Bitácora poético/cletera...que es lo mismo ni es igual
Journal for poetry and cycling lovers ...that is the same yet it's not equal

jueves, 26 de enero de 2017

Fall in Autumn - 21st entry -

FALL IN AUTUMN
                     540 days off season


entry 21  Blue Poppies

               En Inglaterra, a modo conmemorativo y no por ello no controversial, se suele conmemorar a los caídos en batalla con corolarios de rojas flores artificiales que la gente suele llevar en la forma de prendedores, colleras y otros ornamentos además de hacer llegar pequeñas coronas a las tumbas, memoriales y esquinas que rememoren a los valientes soldados perdidos. Estas rojas escarapelas, también conocidas como “red poppies”, sirven de testimonio de la memoria viva entre los ingleses de lo que ha significado el sacrificio de tantos hijos de origen británico. Generaciones enteras perdidas en el fragor de los campos de batalla que tiñesen de rojo las Europas durante al menos cincuenta años. Si bien una tradición igualmente viva y respetada en Southampton donde los mausoleos de guerra abundan en los mencionados motivos carmín, la generación que más le duele a las calles de Soton no yace precisamente en tierras germanas ni galas, sino en las gélidas profundidades del Atlántico Norte. Faltando 20 minutos para la medianoche del 14 de Abril de 1912, el así llamado “inhundible” RMS Titanic impactaba con un iceberg de grandes dimensiones que lo haría, rotura del casco mediante, partirse primero dramáticamente en dos mitades, para luego hundirse a las profundidades de las congeladas aguas septentrionales. 1513 personas, de un total que apenas superaba las 2200 entre tripulantes y pasajeros, perecería por ahogamiento o hipotermia durante las tres horas que duraría el hundimiento o en las posteriores, a la espera del barco que los rescataría. Si bien construido en los muelles de Belfast, la lujosa mole metálica había zarpado en su viaje inaugural, como era costumbre, desde las aguas del Solent, ahí donde el puerto de Southampton ha echado mano a la abundante mano de obra proveniente de sus barrios más típicos. Northam, Shirley, Chapel, habían contribuido con padres de familia, hermanos e hijos que desempeñarían labores de cargadores de carbón, cocineros, meseros, personal de cubierta, entre muchos otros; así también muchísimas mujeres habían sido arrancadas de las calles familiares por la precariedad económica, la cual les haría postular y agradecer un cupo en los grandes salones del famoso buque como camarera, personal de aseo o costurera. Además de la tripulación, una buena cantidad de los flamantes pasajeros de primera, segunda y tercera clase provenían de las veredas de Southamtpon, una ciudad que seguiría esperando el retorno de sus muchísimos y muchísimas hijos e hijas arrojadas por el infortunio a las oscuras aguas y en medio de la noche. Menos de un cuarto de aquellos que partieren de todos los rincones de la ciudad en busca de oportunidades en el mar o simplemente por placer, lograría retornar a Soton semanas más tarde. Desde la mañana siguiente aguardarían sus familias por alguna noticia que pudiere brindar algo de esperanza para con los desaparecidos en alta mar. Dicho anhelo, dicha espera interminable, se iría mar adentro a medida que las noticias del naufragio llegaren a oídos de los habitantes del pueblo quienes, con una herida que acarrean hasta hoy, se vieron en la obligación de identificar los cuerpos que fuere posible rescatar, o brindar descanso a aquellos desaparecidos en las profundidades para siempre. Hoy, un museo hace lo mejor posible por resguardar la memoria de aquellos hijos e hijas que nunca regresaron a las calles que les vieren nacer. Los linajes familiares acarrean una sombra, una foto sin rostro, una tumba sin tierra. Una huella indeleble que puede apreciarse como una miríada de puntos azules señaladas en el plano de la ciudad; un sinfín de momentos que quedaron a medias, promesas inconclusas, labores a medias tintas que los planos de los viejos cementerios destacan entre sus tumbas. En Southampton una familia de cada tres perdió a alguien en dicho hundimiento. Una de cada tres casas, tres calles, tres historias, albergan o pretenden perpetuar a aquellos desaparecidos. Ya fuere con una añeja fotografía, una anécdota, o un ramillete de flores, los deudos aún lloran su pesar; y es su lamento la aflicción de una ciudad entera  al enterarse de la noticia de su insospechado destino. Las tumbas del viejo cementerio son ahora las que, en respetuoso silencio, dan cuenta de esos lugares vacíos que alguna vez estuvieren plenos de alegría y paz. Hoy, son los “blue poppies” los que señalan las tumbas de aquellos que nunca regresaron. Hoy, los hijos de los hijos siguen recordando.





SeaCity Museum – Southampton

Fotografía/Photo por/by David Lethei

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