas, en Inglaterra es inexistente. Lo más parecido es un zapallo algo alargado cuyo sabor se asemeja al buscado y por ello decidí utilizarlo para mi forzada receta. Sin especias, porque a diferencia de en Chile, en suelo británico hasta el orégano cuesta una libra, el plato bien podría bautizarse lentejas solas; sin arroz, sin zapallo, sin papas, sin especias, pero con mucho amor.






English Breakfast – West End

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 11 de enero de 2017

Fall in Autumn - 18th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 18 – London Calling

               Londres había estado llamando desde el primer día. Pero como en mi llegada no había necesitado pasar por ahí, la cuasi obligada visita a la capital inglesa había sido postergada desde las primeras planificaciones. Ya me había deslumbrado muy temprano en la mañana, el iluminado Chelsea Bridge la primera vez que pasara por la capital británica con mi bus camino a Chester. Así como me había desayunado un taco de horas en mi regreso desde el Norte de Gales un par de días después, en una odisea que casi implicó perder el bus de conexión de vuelta a Southampton. También, y luego de un largo viaje desde Liverpool,  me había tocado hacer la hora en los jardines de St. James, ahí donde el Palacio de Buckingham se impone mientras silenciosa la ruta en honor a la desaparecida Lady D te invita a internarte entre las arboledas y lagunas. Y las calles del barrio que circunda la Victoria Coach Station me habían visto caminar dubitativo haciendo la hora en dirección a Birmingham, o en el paso hacia París y vuelta, o tras correr varias cuadras en plena noche en pos de alcanzar el bus de vuelta al flat tras un retrasado viaje desde Oxford. Evidentemente, todas estas fugaces pasadas serían incomparables con aquel 31 de Diciembre, una jornada que empezaría con un Londres cubierto en niebla a eso de las 8am, y terminaría a eso de las 4 de la madrugada del 1 tras pasar el Año Nuevo bajo las luces, fuegos artificiales y gentíos en torno al London Eye. Londres me había estado llamando desde el primer día y sin embargo había guardado silencio de sus tesoros porque sus deleites no están en la mencionada noria, en la Torre de Londres o el Big Ben. Tampoco en su encumbrada arquitectura moderna, con notables experimentos en acero y cristal, en una miríada de edificios superpuestos en pos de destacar por sobre el más próximo competidor. Más allá de la ambiciosa y piramidal torre Shard, el obloide Gherkin o el tradicional Puente de Londres, la ciudad tiene para ofrecer lo que podría pensarse como la más grande oferta de productos del mundo. No necesariamente por cantidad sino por la variedad de la misma, la capital británica ofrece productos de todas partes del mundo, abarcando un rango de precios que van desde lo más exclusivo de las vitrinas de París hasta lo más burdo del comercio en base a réplicas. Diseño, artesanía, textiles, vestuario, joyería entre muchas otras dimensiones, se ofertan en sendos mercados dispuestos más allá de los céntricos y turísticos vericuetos del centro. Camden Town, Portobello y Spitalfield Market son sólo algunos de los innumerables rincones cargados de artículos, souvenirs, regalos en los cuales la billetera tiembla con mayor fuerza que en las lustrosas vitrinas de Place Vêndome. En la misma línea, y con una amplia colección de títulos a disposición, en Londres destacan las librerías de Waterstones y Foyles, siendo esta última toda una institución en el mundo con una trayectoria de más de 100 años ofreciendo espacio no sólo a la adquisición de las más recientes ediciones, sino que también comodidades para regalarse días enteros entregados a la lectura de cuanto hubiere en sus más de cinco pisos de libros de todo el mundo. Como si ya con tanta oferta cultural no bastara, Londres es famoso por su amplia oferta teatral, brillando entre sus calles las marquesinas del Savoy, Scala, Koko, The Old Vic, The Globe, el Lyceum, el Apollo y el Royal Albert Hall entre muchos, muchos otros. Sin duda que tanto el turista común como el viajero aguerrido encontrarán en Londres los monumentos y los barrios que siempre es un deleite apreciar o descubrir fuere cuanto fuere la duración de la estadía en la ciudad. Aun así, hay algo por lo que Londres brilla y es precisamente por ser el centro financiero del mundo moderno, un gran mercado de chucherías y exclusividades, un lugar donde comprar sin complejos y llevarse consigo un pedacito de cada sitio del mundo.




Houses of Parliament – London

Fotografía/Photo por/by David Lethei