Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 12th entry - Part I

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 12 Part I  Cymru (Into Wales and back)


                    Eran las 7 de la tarde. La noche había caído hacía rato en Cymru y yo hacía guardia al tren que me llevaría de vuelta a Chester. La pintoresca estación de trenes, un imán para los viajeros y turistas en la no menos pintoresca villa de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, me albergaba hacía ya una hora y la temperatura había disminuido considerablemente. Sin nadie más en la estación que este pobre peregrino, me preguntaba si de hecho alguien tomaba el tren desde allí en algún momento del día, tomando en cuenta que del largo rato que llevaba deambulando por el lugar no había logrado atisbar alma alguna en la terminal, además obviamente de los frecuentes viajeros y turistas ávidos por sacarse una foto junto al letrero con el sui generis nombre de aquel lugar perdido en la entrada a la isla de Anglesey. Con no menos frío la noche anterior había llegado desde Southampton tras un largo viaje de 8 horas en bus hasta Chester, ubicada en la frontera norte entre Inglaterra y Gales. Desde ahí, tras recorrer sus calles desiertas unas horas antes del alba, había tomado el tren hasta Bangor, en la costa oeste de la montañosa región; un viaje soñado junto a la orilla norte de Gales que me llevaría sobre el riel junto a las aguas del mar de Irlanda permitiéndome divisar a la distancia el puerto de Liverpool y la Isla de Man. Las luces del amanecer me acompañarían hasta descender del tren para rápidamente abordar un bus local hacia Caernarfon, mi primer destino oficial como parte de la travesía. En Caernarfon había nacido Edward II, infame hijo de Edward “Longshanks” igualmente infame por aplicar su brutalidad acostumbrada sobre Wallace y los Scots durante las guerras de independencia de Escocia. En Caernarfon uno podía hallar la magnificencia de su castillo medieval y atisbar a la distancia tanto a Anglesey por el oeste como al parque nacional de Snowdonia, con el pico más alto de toda Gales, el Snowdon, asomando la vista por sobre las nubes con sus 1085 metros de altura. Yr Wyddfa, como se le denomina en galés, se alza como una atalaya en el extremo noroeste de  Eryri, el nombre original del parque de 2.130 km cuadrados que me había hecho llegar hasta ahí en primer lugar. En Caernarfon, como en toda Gales, se podía oír a la gente charlando indistintamente en inglés o en galés, siendo dicha nación uno de los pocos lugares donde aún se mantiene viva la tradición y lengua de las culturas celtas de la Edad del Hierro. En Caernarfon me maravillaría con sus altos muros de piedra y sus vistas hacia el estrecho de Menai, aquel que separa Gales de la isla de Anglesey y que alguna vez el capitán Cook refiriese como el más peligroso entre los que le había tocado navegar. Caernarfon, pequeña villa con sabor a medioevo desde donde partiría de vuelta a Bangor, esta vez para explorarlo a cabalidad. Ahí, a diferencia de en Caernarfon, podría hallar una activa calle comercial, abundante en opciones tanto en artesanía local como en productos de producción masiva, activa vida universitaria dada la Universidad de Bangor emplazada en las alturas sobre el pueblo, además de un atractivo muelle abriéndose paso sobre las aguas del estrecho. Desde su extremo y al girar la cabeza, uno podía apreciar la belleza de las montañas nevadas de Eryri, coronando imponentes las alturas sobre Bangor junto a las aguas que rodean Gales por el norte. Un artesano local me enseñaría ahí que Wales (el nombre de Gales en inglés) era, si bien el nombre por el cual el país era internacionalmente conocido, no precisamente el más apreciado por los locales. Wales refiere en su acepción original al extranjero, a aquel que es un desconocido, mientras que su gente llama a sus tierras Cymru, que en galés significa amigo, un término mucho más apropiado para estas inmemoriales tierras habitadas por granjeros, pastores y amantes de las ovejas desde mucho antes de la llegada de los romanos a Gran Bretaña. Desde Bangor y antes de caer la tarde, me dirigiría hasta el puente colgante sobre el Menai en dirección a la villa con el nombre más largo en todo el Reino Unido, desde donde se prometía pasaría un tren a eso de las 7 que me llevaría de vuelta a Chester. Diez minutos después de la hora acordada, las luces del expreso me sacudirían la escarcha a esas alturas depositada en todos los rincones. Me dolían los pies, tenía hambre, frío y ganas de estar en casa, pero no precisamente en Santiago de vuelta en Chile, sino en algún lugar perdido en el corazón de Eryri, junto a las montañas, los bosques y el fuego de un hogar galés.



Caernarfon Castle – Caernarfon

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 27 de noviembre de 2016

Fall in Autumn - 11th entry -

FALL IN AUTUMN
                 540 days off season


entry 11  Lothian

                      Una brisa suave, fría y refrescante me despierta antes del amanecer. En algún punto de la costa junto a Linne Foirthe me veo rodeado de mis compañeros montaraces en lo que ha sido el más largo de los viajes. Desde nuestra villa junto a las grandes aguas; tras cruzar An Caol Artach, hemos viajado a tierras cada vez más cálidas en busca de aquello que nos fuera arrebatado, aunando clanes a la marcha y apurando el tranco a medida que cae el sol. Una brisa suave, fría y dolorosa nos va despertando uno a uno, la luz se asoma desde el mar al este, iluminando las mil colinas y verdes hondonadas que en Alba abundan. Unas cuantas horas adelante, Lothian nos espera con Haggis recién cocinadas, junto a sus neeps y sus tatties y una buena mujer para recuperar el calor perdido en los gélidos páramos de Caledonia. Luego, hemos de retomar la marcha en dirección al sur. Pasando por Britannia en camino a Hibernia, recogeremos las migas que nos llevarán a destino, por sobre los lagos y las nevadas montañas, a través de los estrechos y la miríada de islas; la música resonará en nuestros oídos, recordando las veladas in Arcaibh, junto al hogar, donde el fuego no se extingue aún en la noche más obscura. Una brisa roja despierta a Wallace en la mitad del campamento. Cientos de heridos y cuerpos en descomposición se acumulan a su alrededor mientras él aún siente el aroma de su mujer en sus manos desnudas. La noche y el sueño los ha reunido nuevamente llevándolos más allá de las fronteras de Escocia. Allá donde el pasado y el futuro se unen y no existe la opresión de la sangre ni la bota extranjera. Allá donde pueden cabalgar juntos por entre los espesos bosques de Lanrik y bañarse en las frías aguas del Cluaidh, allá donde los ingleses invasores no los pueden alcanzar ni separar. El guardián de Escocia despierta intoxicado en tanta belleza, pero a su lado no está Marian sino su espada, aguardando paciente por nuevos cuerpos ingleses que rebanar tras verse derrotados en Falkirk, mientras una multitud de lamentos le rodea recordándole que debe continuar. Edward I no descansará hasta ver a Wallace y a sus huestes pudriéndose en una pica, salpicando los campos de las Midlands con la sangre de los herederos de Boudica.  Las altas tierras escocesas parecen lejanas en su memoria, así también el rastro antiguo de los Celtas cuyo linaje preservan, la búsqueda por la independencia debe continuar a pesar del horror, a pesar del cansancio, el hambre y la brutalidad; a pesar de la nostalgia enorme del hogar más allá de las colinas. Una brisa fría y vespertina me recubre mientras se van apagando mis sentidos. Me duermo. Han sido tres largos días de exploración y asombro por las calles de Edinburgo. Luego de viajar 677 kilómetros desde Southampton en dirección al norte, y tras pasar la campiña inglesa y el distrito de los lagos, arribamos a la ancestral ciudad en el corazón de Midlothian, alguna vez conocida como Dùn Èideann. La “Atenas de Europa” como le llaman los viajeros, nos recibe con los brazos abiertos; la galería de monumentos en Calton Hill o la atalaya que representa el Arthur´s Seat, gobiernan la ciudad y permiten al viajero contemplarla de punta a cabo tras hacer el esfuerzo de seguir sus escaleras de piedra hasta la cima. Desde ahí se pueden apreciar el Scott Monument, sus numerosos museos, iglesias y parroquias, el Princess Street Gardens, los edificios de The Scotsman, The Balmoral y The Caledonian y, por supuesto, el imponente Castillo de Edinburgo, dispuesto sobre una columna de piedra maciza en el corazón de la ciudad. Edinburgo; ciudad de fantasmas, secretos y catacumbas; ciudad de callejuelas, pasajes pintorescos, góticos reductos y greco-romanos diseños, se extiende en torno al promontorio principal, siendo flanqueada por sendos cerros y por el septentrional estuario de Forth, donde las aguas del Mar del Norte penetran en la tierra y deben ser cruzadas por los acorazados puentes que conectan Queensferry con Perth y el resto de las Highlands. Edinburgo; ciudad que me maravilla y que luego de tres días de recorrerla de punta a cabo y de alba a madrugada me hace sentir cierta nostalgia al momento de la partida. Parto de vuelta al sur, hacia la costa jurásica y Southampton, con la sensación de dejar algo tras de mí, un trozo de vida pasada o futura que me oprime levemente el centro del pecho, como si hubiese vivido en sus calles toda una vida y algo en ellas me fuere a extrañar. El bus se interna nuevamente en la campiña inglesa mientras la noche todo lo recubre. Son las 6 de la tarde; para amenizar el viaje se proyecta “Braveheart” y se bajan las luces. Algunos se acomodan para verla por enésima vez mientras otros se disponen a dormir para recuperar las fuerzas. Yo sólo puedo atinar a recordar el sonido de las gaitas en las calles de Edinburgo, y sonreír.




Arthur´s Seat – Edinburgh

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 21 de noviembre de 2016

Fall in Autumn - 10th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 10  Islands

               La embarcación se movía lentamente abriéndose paso entre las aguas que separaban la isla del continente. La misma intensa lluvia que nos había encontrado en lo más alto de la Isle of Wight hacía tan sólo un par de horas, ahora arreciaba sobre la cubierta del ferry que nos llevaría de vuelta al muelle de Lymington, desde dónde habíamos zarpado hacia la isla cuando apenas despuntaba el sol. Había sido un largo día de subidas y bajadas, siguiendo los senderos que recorren la costa oeste de aquel enorme pedazo de tierra que sirve de barrera contra los vientos del Atlántico. Los alrededor de 50 caminantes que conformábamos el grupo habíamos, cada uno a su particular ritmo, logrado caminar durante las siete horas que requería la ruta trazada por los guías. Una ruta que nos llevaría desde Yarmouth, siguiendo las orillas del Solent y atravesando bosques, subiendo colinas y circundando bahía tras bahía, hasta regresar al punto de origen a la hora en que se pone el sol. A 11 mil y tantos kilómetros de distancia de allí, y 150 días antes de la travesía a través del Solent, los fríos  vientos del canal de Chacao me daban la bienvenida a Chiloé. Habiendo viajado las 13 horas que toma la ruta Santiago-Puerto Montt en bus, y luego de abordar el transbordador en Pargua, finalmente estábamos cruzando en pos de nuestro destino final, Castro. Enormes masas de grises nubes se abrían a ratos dejando pasar sendos y tímidos rayos de sol que no calentaban a nadie. Con las orejas y las manos frías, pasaba revista en mi memoria a la innumerable riqueza vegetal que había hallado en los bosques de Valdivia, los de Temuco y en todos los secretos rincones que guarda el seno de Reloncaví. Así también a la calidad y calidez de su gente, al aroma de sus preparaciones, el ritmo de su hablar. Ha de haber algo especial en aquello. La gente en la Isle of Wight es distinta a aquellos de la Mainland. Los chilotes son distintos de los chilenos continentales. Los británicos son distintos del resto de los europeos. ¿Qué habrá en esto de ser isleño, que forma el carácter, el tono y el trato de manera tan particular? El acto cotidiano de cruzar tal vez. Ese acto casi místico que implica el zarpar, partir de la seguridad que brinda la tierra para aventurarse a cruzar los canales en busca del hogar; la isla, la sensación de refugio que brinda un aislamiento voluntario, el recelo de lo privado, lo secreto, el tesoro en el corazón de una tierra que pareciese destinada a zarpar un día, para internarse en las profundidades de un horizonte aún por descubrir. Los que han cruzado hacia la isla saben de los cuarenta minutos de prístino azul, de los nubarrones lejanos y de esa sensación a fin de mundo que acompaña al Chile austral donde fuere que uno vaya. Las abundantes masas de agua que desembocan en el Pacífico y que sólo pueden hallarse más allá de la zona huasa, donde la distancia y el frío permiten la acumulación del vital recurso, que cae como un regalo por doquier inervando los campos, las verdes extensiones que cobijan los misterios de una isla perdida en una suerte de deriva mitológica. Cruzar a Chiloé y visitarlo no es sólo un acto romántico, la culminación de todo viaje por el centro-sur de Chile para cualquier viajero que se precie de tal, es también hacerse parte de su mesa, su tradición e historia, su gente y su música. Arrayán, Tepa, Canelo y Laurel extienden sus raíces por los húmedos senderos que conforman la isla, aromatizando con sus hojas las pisadas de los incansables viajeros en busca de los más insondables parajes. Así también lo hacen los morales silvestres, penetrando tierra adentro a la espera de la recolección anual para la preparación de mermeladas. El viento, el frío y el verdor que corona los misterios de la Isla de los Brujos en el confín del mundo, allá donde aún permanecen algunas reliquias de la conquista española como los fuertes de San Antonio y San Carlos en Ancud. Estas vistas, esos sabores y aromas eran los que me acompañarían mientras dejaba mis pisadas en pos de contemplar Fort Albert desde la distancia. Las bahías australes en relación a las que tenía ante mí: Alum, Colwell y Totland Bay. El laurel creciendo junto a los caminos así como las negras moras en Inglaterra denominadas blackberries pero que con las cuales prepararían exquisitas mermeladas que me evocarían el sur del mundo. Llenarían nuestras retinas así como nuestras cámaras fotográficas las escarpadas y blancas paredes que dan forma a The Needles, así como las enormes formaciones rocosas en Freshwater Bay. Recorrer la Isle of Wight, a campo traviesa, siguiendo la ruta del río Yar hasta su desembocadura, expuestos al incierto clima de Inglaterra y a las bandadas de aves que coronarían un espectáculo visual que nos acompañaría a casa mientras estirábamos las piernas en el cruce de regreso. Teníamos aún la poderosa fuerza del viento y la lluvia impregnadas en los huesos de cuando habíamos alcanzado el Tennyson Monument, en las alturas de la Isle of Wight, ahí donde se puede apreciar el Solent y el Atlántico en una sola mirada.





Alum Bay – Isle of Wight

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 13 de noviembre de 2016

Fall in Autumn - 9th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 9  Goal!

               El Gary corre. El Gary corre como si le pagaran millones por hacerlo.
Temprano  en la mañana había tenido que hacer mi primera presentación grupal sobre el fascinante tema del Constructivismo social. Mientras canalizaba mis esfuerzos en hacerme entender, sobre todo considerando lo intangible de la materia en cuestión, pensaba en el nerviosismo de las chicas que me acompañaban, arrojadas de improviso a la inédita experiencia de exponerse ante una audiencia de nivel universitario. Habíamos estado preparando la presentación durante varias jornadas, mas aún así los nervios en la cara de Beth eran evidentes. Jessica apretaba los dientes mientras Yifan perseguía una sombra en el techo y Rosalie trataba de llamar su atención. Mila miraba con detenimiento sus tarjetas. No quería cometer errores y hacía un esfuerzo adicional por hacerse entender en una lengua que no era la de ella. A veces miraba de reojo. El marcador decía 0-0 en tanto los Saints de Southampton, el equipo local, trataban de hacer frente a la arremetida del Inter. La pelota, rápida y liviana, se perdía de tanto en tanto en las tribunas a lo que el partido se detenía a la espera de que fuera devuelta. Y era devuelta. El equipo local, venido a menos en las últimas décadas, vestía la albirroja característica, mismos tonos que adornaban el estadio de punta a punta, atiborrado de fanáticos de todas las edades portando sus bufandas bicolores y sus banderines. El olor a salchicha, tocino y otras especias se paseaba a ratos y se entremezclaba con el agradable perfume de una de las asistentes. Las más enérgicas sin duda, mujeres en los cincuenta y tantos; un buen número de personas en lo que podríamos catalogar como tercera edad mientras otro tanto repartido entre un amplio rango  de edades adultas. Falla en la defensa. Gol del Inter. La multitud se desarma por un breve instante para luego recomponerse con más bríos y entusiasmo. Cantan, corean los himnos de la barra local, y no hay un punto además del verde campo en el que no se agite una banderola albirroja. Penal. Silencio en el estadio luego, júbilo. Tras un par de escaramuzas entre los equipos rivales, el pateador designado se planta ante el balón. Un minuto para el fin de la primera mitad. Esta es la oportunidad de empatarlo. La masa expectante agita sus puños a la espera de una celebración segura. Horror. El arquero contrario desvía el balón y el equipo local se va al descanso en desventaja. Los rostros iluminados del resto de la clase se estremecen, hacen gestos, muecas, por fin han entendido de que se trata la teoría, por fin se puede atisbar en sus miradas la chispa del entendimiento. Luego de la presentación, Hassan se acerca y me ofrece las entradas. Primer partido de mi vida en un estadio. Southampton, frío, noche, multitud enardecida, vítores, comienza el segundo tiempo. Cambio de lado y de pronto me surge un extraño sentimiento de camaradería patriótica. Quiero apoyar al local pero el Pitbull está ahí, mordiendo a sus oponentes a unos cuantos metros de distancia. Me lo imagino ganando las Copas por tanto añoradas. Me lo imagino corriendo por algún peladero en Conchalí, no muy lejos de las calles de las que yo vengo. Me lo imagino chuteando piedras, latas, pelotas gastadas, jugando con los del barrio. Me lo imagino cuando de pronto explota la alegría. Southampton acaba de empatar y el estadio se viene abajo. Jamás habiendo sido un futbolero, ni muchísimo menos un devoto de algún equipo local, lo único que me hubiese gustado ir a ver alguna vez sería a la Selección Nacional. De hecho muchas veces consideré debutar en la experiencia yendo a ver a la Roja de todos como le llaman los marketeros. Sin embargo, con el frío en los huesos y rodeado de entusiastas sajones me vi enfrentado por primera vez al rito de ver a una tropa de atletas detrás de un balón, y a nosotros siguiendo la misma con la mirada ansiosa. Faltan 5, sacan a Gary tras recibir amarilla y la gente se pregunta por qué su equipo no ataca y más bien prefiere jugar de media cancha hacia atrás. La pelota vuelve a las gradas y de ahí, de vuelta a la cancha. No hay rejas ni vallas de contención para con el público. Los niños con sus padres se escabullen de tanto en tanto para ir por más comida. La efervescencia aumenta. Se oyen las quejas contra el árbitro. El balón se escabulle entre una maraña de piernas y estamos todos casi de pie. No sabemos si sentarnos o no mientras la jugada se apresura en llegar a portería. Disparo directo al arco pero el arquero la desvía al travesaño. Rebote. Otro más, y otra vez pero en el rostro. Un jugador caído. Los puños se aprietan, el partido se acaba, el Gary mira atento desde la banca, el grito se ahoga, el grito ensordecedor que se escuchase hace media hora. La pelota renuncia a entrar, se rehúsa, da de costado, entra. La audiencia aplaude. Al terminar la exposición nos felicitan no sólo por el contenido de la misma, sino también por la forma, por el estilo personal de presentación que habíamos ofrecido. Hassan me recuerda que me esperará a las 7:15 junto a The Avenue. El reciente cambio de horario hace a la noche y al frío más patente. Gol. La cuenta termina 2 a 1 y los equipos se despiden respetuosamente a pesar de los encontrones. El Pitbull sigue corriendo, pero esta vez al camarín, se me hace que le vino el hambre. A mí igual y aún queda volver a casa.




St. Mary´s Stadium – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

domingo, 6 de noviembre de 2016

Fall in Autumn - 8th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 8  Fireworks

               El 5 de Noviembre de 1605, un grupo de católicos provincianos liderado por Robert Catesby intentó volar en mil pedazos el Parlamento británico. La casa de los Lores, como es también conocido el edificio, se aprestaba a su tradicional apertura anual, momento ideal al ojo de los conspiradores para enviar a James I de Inglaterra y VI de Escocia, el rey de turno, al quinto infierno junto con toda la clase política.  La disputa entre católicos y la corona se había extendido ya por casi un siglo, desde que el rey de la dinastía Tudor Henry VIII, había decidido crear su propia iglesia y ponerse a la cabeza de ella tras haber sido rechazada su petición de divorcio por el Vaticano. Nacía así la Iglesia de Inglaterra (o anglicana), la cual motivada más bien por criterios políticos y/o sentimientos revanchistas, se había dedicado a perseguir a cuanto fiel hubiere de la fe católica dentro de las fronteras del reino. La cabeza del reino se convertía así en el más alto representante de la fe en Inglaterra, desconociendo la autoridad del Papa romano y sus directrices lo que llevaría a una persecución y amedrentamiento sin precedentes sobre todos los católicos ingleses la cual se extendería durante todo el reinado de Elizabeth I, sucesora del creador de la Iglesia anglicana. La nueva reina tenía sus propias razones para afrentar a los católicos. Felipe II de España, ferviente católico y defensor de los intereses de la iglesia romana, amenazaba contrastantemente la supremacía británica en los mares y las colonias que ambas naciones pretendían dominar, afrenta que se prolongaría y acarrearía consecuencias en el reinado del primo de Elizabeth y su sucesor, James I. A este le tocaría entonces enfrentarse cara a cara con el producto de un siglo de tensiones y escaramuzas, en lo que sería el intento más avezado de destrucción de la corona en la historia de Inglaterra. El 5 de Noviembre de 2006 llegaría a mis manos la película “V for Vendetta”, adaptación fílmica de la novela gráfica publicada en 1988 por DC comics bajo la autoría de Alan Moore y David Lloyd. La película, siguiendo los preceptos de la novela del mismo nombre, se presenta como una alegoría de la opresión y corrupción representada por los gobiernos del mundo. En ella, en un futuro distópico se nos presenta a una Inglaterra sometida a una dictadura sustentada en el miedo a los aparatos de información estatal, y en la ignorancia de la población general ante los maniqueísmos orquestados por el régimen para hacerse y mantenerse en el poder. El personaje principal, producto de estas mismas maquinaciones, se ha convertido en un ser deforme y lleno de venganza quien, siguiendo el ejemplo de los conspiradores de 1605, pretende llevar adelante la destrucción total del Parlamento y con él como símbolo de toda organización de gobierno de carácter vertical. Para mantener su identidad oculta, el personaje principal, haciéndose llamar “V”, utiliza un teatral atuendo negro que incluye capa y sombrero, además de una máscara que lo asemeja a Guy Fawkes, el único de los conspiradores de 1605 que fue posible atrapar en el acto, a sólo minutos de llevar a cabo el destructivo plan.  Exaltando su importancia histórica y  libertaria aspiración, “V” orquesta una serie de atentados calculados en pos de eliminar a altos personeros de gobierno, para finalmente acabar con el Canciller Supremo del nuevo estado Inglés. Desde el estreno de la película y producto de grandes movimientos sociales alrededor del mundo motivados por causas no siempre símiles, la máscara de Guy Fawkes utilizada en la película se ha convertido en un símbolo tanto de anonimato como de anarquía y emancipación de toda forma de opresión, alzando la figura de Guy Fawkes el estatus de ídolo o mito. El 5 de Noviembre de 2016, me vi caminando por las calles de Winchester siguiendo la procesión de la Bonfire Night. En esta fiesta ya centenaria, además se ofrecerse los platos tradicionales como las manzanas de caramelo y los “bonfire toffee”, se instalan sendas ferias ofreciendo sus productos artesanales y/o culinarios además de servir de antesala para la procesión. Ésta, que toma lugar al caer la noche, es conducida por las calles principales de la mayoría de las ciudades inglesas, generalmente lideradas por el alcalde respectivo y otras autoridades, además de una banda de bronces local. Tras de esta comitiva, miles de personas provenientes de todas partes se agrupan para caminar en procesión llevando consigo sendas antorchas o velas además de juguetes reflectantes y similares. Niños, ancianos y familias enteras se conducen entonces por las calles en dirección al campo de juegos local, lugar donde son esperados por una decena de carros de comida, bebidas y cervezas. En el centro del campo, resguardado éste por una valla de contención, se encuentra una réplica del parlamento de unos 5 metros de alto por 5 de ancho y rodeada de cañones y símbolos de la ciudad. Música de las últimas tres décadas suena por los parlantes mientras el animador hace preguntas de historia a los niños presentes a cambio de premios sorpresa. Cuando la procesión ha llegado en su totalidad, se inicia el conteo luego del cual la edificación al centro coronada con una efigie de Guy Fawkes, es incendiada por completo. Los tres grados de temperatura ambiente, los cuales duelen en los huesos, se alivian en algo con el halo de calor proveniente de la hoguera. En tan sólo minutos los cuales son enormemente disfrutados por la multitud, tanto la figura de Guy como la réplica son reducidas a cenizas, a lo cual le sigue el lanzamiento de coloridos y resonantes fuegos artificiales por al menos otra media hora. Desde todos los lugares, a la distancia y provenientes de otras ciudades, pueden también verse los destellos de la miríada de “Bonfire” que toman lugar la noche del 5. Una noche para celebrar lo que no ocurrió. Una noche con muchas caras y sin embargo con un único rostro.




Bonfire Night – Winchester

Fotografía/Photo por/by David Lethei

lunes, 31 de octubre de 2016

Fall in Autumn - 7th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 7  Bicycle days

               40 km por hora por el Itchen Bridge para llegar a Woolston. 40 km por hora en picada por el Redbridge para llegar a Totton. 40km por hora. Un número así para un amante de los automóviles puede sonar hasta ridículo, pero para los que amamos las bicicletas, 40 kilómetros por hora descendiendo por una senda rodeada de verdes arboledas, con el viento del Atlántico en el rostro, sin más carrocería que el cuerpo mismo, y con una vista plena a todo el estuario en el que se ubica Southampton, es precisamente algo por lo que vale la pena escribir una reseña. Me había pasado los últimos 15 años de mi vida arriba de la cleta. La había usado para los tramos cortos, diariamente hacia la Universidad o hacia el trabajo, y para los más largos y exigentes, como a San Antonio, al Arrayán, a Buin o a Valparaíso. De noche y de día, de día y de noche, los tensos rayos de alguna de mis bicicletas me habían acompañado en mis largas andanzas ya fuere que éstas hubieren sido en compañía de otros cleteros, o en la soledad del pedalero en ruta. Me había hecho de un buen número de bicicletas a lo largo de todo ese tiempo, cada una bautizada según una experiencia particular pudiere referirme a cada una de ellas. Como el capitán a su velero, mis bicicletas traían consigo no sólo muchísimos kilómetros y otras tantas huellas del camino sino que, a mis ojos, también una identidad propia y una funcionalidad distintiva. “La Micro” para ir al trabajo, “La Chandelle” para ir a la playa, y así “La Grillo”, “La Viuda” o “La Sinfónica” para otros tantos distintos recorridos. Entre ellas había varias antiguas, de las Caloi con el asiento con respaldo, y de las mini CIC aro 20”. También había en la colección algunas modernas como la Dahon plegable y una con modelo híbrido entre playera y rutera, y por supuesto una tropelía de accesorios desde luces hasta herramientas de la más alta especificidad. Con tanta tradición cletera a cuestas, no sería extraño que me dispusiera a pasar los últimos seis meses previos al viaje, ejercitando aún más los músculos y preparando las condiciones físicas para afrontar futuros pedaleos en tierras extranjeras. Cada día, o día por medio, se hacía necesario algún pique por breve que fuera al Tupahue. Cerro arriba, el aire se enrarecía y la vista se aclaraba ante los 845 msnm que alcanzaba la atalaya, frondosamente habitada por especias autóctonas como el pimiento o el quillaye. A través de tramos cortos y constantes, preparaba mis piernas, nuca y muñecas para los futuros pedaleos que esperaba me permitieran llegar más allá de los límites de la ciudad conocida. De esa forma, además de seguir yendo a los lugares habituales a los que me llevaba la cleta, me insté paciente y constantemente a extender las vueltas, a pedalear no más lejos de lo que ya lo había hecho, sino de manera más recurrente e intensa, en tramos cortos y presurosos, en caídas libres por verdes cuestas. El Cobbden Bridge, entre Bitterne y Portswood, me vería entonces atravesándolo presuroso, siguiendo la ruta sobre mis propias pisadas, revisitando los lugares ya caminados pero ahora desde la perspectiva del cletero; más veloz y más enérgica. Subí las pendientes de Eastleigh hasta llegar a Fair Oak; me interné en su Stoke Park y pedaleé en el barro. Atravesé los bosques y los páramos. Crucé los cauces y los caseríos en Totton. En dos ruedas alcanzaría los castaños manglares del Río Test y las tranquilas orillas de Bartley Water, allá en Eiling Hill donde la ciudad sucumbe ante la olorosa muralla del New Forest. El dolor, el sudor, el apetito que hace al cletero seguir pedaleando más allá de sus fuerzas me mantendría en movimiento de ahí en más. Había llegado a mis manos, por tan sólo 50 libras, una bicicleta urbana aro 26” igualita a varias de las que había dejado en casa. “Brexit”, como con ironía sería llamada, me haría llegar más allá de los bordes de Southampton, donde siempre teniendo en cuenta aquello de que por acá se ha de manejar por la izquierda, gratamente me encontraría con un sinfín de otros cleteros repartidos entre ruta y ruta, yendo a solas o en familiones. Aprendería en estos periplos, que la cortesía habitual del británico medio se extiende más allá de sus compuestos modales, llegando incluso a la civilidad con la que conducen sus vehículos. Siempre atentos al peatón de turno o al eventual ciclista, no hay conductor que no esté dispuesto a ceder el paso ante el interés ajeno, ni hay quien se atreva a hacer sonar su bocina para hacer saber que la tiene. Pareciera que tuvieran la palabra respeto tatuada en el alma, o al menos civilidad urbana. 40 kilómetros, 50 kilómetros, 100. Todos los que queden aún por recorrer. La confianza que permiten tales costumbres al volante te hace pensar que no hay límite, más que el de las propias ganas y energías. 40 kilómetros por hora con las nubes como telón de fondo; un nuevo camino, una vuelta, un desvío por descubrir: La felicidad en dos ruedas.




Botley Road – Fair Oak

Fotografía/Photo por/by David Lethei


  

viernes, 21 de octubre de 2016

Fall in Autumn - 6th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 6  At the U

               La marea de estudiantes de todos los colores, vestimentas, tamaños y facciones nos llevaba, de aquí para allá, mientras nos conducíamos por la “Bunfight” de la Students Union.  Ya habíamos hecho todos los trámites de rigor, inscrito en cuanto portal, edificio, programa y lista esperara nuestros nombres, asistido a las inducciones, obtenido las credenciales, firmado los compromisos, hasta que por fin, ya estábamos ad portas de iniciar nuestras clases. Cuatro años antes, cinco para Génesis y otros miembros del grupo de chilenos que hasta ahí habíamos llegado, habíamos iniciado un periplo similar 11560.4 kilómetros atrás, en Santiago de Chile. Habíamos caminado, abrumados entre el tropel de trámites e inducciones, citas y reuniones que nos habían permitido iniciar nuestros estudios de Pedagogía en Lengua Inglesa en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, heredera histórica y legal del centenario Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Nos habíamos maravillado con sus añosos árboles, su tradición y la memoria latente en cada uno de sus muros y rincones; habíamos descubierto su carga histórica, sus estudiantes con sus panfletos políticos y recreativos, con sus ventas de chucherías en los pastos, sus carretes vespertinos, sus pitos, los completos, los Barros Luco y Barros Jarpa que podía uno comprar en alguno de sus kioscos por una luca y media, su gente, amablemente chilena, cálida, arribista, solidaria y doble estándar. También nos habíamos ido defraudando con su entorpecedora maquinaria de procedimientos, anquilosada gestión financiera y su abundante precariedad de recursos, elementos todos que, con el paso de los años irían poco a poco mellando nuestra confianza para con la capacidad de la institución de llevar adelante con propiedad la tarea que ella misma y la Historia le habían asignado. Aun así, seguían postulando a ella cientos de estudiantes ansiosos por hacer de Chile un mejor lugar a través de la herramienta emancipadora de la educación, así como seguían egresando de ella cientos de profesionales resilientes que con propiedad sentían que podrían hacer cualquier cosa, por escasos que fueren los recursos, debido precisamente a que habían aprendido a trabajar con la escasez. Politizadas desde las trincheras políticas habituales, las sociedades de estudiantes eran escasas y, las que había, se reducían a un disminuido y anónimo número. La principal, votada con el mismo ejercicio democrático debilitado por la escasa participación con que se elegía al Presidente de la República, movía sus deprivados recursos en pro de actividades de acotada convocatoria, debido principalmente a la desidia característica del chileno medio, más interesado en sus espacios personales que en lo público, más bien dedicado a enriquecerse de manera privada, que a compartir y trabajar desde lo social, produciendo instancias nuevas de interés común y crecimiento comunitario. Lejos de lo comunitario como pudiere ser entendido desde la escasez, pero infinitamente más comprometidos a participar en lo que se ha hecho llamar “vida universitaria”, los estudiantes en Southampton están ansiosos por ser parte del amplio espectro de posibilidades que la Universidad y la Students Union, su asociación de estudiantes, está dispuesto y en capacidad financiera de ofrecerles. Con más de 300 sociedades de estudiantes formadas y autodeterminadas por los propios estudiantes integrantes, todas ellas amparadas por los recursos y directrices de la Students Union, los recién llegados tenemos la posibilidades de asociarnos a cualquiera (sino a todas) de las diversas sociedades disponibles que van desde aquellas abocadas a labores sociales como aquellas deportivas, pasando por sociedades de idiomas, magia, filosofía, música, culturas del mundo, baile, folclor, entre muchísimas otras que pueden dirigir sus esfuerzos a causas tan relevantes como reducir el hambre en África o la contaminación medioambiental, a las conformadas con el mero afán de reunirse a compartir un rato entre pares en torno a una taza de té e historias de vida. La “Bunfight” es esa instancia única en la semana de iniciados en la cual todas estas sociedades ponen sobre la mesa en una larga feria repartida por varios edificios de la Universidad sendos stands con panfletos, promotores, degustaciones, modelos, y demostraciones en pos de que te les unas, de hacerte parte de una microcomunidad en una macrocomunidad en la que todo parece estar pensado para que tu vida gire, realmente, en torno a la Universidad y sus prerrogativas. Claramente, a años luz de lo que podría esperarse en Chile, donde los recursos no parecen alcanzar, lo cosmopolita está aún en ciernes,  las ideas son entrampadas por papeleos y la abulia parece dominar todas las esferas. 





University of Southampton – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

miércoles, 12 de octubre de 2016

Fall in Autumn - 5th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season

entry 5  Moving out

                Las varillas perfumadas despiden un agradable aroma a lavanda mientras las pequeñas flores del Brezo despuntan desde un rincón del escritorio. Son las 7 de la tarde. Afuera atardece y una leve brisa remece las hojas de los árboles mientras una ardilla que otra salta de rama en rama. Por fin hay silencio en Archers Road. Se cumple una semana desde la mudanza desde Primrose Cottage y por fin las cosas parecen asentarse. Alfonse, amablemente se había ofrecido a traerme desde los verdes páramos de Allington Lane para instalarme en lo que sería mi casa los próximos meses. Y al igual que una multitud de otros estudiantes, me vi llegando ataviado con mi vida a cuestas resumida en los 19 kilos de mochila de viaje y los dos bolsos de mano. Al igual a medias, debo decirlo, tomando en cuenta que mis nuevos compañeros de residencia llegaban con sus padres y otros familiares, apertrechados hasta los dientes con cuanto pudieron traer desde sus casas, venidos desde todos los lugares de Inglaterra posibles, así como de Grecia, Kenia, China, España, Rumania, India, y otros cuantos rincones del mundo aún por descubrir. Como un rito conocido, la marea de muchachos y muchachas que con suerte alcanzaban los veinte años de edad se instalaba en los dormitorios pre asignados por la Universidad, en los residenciales dominios de Archers Road – Romero Accommodation Halls. Con ellos, acarré mis escasas pertenencias hasta el Flat número 14, dormitorio 138; pequeña habitación con baño privado, amplio escritorio, clóset empotrado, repisa, cortinas y vista hacia el verde patio trasero del edificio por la módica suma de 120 libras a la semana. Compartiría una amplia cocina con Rose, Sasha, Giota, James y otros cuantos muchachos más ansiosos porque empezara la fiesta, esta nueva vida que se les venía encima con responsabilidades, independencia de sus padres y la tan preciada autodeterminación, libertad que ocuparían principalmente en enfiestarse todas las noches de la llamada “Freshers Week”. Evidentemente para mí el enfoque sería distinto. Mi realidad como estudiante internacional se asemejaba más a la de cientos de otros estudiantes venidos de todas partes del mundo, que repartidos en los numerosos Halls con los que contaba la Universidad como Bencraft, Mayflower, Glen Eyre, Wessex Lane, entre otros, así como en casas de arriendo privado en lugares tan disímiles como Portswood o Northam, veníamos a llevar adelante la promesa de estudiar en el extranjero por un semestre o dos algunos, y otros durante los cuatro o cinco años de sus respectivas carreras. La fiesta era una bienvenida para todos evidentemente. Pero como suele ser, no todos estábamos interesados en ella. Habiendo llegado con las cosas medianamente listas, traídos de la mano de sus padres, jóvenes y luminosos como eran, no pasarían un par de horas para que estuvieran todos programando para la celebración de turno. Mi caso sería diferente.  Luego de asumir el cambio que significaba mudarse de las mañanas brumosas a las ruidosas y del desayuno asegurado a la incerteza de alimento, había que personalizar el espacio asignado, aprovisionarse, pensar en los fríos venideros. Pasaría entonces el resto de la semana recorriendo cuánta tienda hallare que diera aunque fuere indicios de respetar mi escueta economía; Poundland, donde podrías encontrar todo por una libra o menos, Ikea, el gigante sueco del retail, Sainsbury´s, Asda, Iceland, Aldi serían las marcas y lugares que se harían familiares en los días por venir, lugares donde hallar las ollas, los sartenes, los cubiertos, las colchas; espacios para encontrar la Nutella a bajo precio, el atún en promoción, los fideos, el arroz; rincones donde acopiarse de frutas a bajo precio, jugos exóticos, galletas, pan, lentejas e infusiones para la hora del té. Un sinfín de productos traídos de todas partes del mundo que invitaban a ser probados, olidos, descubiertos como una agradable sorpresa, o una inesperada desilusión. Por todas las céntricas calles que me tocaría caminar encontraría todo lo necesario para aprovisionar la despensa sin desbancar mis finanzas y de paso darle un toque internacional al menú personal. Y en el menester de hacer del rincón 138 un lugar más acogedor, por esas calles y pasajes hallaría, además del detergente, papel higiénico y otros artículos de aseo de turno, las sendas varillas perfumadas que me recibirían después de cada jornada en la Universidad, así como el pequeño macetero con pequeñas hojas y rosadas florecillas que por 1 libra y 49 le daría a mi espíritu algo de lo que cuidar y ver brotar en tierras tan lejanas.




Romero Hall of Residence – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

martes, 4 de octubre de 2016

Fall in Autumn - 4th entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season

entry 4  Walking the river


                Te encuentras en la noche, caminando en las sombras, oyendo los automóviles presurosos pasar por la autopista bajo el puente que ahora cruzas. Te preguntas que ocurriría si saltases, si cayeres de repente y nadie nunca más supiese de ti. Te lo preguntas en voz baja, como para no oírte a ti mismo hacerte estas preguntas, y te apresuras a pasar para no darle tiempo a las ideas de cristalizar en acciones. Estás solo, y el peso de los días hablándote a ti mismo se va haciendo más patente a medida que pasan los minutos. No es tu lengua, te defiendes, pero no es tu lengua y extrañas ese reflejo que representa el otro cuando compartes el mismo código, el mismo idioma, la misma emoción;  esa conexión inexplicable que unos llaman amor y otros, complicidad. A pesar de que había salido con chaqueta para la lluvia todos los días previos, justamente en esta ocasión había decidido dejarla en la cabaña. Lo lamentaría cuando camino a Hedge End, en busca del adaptador eléctrico que me permitiría ocupar mi computador en Inglaterra, la hasta ahora leve llovizna se volviera un tanto más agresiva y decidiera empapar mi escaso abrigo. Siguiendo la recomendación del dueño de casa, había enfilado hacia el este, más allá de West End, en busca de un Parque Industrial donde podría hallar lo que tanto buscaba. Como ya se me había hecho familiar, hermosos parques flanqueaban la ruta condimentada por sendos pubs y tabernas inglesas dispuestas de tanto en tanto entre los habituales caseríos. Entre ellas, de pronto pude divisar el Aegeas Bowl dispuesto ahí, en medio de la campiña como si fuera parte de la misma lo cual contrastó duramente con mis memorias de casa en las que las autopistas y las grandes estructuras parecen rupturar los vecindarios, sin consideración alguna por los tránsitos peatonales ni la vista o comodidad de los vecinos. De hecho, me costaba asimilar que justo ahí, por los caminos por los que había estado deambulando los últimos días serpenteaban un río y una autopista como si hubiesen estado por siempre hermanadas, pasando desapercibidas ante la espesura del verdor, de los bosques, los prados y  la quietud de los pequeños cementerios mantenidos junto a las parroquias locales, justo junto a la puerta, bajo tu ventana y la llovizna. Los mismos pies, las mismas inquietudes, me habían llevado por los hermosos senderos bajo Cobden Bridge a internarme por la senda que sigue al río Itchen rumbo al norte. Donde uno podría pensar podría hallarse un botadero, o casas a medio derruir o tal vez un cierre perimetral que impidiese el paso peatonal como ocurre en Santiago y muchos otros lugares del mundo, en Southampton se habían dado a la tarea de recuperar cuanto sitio hubiese para instalar allí algún sendero para peatones o ciclistas. Cientos de kilómetros de parques interconectados por vías urbanas o semiurbanas por las cuales el turista como yo bien podía entregarse a recorrer o los vecinos a utilizarlos de patio trasero. Siguiendo esa lógica, Riverside Park se extiende paralelo al lecho del río, acompañando al ciclista, al pescador aficionado, a los navegantes de canoa y de bote afluente arriba, entre las orquídeas de río y el musgo verdoso, dejándose llevar por la suave corriente. Ahí se agrupan los amigos para compartir un partido de fútbol. Ahí familias enteras sacan a pasear a sus perros. Ahí los que corren mejoran sus tiempos. Ahí los amantes se encuentran a compartir un beso bajo un sauce llorón. Ahí me vi caminando nuevamente, escuchándome a mí mismo balbucear en inglés, pensando en cuánto me hubiese gustado compartir la ruta contigo, tu mano, tus ojos. La soledad es esa certeza que llevamos todos a cuestas y que de tanto en tanto se pronuncia demasiado definitiva, demasiado real y rotunda. La soledad es ése sentimiento personal y autóctono. La certeza de que siempre, de una manera u otra, estaremos solos en la corriente.  



Riverside Park – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Fall in Autumn - 3rd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season

 entry 3  Getting Lost

Desorientado, caminaba por las calles cerro arriba en algún punto del vecindario de Midanbury. Caía la noche y el cansancio arrastrado por la larga caminata desde las arboledas de West End hasta donde me hallaba ya me estaba pasando la cuenta. Había salido temprano, como de costumbre, a pie desde Allington Lane para seguir la ruta junto a la vía del tren y llegar al vecindario universitario de Highfield. Tras tener la primera impresión de cómo serían los caseríos en Southampton enfilé hacia el Southampton Common y me maravillé con sus verdes senderos, la ruta de los amantes y sus lagunas. Luego vendría Shirley, The Poligon y el sector del puerto; me habría dado una vuelta por los antiguos muros y edificaciones aún en pie a pesar de su estado dispuestos en torno al Queen´s Park para terminar llegando al muelle desde donde partirían los ferry hacia la Isla de Wight. La desembocadura de los ríos Itchen y Test son los que dan forma al estuario en el cual Southampton se emplaza, y son los grandes puentes de Northam e Itchen los que logran comunicar los barrios de Ocean Village y Chapel con Woolston e Itchen al otro lado de la desembocadura. Había caminado hasta la entrada del anguloso puente sin atreverme a explorar hacia el otro lado. Decidí dirigirme hacia el siguiente puente, más al norte, pasando por los antiguos caseríos de Northam cerca del estadio del club local. Ahí, acumulada ordenadamente en los muelles estaba la basura que no había visto en ningún otro sitio en la ciudad. Esperando probablemente ser embarcada lejos de la vista de quienes la habían cotidianamente generado. Al otro lado del río, ya en Bitterne, comencé a dar vueltas guiándome más por intuición que por certera orientación. Sabía que tenía que dirigirme hacia el norte, cerca del banco este del río Itchen, ahí donde éste se volvía pequeño y cruzable a pie; mis días previos ya me habían mostrado que Allington Lane crecía ahí justo donde el río se volvía un estero. Pregunté en varios comercios locales sin éxito. Me hizo gracia que, casi como una regla, allá en Chile siempre surgía alguien para preguntarme por orientación aun cuando yo no fuera del lugar. Como si tuviera cara de guía turístico o de cierta certeza de por dónde transito. Incluso el primer día llegado a Southampton, justo afuera del aeropuerto ya había sido requerido para dar cierta asistencia. Como fuere, y como suele ser, no hubo nadie que me ayudase a encontrar la ruta de vuelta a Allington Lane. Eran las 8pm y la temperatura, a pesar de estable, amenazaba con ir disminuyendo progresivamente. Mi intuición me decía que debía andar cerca. Lo comprobaría al día siguiente cuando ya de día decidiera tomar el camino de retorno desde West End hacia Woolston, pasando por Thornhill, Itchen y Midanbury, donde descubriría que la noche anterior había estado a tan sólo una cuadra de recuperar el camino. Perderme me hizo notar cuan disímiles podían ser los vecindarios uno de otro. Si bien cada sector repetía el patrón de estar flanqueado por verdes áreas, mantener una escala arquitectónica similar y una predilección casi monótona por el uso del ladrillo en sus construcciones, así como contar con un centro suburbano con lo necesario para que la comunidad no se concentrara en el centro de la ciudad como ocurre en Santiago, las sutilezas sociales se enmarcaban en la forma de hablar, en la ropa, en el gesto. Era menos probable encontrar a un grupo de gente compartiendo en plena calle en los sectores más ricos que en los más pobres, donde las comunidades abiertamente extranjeras podían hallarse discutiendo en torno a algún emporio de Fish & Chips o Kebabs. Tras pasar Woolston y cruzar desde el otro extremo el puente que el día anterior no me había atrevido a cruzar me encontré de golpe con el centro cívico de la ciudad. Ahí estaban las iglesias de St. Michael´s, St. Mary´s, Holy Rood y la puerta histórica conocida como Bargate. Ahí estaban el Hospital General, el Ayuntamiento, los Malls, cafeterías, restaurantes, comercios y la multitud de rostros de distintos colores, lenguas y procedencias que habíamos venido a Southampton para quedarnos de un semestre a un año. Ahí estaban Watts Park, East Park, Palmerston Park, Houndwell Park y Hoglands Park, todos conectados como un gran cuerpo arbóreo en el medio de la ciudad, desde donde partían las rutas que me llevarían al populoso vecindario de Portswood lleno de tiendas y casas de estudiantes, para luego llegar a Swaythling desde donde retomaría mis pasos hacia West End tal y como lo había hecho la noche anterior, cuando finalmente había logrado alcanzar la estrechez del río Itchen y el camino a Primrose Cottage. Eran las 9:30 de la noche y mis piernas, acalambradas, con dificultad finalmente avanzaban por Allington Lane. Había sido un día largo, perdiéndose para encontrarse. 




Itchen Bridge – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

sábado, 24 de septiembre de 2016

Fall in Autumn - 2nd entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 2 - Across the Fields

La mirada,  curiosamente incisiva, me  amenazaba por entre el follaje. Sin darme cuenta, de pronto me vi rodeado por una treintena de ojos atentos a cualquiera de mis movimientos. Luego de treinta minutos de caminar entre bosques y senderos desconocidos, había alcanzado por fin el centro del Itchen Valley Country Park, y me disponía a cruzar a campo traviesa entre las vacas que a esa hora cansinamente pastaban.  Los días posteriores repetirían la dosis, haciéndome notar que la maravilla de esos caminos escondidos y arbóreos túneles  no era en Southampton la excepción sino la regla. Ya fuere siguiendo el curso de algún tímido arroyo o internándose entre el follaje, uno siempre terminaba en algún lugar nuevo, la cima de una colina, un prado inexplorado, una salida imprevista. Ahí estaban los Common, parques públicos que podían abarcar kilómetros o unas cuantas cuadras, insertos en medio de las comunidades o interconectando las mismas a través de extensas líneas de follaje entre villa y villa. En Eastleigh y West End, con los cientos de kilómetros de verde espesura, o en Midanbury, Shirley y Highfield, con sus parques cuidadosamente dispuestos y abiertos para ciclistas, peatones y ardillas, no había rincón en Southampton donde al caminar, con la curiosidad de un niño y la orientación de un soldado entrenado, pudiere uno no encontrar alguna calzada guardando alguna sorpresa al final. Erguidos por cientos de años o por décadas, miles de árboles dibujaban formas curiosas al caer la lluvia sobre sus verdes hojas, y escoltaban silentes las pisadas de los viajeros caminantes como yo y dispuestos a seguir los designios del cielo. Al igual que por las noches en Primrose Rose, mientras las chicas ofrecían sus lenguas se escuchaban castañeos, murmullos y pequeñas correrías por entre los arbustos; asimismo cada caminata era una invitación para escucharse rodeado por multitud de escurridizas criaturas entre carboneros, ardillas, petirrojos y urracas de penacho negro, todas las cuales acostumbradas a la presencia humana solían pasearse ante mis pasos como esperando algo de comida. Evidentemente ninguna de ellas podía siquiera intuir que mi presupuesto para comida era más bien escaso, y que andaba recorriendo los campos haciendo uso del combustible acumulado los meses anteriores al viaje. Probablemente recibirían alimento habitualmente, o quizás no lo harían nunca y simplemente sobrevivirían de la misma silvestre manera en que los bosques atiborraban cada espacio sin construir. De hecho, a juzgar por cuan limpios hallé cada sendero, se me ocurrió que o no muchos andantes se internaban por esas rutas, o que simplemente los locales eran tan limpios y ordenados como lucían en apariencia tanto ellos como sus hogares. Muy extraño se me haría hallar siquiera algún rastro de presencia humana en cada una de esas rutas pensadas para y por amantes de la Naturaleza. La brisa entre las hojas, el murmullo del viento, la claridad de las tardes y la cubierta gris de las mañanas me acompañaría en cada una de mis expediciones campo adentro, o entre los pasajes urbanos que me recordaron Valparaíso pero sin la mugre que la gente suele acumular en las esquinas. Prístinas lagunas y estanques nutrían cada uno de las leñosas veredas, algunas de ellas pequeñas y reposadas ramificaciones del poderoso río Itchen que unos kilómetros más abajo partiría la ciudad en dos. Caminé con desconfianza tratando de rodear el rebaño y esperando que ninguna res se me viniera encima guiada por el miedo a ser atacada. El cielo estaba particularmente despejado y me quedaban muchos senderos aún por descubrir y recorrer. Volvería por otros que había dejado a medias como por aquellos que me hallaron demasiado cansado. Caminaría por el verde Southampton irrigando las arterias del urbano, conviviendo juntos en una simbiosis por mí sólo imaginada, pero nunca experimentada en carne propia. 




Itchen Valley Country Park  – Eastleigh

Fotografía/Photo por/by David Lethei