Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

lunes, 19 de diciembre de 2016

Fall in Autumn - 14th entry -

FALL IN AUTUMN
                        540 days off season



entry 14  Hibernia

                  
                      Una espesa niebla cubría los extensos campos camino a Hibernia. Había partido la noche anterior desde Southampton, en dirección a la isla de las verdes cúpulas y los tréboles de cuatro hojas, en una travesía de 20 horas que incluía cruce en ferry desde Cairnryan, un pequeño enclave histórico en el sur de Escocia, así como paradas del bus en ciudades ya conocidas como Manchester, Birmingham y Liverpool. Incontables extensiones de intenso verde acompañarían mi viaje a medida que el bus se acercaba a la costa del Mar de Irlanda. Una vez cruzado el estrecho, Belfast me esperaría imbuida en un manto de nubes y allá,  a la distancia, el promontorio de Napoleon´s Nose se erguiría a saludar como lo hacía con todos los viajeros. Un año antes, precisamente un 8 de diciembre, me dirigía como lo dictaba la tradición anual en bicicleta hacia el océano, aprovechando el cierre de la añosa ruta 68 camino a Valparaíso. Cientos de miles de peregrinos se hacen a la ingrata senda de cemento, cerrada de manera extraordinaria para vehículos motorizados, en pos de retribuir a la virgen de Lo Vásquez los favores concedidos. A pie, en bicicleta, e incluso de rodillas, grupos de amigos, familias y hasta mascotas se adueñan por una vez de la concesionada carretera para entregarse a la travesía de recorrerla de punta a cabo y así, tras decenas de horas de pedaleo incansable, caminata, charla, risa y determinación, llegar a los alrededores del santuario a la virgen, dispuesto a unos 20 kilómetros del puerto principal de Chile. Hordas de ciclistas aprovechamos dicha instancia para hacernos al camino apenas  va cayendo la noche, para apreciar así la puesta desde la bajada interminable luego del Túnel Lo Prado, que tras un par de kilómetros de sinuosa oscuridad nos entrega a las alturas en caída libre a punta de pedal y nos despierta del cansancio con  ventarrón en la cara. Tras cuestas horribles y otras no menos agotadoras rectas, y luego de habernos hecho camino entre la multitud que en el Santuario pernocta ansiosa de comprar chucherías, comerse un pernil con café o rendirle sus respetos a la virgen; cada año logramos un no menor número de adictos a la cleta terminar nuestra travesía de cara al océano Pacífico, arrojados en alguna playa entre Valparaíso y Viña, pasando los calambres a punta de plátanos y siesta. Exactamente un año después, me había hecho camino por las gélidas aguas que separan Gran Bretaña de la antigua Hibernia, conocida hoy en día como Irlanda y dividida entre un norte protestante, parte del Reino Unido y por tanto bajo tutela monárquica; y un sur republicano, ferviente católico y devoto de su memoria. En ese norte dejaría los pies y la mirada en el atalaya de Cavehill park, desde el cual pude divisar Belfast, sus grúas, lagunas, iglesias y jardines; para luego enfilar por sus rincones bohemios llenos de murales, recuerdo a sus mártires y los remanentes del Titanic. Construido en  sus muelles, su imponente presencia de buque mítico perdura y bulle su imagen en el mercado de la ciudad, oloroso a pescado fresco y cerveza; así como en postales, museos y suvenires. En el norte reiría en compañía de Kiki, discutiría de sociología caminando entre los puestos navideños y me sentiría más en casa mirándola a los ojos y escuchándola hablar. En el norte veríamos juntos el amanecer y aún tras ponerse el sol Belfast nos seguiría oyendo hablar de nuestra patria común y de nuestra conjunta aventura. En el norte hablaríamos del amor, de los británicos, los chilenos, el dinero y la familia, y nos despediríamos con un abrazo en una concurrida esquina mientras la vida nocturna llenaba las calles de ruidos, colores y algarabía. Desde el norte me dirigiría el último día de mi viaje hacia la capital del sur, Dublín. Con sus edificios monumentales, sus verdes cúpulas y archiconocida iconografía que incluye duendes, tréboles, arpas y ancestrales ritos celtas, la ciudad capital se extendería ante mí para cruzar sus puentes de lado a lado, de pueblo viejo a nuevo, de cerveza negra a olla de oro, y de danza irlandesa a Oscar Wilde. Dublín, donde la bandera de Irlanda flamea orgullosa en cada edificio, donde los extraños son sólo amigos por conocer y donde se comparte en grupo, en las calles, en los bares, los tranvías y paraderos. Irlanda, tierra de amistad, verdor y roca y gaélica lengua, insondable misterio y cruce de caminos; ahí donde los arcoíris guardan un tesoro a quienes los persiguen, donde la suerte está a la vuelta de la esquina si se la invoca con una sonrisa, allá donde la memoria se cultiva en señaléticas y cánticos, allá donde sentirse en casa es muchísimo más fácil que llegar e irse. A eso de la medianoche el ferry que me traería de vuelta tocaría tierra británica en los muelles de Holyhead. A pesar de la profunda noche la luna llena permitiría divisar a la distancia la imponencia de las montañas de Eryri. Atravesaría nuevamente el norte de Gales pero esta vez en la comodidad de un asiento de bus, cansado y henchido de tanta experiencia. En la carretera quedarían mis memorias de Lo Vásquez, las pisadas en Belfast y las sonrisas de Dublín; y en la carretera la belleza de todos los pasos por venir.   



Hibernia at dawn – Irlanda

Fotografía/Photo por/by David Lethei

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