Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal
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martes, 19 de diciembre de 2017
viernes, 17 de noviembre de 2017
jueves, 2 de noviembre de 2017
sábado, 7 de octubre de 2017
sábado, 2 de septiembre de 2017
miércoles, 2 de agosto de 2017
sábado, 22 de julio de 2017
ALMA DÚO
M ú s i c a & L e t r a
"Videoreflexiones"; trabajo de poesía visual en soporte de video, sonido y epigrama.
"Música & Letra"; trabajo poético-musical que fusiona ambos formatos para llevar adelante piezas de índole lírica, música-teatro, canción, declamación y música instrumental. Este proyecto implica a la fecha 3 volúmenes los cuales compilan en conjunto una propuesta artística única que incluye fotografía, poesía, teatro, música y video.
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nace en 2016 como parte del esfuerzo colaborativo de los creadores
David Lethei & Salvatierra.
Fruto de dicha colaboración se desarrollan los proyectos:
Fruto de dicha colaboración se desarrollan los proyectos:
"Videoreflexiones"; trabajo de poesía visual en soporte de video, sonido y epigrama.
"Música & Letra"; trabajo poético-musical que fusiona ambos formatos para llevar adelante piezas de índole lírica, música-teatro, canción, declamación y música instrumental. Este proyecto implica a la fecha 3 volúmenes los cuales compilan en conjunto una propuesta artística única que incluye fotografía, poesía, teatro, música y video.
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ALMA DUO
is born in 2016 from the collaborative effort of the creators
David Lethei & Salvatierra.
As a result of this collaboration, the projects developed to this date
are:
"Videoreflections"; Visual poetry work by means of video,
sound and epigram.
"Music & Lyrics"; poetic-musical work that fuses both
formats to carry out pieces of lyric nature, music-theatre, song, declamation
and instrumental music. This project involves to date 3 volumes which
collectively compile a unique artistic proposal that includes photography,
poetry, drama, music and video.
martes, 20 de junio de 2017
Fall in Autumn - 33rd entry and last -
FALL IN AUTUMN
540 days off season
entry 33 – Home
Hablar del hogar
puede ser referir al lugar de origen, al domicilio más habitual e incluso, a
una tierra prometida por los ancestros. Hablar del hogar puede implicar también
ese dominio tangible e intangible que llamamos nuestro, un espacio físico o
emocional donde residen nuestros miedos, alegrías y esperanzas, una habitación
de luz y de sombra donde los claroscuros son más habituales de lo que uno
esperaría. El hogar. Tras más de un año en este viaje, 540 días de frío otoñal,
bruma y sólo esporádicos momentos de calor vernal, regresar a este momento en
la memoria se vuelve un acto poético poderoso en sí mismo, cierre y principio
de un ciclo inolvidable. Volver a caminar las calles de la Chimba con las
suelas aún olorosas a las aceras romanas; volver a pedalear Tupahue abajo con
las orejas aún resonando con las canciones de Bari; volver, sobre mis pasos, a
recorrer la Alameda con los Campos Eliseos aún en las pupilas. Comparar, si
bien una actividad inoficiosa, se vuelve entonces natural. ¿Cómo no
cuestionarse la falta de áreas verdes en esta urbe comprimida entre montañas?
¿Cómo no recriminar la falta de planificación urbana de sus autoridades, la
falta de probidad de sus habitantes, la desagradable costumbre de endiosar al
individuo, de exaltar la choreza, y reproducir inequidades? El hogar. Un
espacio que percibimos antiguo, familiar, cotidiano y que a la larga termina
por no tener nombre, ni bandera, ni lengua específica; un conjunto de calles,
rostros, prácticas que sirven de telón para grabar en ellos nuestros futuros
recuerdos. Southampton fue mi hogar. Asimismo lo fue Bari, Berlín, Belfast y
París, y entre esas y muchas otras no nombradas residieron mis ideas, mis
andares, emociones e incluso mis más inolvidables caricias. Pues así como
estando allá extrañaba a los de acá, extrañaba estas miradas conocidas, estos
tactos, estos actos cotidianos; extrañaba el caminar, por Recoleta, por
Bustamante, entre mis plantas, la marraqueta y el pastel del choclo; estando
acá lo que se extraña está en inglés, o en alemán, o en italiano y habla de
pasta, de albahaca y queso. El hogar se torna entonces un camino, una
experiencia en movimiento, un beso pendiente. Hoy llueve en Santiago de Chile y
un puñado de nombres repica en las ventanas. Y son nombres extranjeros, de
medio oriente o de las Highlands, de
China y Gales, Rusia y la costa mediterránea. Son nombres que acarrean consigo
rostros, luminosos y vívidos, y que despiertan instantes precisos y preciosos
en la memoria de la piel. El hogar. Mi
hogar. Tras dibujarlo en las paredes, evocarlo en las canciones, dolerlo en los
pies, llego a la conclusión de que mi hogar siempre estuvo donde estaban los
que amaba, por cientos de miles de kilómetros de distancia que hubiere entre
nosotros, mi hogar tenía una residencia específica en estas tierras
sudamericanas. Hoy, sin embargo, mi hogar es muchísimo más amplio. Hoy mi hogar también ha quedado allá, en las
blancas empedradas del sur de Italia, junto a La Rambla, bajo las montañas de
Snowdonia. Hoy mi hogar habla en chino mientras termina sus años de estudio en
Inglaterra, viaja entre München y Hamburg musitando en alemán, y ve los
amaneceres junto al mar mientras escucha los roncos estertores de los barcos en
Liverpool, Portsmouth o Calais. Hoy mi hogar sigue estando dentro mío, pero
camina con muchos. Hablando de lo de allá y lo de acá, versando en muchas
lenguas y saboreándose los labios y las pupilas en aromas nuevos y conocidos. Hoy
llueve en Santiago, en Southampton, en su ventana, en la mía; el día se va
cayendo por este lado del mundo, y lo que nos une, y nos desune, esto que
fuimos, y que somos, es un deseo agridulce de volver a ser. De volver a
caminar, a respirar, de reiniciar el viaje con todo lo ya sabido, de hacerse un
hogar nuevo y saborear esos besos ya conocidos, otra vez, como si fuera la
primera vez.
Autumn in Santiago – Santiago de Chile
Fotografía/Photo por/by David Lethei
lunes, 5 de junio de 2017
Fall in Autumn - 32nd entry -
FALL IN AUTUMN
540 days off season
entry 32 – Song to say goodbye
Elizabeth Fraser
musita las notas de “Another Day” mientras afuera, tras las altas ventanas del
salón de clases, las lluvias de Mayo arrecian con fuerza remeciendo los tejados
del añoso colegio. Miro, a ratos, a los perros chapoteando en las aceras
mientras en los patios del colegio los de Quinto gritan sus nombres a la
lluvia. La pila de pruebas se acumula sobre el escritorio recordándome que aún
va quedando pega pendiente, sin embargo, yo tengo ganas de irme lejos, de
correr hasta otras brumas, las oscuras y húmedas brumas que enverdecen los
campos del sur de Inglaterra. Allá donde mientras pedaleaba por Hampshire
escuchaba las músicas nuevas de “Rhye” y de “Cigarettes after sex”, pensando en
cuan decididamente más fríos eran los otoños, y qué decir los inviernos, en
dichas tierras tan septentrionales. “The Smiths” para las calles de Manchester
y “U2” para las de Belfast, y mientras tanto se colaba “Dead can dance” para
capear los extensos viajes entre Londres y Edimburgo, era “Sting” y “Simply
Red” los que ayudaban camino a Bangor.
Y si ya el ponerle tanto oído a la música en inglés terminaba por agotar
a mi cerebro, bien recibidos eran los cantantes italianos de los 70 los cuales
amenizarían el periplo por tierras tanas entre Venezia y Bari. Voces francesas
y alemanas servirían de aliciente cuando tocaba continuar la travesía, mientras
que un sinfín de voces chilenas y argentinas serviría de remanso para cuando
evocar el hogar. Hay canciones que te transportan, es sabido, no sólo a lugares
sino también a momentos, a segundos, a sabores y tactos. Llovía en Southampton
y tras la ventana se perdía mi mirada mientras escuchaba los versos de “Holden”
y los arpegios de “Enya”, y evocaba besos dejados en casa y caminatas aún por
venir. Porque a veces la intuición también ayuda y con un tanto de imaginación
se puede, gracias a una que otra canción, hasta percibir sensaciones aún en
ciernes. Como cuando caminando por el Itchen Bridge, en un despejado y frío día
de Enero, los acordes de Lennon me llevarían a este instante indefinido y sin
embargo patente junto a esta ventana a
ningún lugar, en un colegio sin nombre y corrigiendo pruebas de alumnos
desconocidos en algún día de este otoño venido a invierno a miles de kilómetros
de ahí. Y es que la música tiene aquello de hacer de los recuerdos, buenos y
malos, una memoria sonora, un extracto poético cantado o musitado por el
viento. Tanto que por las noches, eran los susurros de “Sade” los que me hacían
anticipar noches más rojas y menos solitarias, recordando entre besos más
presentes besos más antiguos. Hoy, mientras apunto la última nota en el libro
de clases me detengo a pensar en esa vieja idea de hacer un compilado de la
propia existencia, como si eso pudiera siquiera ser posible. ¿Cómo compilar,
cómo hacer un único listado de canciones que pueda en forma alguna evidenciar
no sólo los sabores de esos labios italianos y esas sonrisas teutonas, no sólo
las caminatas por Escocia y el asombro parisino, no sólo el ir y venir de un
viaje inolvidable? ¿Cómo hacer patente en un único disco, vinilo, cassette o
listado MP3 el tropel de melodías que ha acompañado nuestras vidas hasta el
hoy, cómo siquiera compilar lo venidero? La música tiene algo indescriptible
que nos habla, directamente, sin mayor intermediario y aún sin que lo deseemos,
y sin embargo su significancia acarrea ese sino que acarreamos todos: la
canción, como este viaje y como el viaje de la vida misma eventualmente se termina, y no
queda más que quedarse musitando, entre fotografías, de todo lo que fue de lo
que reír y llorar, de todo lo por contar y compartir esperando perdure en la
canción de otros, y por supuesto de todo aquello que indefectiblemente nos
acompañará a la tumba, porque la canción de uno a la larga, sólo la puede
cantar uno.
Last day at Alma Road – Southampton
Fotografía/Photo por/by David Lethei
miércoles, 24 de mayo de 2017
Fall in Autumn - 31st entry -
FALL IN AUTUMN
540 days off season
entry 31 – Royal Graffiti
Valparaíso.
Los fríos del otoño se abren paso entre las serpenteantes callejuelas y los
coloridos pasajes del Puerto principal de Chile. Caminas, oteando sus rincones,
descubriendo puertecillas, espantando perros que, callejeros, se cruzan a tu
paso, te ladran, te huelen, van dejando fecas por doquier. La porteña ciudad
tiene entre sus barrios, particularmente los del Cerro Concepción y Alegre, la
impronta indeleble del paso y residencia de varias migraciones de ingleses
desde recién nacida la República, quienes dejaron no sólo costumbres y nombres
insignes, sino también una huella arquitectónica y patrimonial. Mirando en
retrospectiva, caminar por Valparaíso es caminar por el Bristol del cono sur, o
al revés, Bristol reluce sus enormes murales y serigrafías evocándote un
Valparaíso enclavado entre cerros a miles de kilómetros de distancia. Ese día me había levantado temprano, me había
reunido con una cincuentena de estudiantes provenientes de lugares tan
disimiles como China, Alemania y México, con los cuales habíamos cogido un
atiborrado bus en dirección a Windsor, sede del palacio real de Inglaterra.
Ahí, y luego de disfrutar de una larga charla matutina con Danielle, oriunda de
Hamburg y de gran apetito por los sándwiches, me había deslumbrado con la magnificencia
del palacio real, sus salones impecables y el abundante conjunto de reliquias,
armas, vestuario, y cuadros disponible para la miríada de visitantes que
diariamente atiborraba sus dependencias. Windsor, cercano a Londres y sin
embargo distintivo, es un pequeño reducto de tiendas, comercio y residencias
distante aproximadamente a una hora hacia el noroeste de la capital británica.
Sin embargo, su característica principal y el motor de su economía y relevancia
es sin duda el Palacio Real, lugar al que se puede acceder tras un riguroso
control de seguridad digno de un aeropuerto. En dichos aposentos se atesora,
además del guardarropa de la reina, una enorme cantidad de objetos preciados
tanto por su valor histórico como material, engalanados por los espacios,
estancias, vitrinas y cuartos altamente decorados que es posible apreciar
siguiendo el recorrido cuidadosamente trazado para disfrute y asombro de
visitantes de todo el mundo. Además de centro turístico internacional, el
Palacio de Windsor destaca por aún servir de sede del gobierno real, lo cual
prohíbe a los visitantes acceder a ciertas alas del enorme conglomerado de
piedra, madera y granito visibles de manera única tras recorrer la escueta
senda que entre cuidados jardines y añosos y alineados árboles, sirve de magna y
coronan un conjunto arquitectónico sin igual. Lejos de la suntuosidad y pompa
de los salones en Windsor, y distintivo también entre el pulcro paisaje de las
ciudades inglesas se halla, a unos pocos kilómetros de la frontera con Gales,
la ribereña ciudad de Bristol. Caracterizada por sus pasajes a ninguna parte,
murales, graffiti, y su sabor bohemio, la ciudad que fuera cuna del arte de
Bansky y la música de Portishead, Tricky y Massive Attack reluce como una
preciada joya de arte urbano y contrastes. Entre sus calles pueden hallarse
tabernas frecuentadas hace siglos por piratas así como piezas de tecnología y
arte moderno sin parangón en otras ciudades británicas. En Bristol la realeza
parece una broma, material para el humor y el arte callejero, materializada en
chicles que, pegados a algún muro ya pintarajeado, sirven de soporte para la
expresión de grafiteros y serigrafistas. Son sus calles en sí mismas un enorme
y colorido telón para levantar consignas de índole políticas o intelectualistas,
que consiguen conducir al debate a sus transeúntes cotidianos, y sin duda
logran sorprender a sus visitantes recurrentes. Caminar junto a Danielle por
las calles de Bristol era caminar con ella por Valpo, escapando de los orines
de los rincones y disfrutando del reflejo de las luces de neón sobre las aguas
que atraviesan la ciudad. En Valparaíso era el océano lo que en Bristol el río
Avon, ribera junto a la cual descansaban cafeterías y barcazas tanto añosas y
modernas. Y si bien en Bristol como en el resto de Inglaterra no era sencillo
hallar algún perro callejero haciendo de las suyas tras alguna esquina, ni
tampoco Valparaíso contaba con la magnificencia de alguna de las edificaciones
de Bristol como el puente que lleva su nombre o la Torre Memorial a Willis; ese
saborcito que ambas ciudades traía a mi memoria al caer la noche me hacía
sentirlas conectadas, enlazadas por algún misterioso hilo atemporal o tal vez
por alguno de los tantos relatos de corsarios que podía escucharse en alguno de
sus bares, tabernas o burdeles. Mirando los profundos ojos de Danielle y
compartiendo una sonrisa recordé las innumerables caminatas por Valparaíso,
hablé de ella y proyecté mis pasos hacia el futuro, hasta cuando tuviera
oportunidad de caminarla nuevamente. Hoy, son los empedrados del puerto los que
me recuerdan las aguas de Bristol, su contraste respecto a Windsor y al resto
de lo que llamamos “inglés”, lejos de la compostura esperada y la limpieza y
uniformidad de sus fachadas, lejos de ese peso monárquico y esa tradición
arrastrada por siglos. Bristol me supo a Valpo y Valpo me sabe a Bristol, a uno
latinoamericano, más caótico y definitivamente, más bello.
River Avon – Bristol
Windsor Castle – Windsor
Fotografía/Photo por/by David Lethei
sábado, 13 de mayo de 2017
Fall in Autumn - 30th entry -
FALL IN AUTUMN
540 days off season
entry 30 – Going North
Atravesar
Francia, en tren de alta velocidad, yendo desde las costas mediterráneas hasta el Gare de Lyon en París era una idea
instalada en mí desde mis primeros años de adolescencia. Una idea romántica sin
duda, y cara como pocas. Sin embargo, la aventura que representaba viajar como
en las películas, como en aquella cautivadora cinta sobre aquella pareja que se
conoce en un tren mientras atraviesan la campiña francesa, y que luego pasan
una noche juntos, caminando, conociéndose, disfrutando las horas antes del
amanecer; me había sonado desde siempre una experiencia memorable, algo que
había que vivir considerando que mi ruta me llevaba de vuelta hasta Londres,
donde el frío del norte me haría extrañar la calidez mediterránea. Y si ya me
había maravillado atravesando los Alpes de norte a sur siguiendo la sinuosa
ruta entre las montañas a bordo del económico Flixbus, el recorrido de vuelta
no se quedaría atrás en cuanto a su vitrina de verdes lomares interrumpidos
sólo por la cadena montañosa incipiente allá en el horizonte. Y esto es porque
las vías del ferrocarril, tras pasar por Figueres-Vilapant, Perpignan,
Narbonne, Montpellier, Nimes, Valence y, por supuesto, tras haber surcado la
costa sur de la gran nación gala, ahí donde el Mediterráneo se disuelve entre manglares
y caseríos a bordemar; le regalan al pasajero la experiencia única de los
colores, olores y sabores de la campiña, la cual, a la hora del atardecer, se
desbanda en amarillos intensos, verdes generosos, montañas cobrizas, sierras
blanquecinas, y una miríada de techumbres, edificaciones en ladrillo pintado,
carreteras impecables, y sonrisas al pasar. Así, los 600 y tantos kilómetros
que separan Barcelona de París se vuelven un conjunto de postales sin igual,
imágenes que comienzan con los cálidos tonos del sur de Europa bajo un cielo
radiante, para irse constituyendo en una paleta de grises y marrones a medida
que cae la noche y la ruta enfila al norte hasta llegar a la gran urbe. París
te recibe con los brazos abiertos, como es usual, con la misma mueca agridulce
que caracteriza a sus habitantes, en general indiferentes ante viajeros y turistas.
Caminas por esas mismas calles por las que anduviste unos meses atrás, pero
ahora con mayores certezas de dónde ir y cómo llegar hasta ahí. Con tu escaso
francés te haces de unos panecillos y algo para beber, te sientas. Unos sujetos
se te acercan, te hablan, murmuran algo en un idioma que desconoces, ante tu
silencio se retiran. Comes ansioso, estás hambriento después de las 6 horas que
ha tomado el viaje desde Cataluña, miras el gran reloj dispuesto en la enorme
mole de fierro que te parece Gare de Lyon, la estación de trenes ubicada al sur
de la capital francesa. En una hora más deberás partir hacia Gallieni, a través
de la línea 3 del entramado del metro parisino, donde deberás alcanzar el
Eurolines que te llevará de vuelta a Inglaterra. Para tu sorpresa, y a
diferencia de cómo ha sido en el pasado, no cruzarás el canal sobre un ferry,
sino que el bus en el que viajarás subirá a uno de los trenes de alta velocidad
y será llevado, junto a decenas de otros buses y automóviles, a través del
Eurotúnel bajo las aguas del canal inglés. Llegarás a Londres a las 6 de la
madrugada, con el frío en los huesos recorrerás aquello que faltó las veces
anteriores, volverás a aquello a lo que te prometiste volver. Cargado de
experiencias y suvenires almorzarás en Camden Town para luego partir de la
capital inglesa con un sabor nostálgico en las papilas. Pasarás por última vez
por Winchester, a eso de las 8pm, para llegar a Southampton a las 9, ya
pensando en que en dos días más, en tan sólo dos días más, emprenderás el
regreso más largo de tu vida.
Going North – France
Fotografía/Photo
por/by David Lethei
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